108. No redimir al primogénito de los animales permitidos (Nm. 18.17)
“Más el primogénito de vaca, el primogénito de oveja y el primogénito de cabra, no redimirás; santificados son; la sangre de ellos rociarás sobre el altar, y quemarás la grosura de ellos, ofrenda encendida en olor grato a Jehová”
Como parte del
pacto que en su momento Dios hizo con su pueblo, estableció ciertos
holocaustos, sacrificios y ofrendas que debían de hacerse. Uno de estos tenía
que ver con los primogénitos de los cuales estableció:
Números 18
15 Todo lo que abre matriz, de toda carne que ofrecerán a Jehová, así de
hombres como de animales, será tuyo; pero harás que se redima el primogénito
del hombre; también harás redimir el primogénito de animal inmundo. 16 De un mes harás efectuar el rescate de
ellos, conforme a tu estimación, por el precio de cinco siclos, conforme al
siclo del santuario, que es de veinte geras. 17 Mas
el primogénito de vaca, el primogénito de oveja y el primogénito de cabra, no
redimirás; santificados son; la sangre de ellos rociarás sobre el altar, y
quemarás la grosura de ellos, ofrenda encendida en olor grato a Jehová.
Como puede
verse, tanto el primogénito del hombre como el primogénito de
animal inmundo debían de redimirse, esto de redimirse implicaba entregar otro
animal en representación de ellos y la explicación de esto es muy clara: Por un
lado Dios no acepta sacrificios humanos (Deuteronomio 12:31; Levítico 18:21), y
por otro lado los animales inmundos no son aceptos para ser ofrecidos a Dios (Levítico
1:2; 22:19); luego entonces si todo primogénito debía de ofrecerse a Dios, pero
Dios no acepta sacrificios humanos ni de animales inmundos, éstos debían ser
reemplazados por otro animal apto para ello, es decir, redimidos.
Pero ésta regla no aplicaba para los animales aptos, establecidos para sacrificios,
por eso dice “Mas el primogénito de vaca, el primogénito de oveja y el
primogénito de cabra, no redimirás; santificados son”, eso de “santificados son”
implica apartados, ¿para qué?, para ser ofrecidos a Dios, así que no había manera
de dar otro animal apto, establecido para sacrificio, por otro.
Ahora
bien, sobre estos holocaustos, ofrendas y sacrificios, pueden agruparse de
manera general como:
(1) holocaustos
(Levítico 1), aquellos sacrificios que enteramente eran dados a Dios y se
consumían sobre el fuego (de hecho la palabra holocausto viene del griego ὁλόκαυστον
holókauston, de ὁλον 'completamente' y καυστον 'quemado'). Se hacían de ganado
mayor (becerros, vacas), ganado menor (ovejas, corderos, cabritos).
(2) Ofrendas
de gracias (Levítico 2), también llamadas oblaciones, que eran de origen
vegetal, como panes o flor de harina. En este caso una parte era para
entregarse a Dios (Levítico 2:9) y ser consumida sobre el fuego y otra parte
era para ser consumida únicamente por los sacerdotes (Levítico 2:3, 10).
(3) Ofrendas
de paz (Levítico 3), se hacían de ganado
menor (cordero, cabra). Al igual que las ofrendas de acción de gracias una
parte era para entregarse a Dios (Levítico 3:2-5, 9-11) y ser consumida sobre
el fuego y otra parte era para ser consumida únicamente por los sacerdotes
(Levítico 6:17-19; 7:1-10, 28-37).
(4) Sacrificios
por el pecado los cuales dependían de quien hubiese cometido una infracción:
novillos si los infractores eran sacerdotes (Levítico 4:1-11) o la asamblea
(pueblo) como comunidad (Levítico 4:13-21); cabritos si el infractor era un
jefe de la comunidad (Levítico 4:22-26); cabra o cordero si el infractor era un
hombre común (Levítico 4:27-35); aunque había ciertos pecados específicos para
los cuales se requería sacrificar ovejas o cabras (Levítico 5:1-6); y de igual
forma estaba la consideración para quienes fueran pobres quienes podían ofrecer
por reparación de su falta dos tórtolas o dos pichones (Levítico 5:7-13); un
apartado especial era para aquellos cuya infracción fuese sobre las cosas
sagradas y para los cuales el sacrificio se denominaba de reparación siendo
éste en todos los casos un carnero (Levítico 5:14 ss.). En el caso del
sacrificio por el pecado la sangre era derramada en el altar del incienso y
todo el sacrificio era consumido por el fuego, solo que una parte (grosura que
cubre los intestinos y la que está sobre las entrañas, los dos riñones y la
grosura que está sobre ellos, y la que está sobre los ijares, además de la
grosura de sobre el hígado) se quemaba en el altar de holocausto (Levítico
5:8-10) y otra parte (lo sobrante: piel, carne, cabeza, piernas, intestinos,
estiércol) era quemada fuera del campamento (Levítico 5:11-12).
