1. Creer que Dios existe (Éx. 20:2)


“Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre”.

El mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de creer que Dios existe puede parecernos demasiado obvio, más sin embargo si se piensa bien es un requisito necesario sin el cual no puede construirse el resto de lo que la relación implícita involucra. Establecido como mandamiento entraña su cumplimiento para poder ser considerado parte del Pueblo de Dios.

La existencia de Dios en el Antiguo Testamento era algo que se daba por sentado en el Pueblo de Israel, con todo y todo esto no conllevaba que el pueblo fuera fiel a esa relación sino que por el contrario, si se ve la historia del Israel, en muchas ocasiones  las desviaciones del pueblo respecto de las condiciones establecidas por Dios para con ellos acarreaba consecuencias de rechazo y corrección por parte de Dios, más no de abandono.

La relación del Pueblo de Israel con Dios era de extrema solemnidad, las maneras de acercarse a Él implicaban una extrema pureza ritual, tanto para sacerdotes, levitas como para el pueblo. Si bien Dios mismo se había revelado como lento para la ira y abundante en misericordia Quien perdona la iniquidad y la transgresión (Números 14:18), la imagen de Él era de una gravedad extrema, de una sobriedad absoluta, un concepto relacional creador-creatura que generaba por su misma definición una lejanía entre ambos actores.

Cristo en su venida retoma la figura de Dios que el pueblo tenía pero le añade una comprensión que no sólo agrega calidez a la imagen de Dios sino también cercanía. La manera en que se refiere a Dios como Padre, y no sólo de Él sino de todos (Mateo 6:9), implica un nuevo concepto relacional donde la dinámica creador-creatura cede espacio para incorporar la figura de Padre-hijo.

De esta forma la sombra de creer que Dios existe apunta a un Padre, creador de todo (Génesis 1:1) y de todos (Mateo 23:9), así que cambiando el concepto relacional de la dinámica resultante, el mandamiento de creer que Dios existe bien puede parafrasearse como creer que el Padre existe y no sólo existe sino incluso tiene está desarrollando un plan en la humanidad como colectivo y en cada persona en lo individual para que los llamados y elegidos (Revelación 17:14) que sean encontrados fieles vengan a formar parte de Su familia (Efesios 2:19).

Creer que Dios existe, o más bien, creer que el Padre existe, considerando las implicaciones anteriores, establece una pauta de entendimiento de Su persona a  la luz de la cual la comprensión que se va obteniendo debe ser evaluada. Si se pensare únicamente en Él como Dios muchas cosas relacionadas con ello quedarían sin la consideración debida, pero si se le considera a Dios como Padre las nociones que sobre Él tengamos, Sus pensamientos, Sus intenciones, Sus planes, adquieren una relevancia preponderante.

El mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de creer que Dios existe sigue vigente, de hecho sin esa primer aceptación el reto de la fe no tiene sentido, pero el entender, el comprender, como nos lo reveló nuestro Señor Jesús que Él es nuestro Padre y que todo lo que hace es para Su mayor gloria (Isaías 43:7) y para nuestro bien (Jeremías 29:11), permite a los cristianos de este tiempo avanzar en la discernimiento de Su persona y sobre ese discernimiento edificar una fe dinámica como hijos de Dios.   

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