De
manera especial y reiterativa se menciona, respecto de los holocaustos,
ofrendas y sacrificios, las maneras en que debían de disponerse en estos de la
sangre (Levítico 1:5, 11), la cabeza y el sebo (1:8, 12), las entrañas y las
patas (1:9, 13), y los riñones y el sebo (3:3-4, 9-10, 14-15). Todas estas
sombras tiene su realización plena, en cuanto a significado, en la frase “Y
amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus
fuerzas” (Deuteronomio 6:5; Mateo 22:37). La sangre representa toda la vida en
sí (Levítico 17:11), la cabeza representa los pensamientos, es decir, lo que
creemos (Deuteronomio 6:8), el sebo, las entrañas y los riñones nuestro
interior, sobre todo la fuerza (Job 30:27), y las patas nuestro andar, es decir
lo que hacemos (Jeremías 6:16; Oseas 14:9). De esta forma las sombras del trato
especial a estas partes de los holocaustos, ofrendas y sacrificios eran un
referente de la manera en que uno debe entregarse a Dios: con toda nuestra
mente, nuestro corazón, nuestra voluntad, nuestras fuerzas, nuestro ser; lo que
pensamos, hacemos, decimos, sentimos.
De
igual forma, en ciertos holocaustos, ofrendas y sacrificios se hace un
tratamiento especial al pecho (Levítico 7:30) y a la pierna derecha (Levítico
7:32). El pecho representa el corazón y tiene que ver con la fe: “Felipe dijo:
Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo: Creo que
Jesucristo es el Hijo de Dios” (Hechos 8:37), “Entonces una mujer llamada
Lidia, vendedora de púrpura, de la ciudad de Tiatira, que adoraba a Dios,
estaba oyendo; y el Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a
lo que Pablo decía” (Hechos 16:14). La pierna representa nuestro andar y tiene
que ver con las obras que hacemos: “Así dijo Jehová: Paraos en los caminos, y
mirad, y preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad
por él, y hallaréis descanso para vuestra alma. Mas dijeron: No andaremos”
(Jeremías 6:16); “¿Quién es sabio para que entienda esto, y prudente para que
lo sepa? Porque los caminos de Jehová son rectos, y los justos andarán por
ellos; más los rebeldes caerán en ellos” (Oseas 14:9). De esta forma el pecho y
la pierna hacen referencia tanto a la fe como a las obras que ambas deben
conducirnos a ser perfectos (Mateo 5:48) y santos (1 Pedro 1:16).
Si
bien con lo anterior se entiende que aquellos holocausto, ofrendas y
sacrificios hablan de una realización espiritual, plena, para todos los
elegidos, también es relevante el hecho de que todo ello es posible mediante el
sacrificio redentor de nuestro Señor quien por medio de éste nos reconcilió con
el Padre.
Los
alcances de este sacrificio, si bien estaban contenidos en sombra en la
celebración de la pascua judía, serían claramente expuestos en los primeros
años de la iglesia de Dios. Pedro hablando al respecto señalo sobre Jesús en 1
Pedro 2:24 que “llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero,
para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por
cuya herida fuisteis sanados”. Pablo escribiendo a los Hebreos señaló en cuanto
a Jesús que “en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre
por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado” (Hebreos
9:26); escribiendo a los Romanos señaló
que “Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos” (Romanos
5:6), escribiendo a los Corintios les dijo que “nuestra pascua, que es Cristo,
ya fue sacrificada por nosotros” (1 Corintios 5:7).
Así
como el primogénito del buey, la oveja o la cabra—animales aptos para el
altar—no podía ser rescatado ni canjeado por dinero (Números 18:17), sino que
debía ser inmolado y su sangre esparcida sobre el altar, así nuestra entrega
más profunda y originaria a Dios no admite compensación ni equivalente.
El
primogénito representaba lo primero, lo mejor, lo que abría la matriz: la
fuerza vital y el inicio de toda promesa. Exigir su redención (pagar un precio
para evitarlo) habría sido tratar lo sagrado como algo negociable, como si el
valor de la ofrenda pudiera medirse en moneda corriente. Pero el altar no
recibe dinero; recibe vida derramada. De igual manera, cuando Dios nos pide lo
primero de nuestro corazón—nuestro amor inicial, nuestra fe virgen, nuestro
tiempo fresco, nuestra obediencia sin cálculos—no admite que le ofrezcamos
"algo en su lugar": ni buenas intenciones tardías, ni servicios de
reemplazo, ni justificaciones piadosas. Lo que nace como primicia debe morir
como sacrificio.
Y
en esto hallamos su cumplimiento perfecto en Cristo.
Jesús
es el Primogénito de toda creación (Colosenses 1:15) y el Primogénito entre
muchos hermanos (Romanos 8:29). Él no fue redimido ni sustituido en la cruz; no
hubo rescate en monedas de plata ni cordero de reemplazo para Abraham en el
Calvario. Dios no aceptó sustituto para Su Propio Hijo, porque el Cordero que
quita el pecado del mundo no podía ser canjeado por otro. Si Jesús hubiera sido
"redimido" (rescatado de la muerte), la justicia divina quedaría
insatisfecha y nuestra deuda impaga. Pero Él, como el primogénito no redimido,
fue inmolado y su sangre fue esparcida sobre el altar celestial, no para
salvarse a Sí mismo, sino para consagrarnos a nosotros.
Por
eso, cuando la ley ordenaba que la sangre del primogénito fuera rociada y su
grasa quemada como ofrenda de olor grato, estaba profetizando que la sangre de
Cristo, el Primogénito no redimido, sería el único medio de expiación. Y así
como la carne del animal primogénito era entregada a los sacerdotes como
alimento (Números 18:18), así la vida del Primogénito de Dios se nos da como
pan vivo bajado del cielo (Juan 6:51): no para ser cambiada ni comprada, sino
para ser comida en fe, asimilada en comunión y vivida en gratitud.
Este
precepto nos confronta entonces con una verdad inquietante: no todo en la vida
cristiana es canjeable. Hay entregas que no admiten trueque: el llamado
primero, la consagración inicial, el "sí" radical del bautismo, el
martirio del amor cotidiano. Pretender redimir nuestro primogénito—es decir,
evitar el costo de lo primero—es ofrecer a Dios lo que nos sobra en lugar de lo
que nos cuesta. Es querer servir con sustitutos en vez de con la propia carne y
sangre.
Pero
Cristo, el Primogénito no redimido, nos muestra que el camino de la vida pasa
por la muerte de lo primero. Él no fue eximido; fue inmolado. Y al ser
inmolado, nos liberó de tener que ofrecer nuestros propios primogénitos para
alcanzar justicia. Ahora, nuestra ofrenda de primicias ya no es para ser
salvos, sino para testimoniar que Él es el Primero y el Último, Aquel que no
fue canjeado, para que nosotros, los que por Él fuimos redimidos, vivamos como
ofrenda viva, santa y agradable a Dios (Romanos 12:1), sabiendo que nuestra
vida, una vez consagrada como primicia en el bautismo, ya no nos pertenece para
redimirla de vuelta al mundo.
Porque
lo que es del Señor, del Señor es; y lo que ha sido rociado con la sangre del
Cordero, jamás podrá ser rescatado con oro ni plata, sino solo confirmado en la
eternidad de Su gracia.
El
mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de no redimir al primogénito de
los animales permitidos, sigue vigente más sin embargo espiritualizado,
revelando que lo que una vez es consagrado a Dios pertenece enteramente a Él, y
ningún intercambio humano puede alterar esa realidad sagrada. Porque si el
primogénito del buey, la oveja o la cabra no podía ser rescatado con dinero,
¿cómo podría ser canjeada por obras humanas aquella vida que ya fue rociada con
la sangre del Cordero? Cristo, el Primogénito no redimido, se ofreció una vez
para siempre, y en Él fuimos hechos santos—no por nuestra calidad, sino por su
inmutabilidad. Así, nuestra entrega a Dios, como la del primogénito sobre el
altar, no admite trueque ni retorno: lo que Él ha consagrado permanece sagrado,
lo que ha redimido no vuelve a ser común, y a quienes ha unido al Cordero los
guarda en su santidad eterna. Porque el que no cambió a su Hijo por sustituto,
tampoco cambiará a los que en él han sido sellados.

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