107. No tomar de una categoría y ponerla en otra (Lv. 27:26)


 

“Pero el primogénito de los animales, que por la primogenitura es de Jehová, nadie lo dedicará; sea buey u oveja, de Jehová es”

 

Como parte el pacto que Dios había establecido con su pueblo se había estipulado el que todos los primogénitos eran de Jehová (Éxodo 13:11-12), en el caso de los primogénitos de los animales aptos para el sacrificio éstos irrevocablemente debían ser sacrificados a Dios, en el caso de los primogénitos humanos, dado que Dios no acepta sacrificios humanos, éstos debían ser redimidos, igual suerte corrían los primogénitos de los animales inmundos, al ser éstos de Dios pero al mismo tiempo no poderse ofrecer por no ser aptos para sacrificio alguno se redimían, es decir, se pagaba su estimación con dinero lo cual equivalía a que se hubiesen entregado para Dios (Números 18:15-16). En ese sentido, como establece Levítico 27:26, nadie podía decidir aquellos, como si fuera un acto volitivo, ya que desde el inicio dichos primogénitos eran de Dios por lo que debían –no podían- serles sacrificados.

 

De toda esta normatividad relativa a los primogénitos sobre sale (1) que todo primogénito, fuese de hombre o de animal, le pertenecía a Dios (Éxodo 22:29; 34:19; Levítico 27:26; Números 3:13; 8:17); en el caso de los animales limpios estos debían ser ofrecidos como sacrificio (Números 18:17) al cumplir los ochos días de nacidos (Éxodo 22:30) pero en el caso de los animales inmundo estos debían ser rescatados (Levítico 27:27-28); en el caso de los primogénitos de hombre éstos se redimían con un sacrificio (Éxodo 34:20; Números 18:15-16), lo cual cumplió Jesús (Lucas 2:21-24); y los levitas fungían en lugar de los primogénitos de Israel para efectos de ministrar ante Dios en su Tabernáculo (Números 3:12; 8:14-16, 18).

 

Es más que claro que la figura del primogénito consagrado para Dios tiene su cumplimiento en el Mesías (Hebreos 1:1-14), de igual forma los sacrificios presentados para redimir a los primogénitos entre los hombres apuntan al sacrificio redentor de Jesús, cuyo principal referente era la Pascua (1 Corintios 5:7).

 

Con todo y todo, ¿por qué en el caso del primogénito del asno hay una mención especial?

 

Éxodo 34

19 Todo primer nacido, mío es; y de tu ganado todo primogénito de vaca o de oveja, que sea macho. 20 Pero redimirás con cordero el primogénito del asno; y si no lo redimieres, quebrarás su cerviz. Redimirás todo primogénito de tus hijos; y ninguno se presentará delante de mí con las manos vacías.

Para entender esto hay que remitirnos a Mateo 21:5, “decid a la hija de Sion: He aquí, tu Rey viene a ti, Manso, y sentado sobre una asna, Sobre un pollino, hijo de animal de carga.”

 

La cita escritural cuando Jesús entra en Jerusalén montado en burro ha sido interpretada como un símbolo de su humildad, en efecto la cita muestra eso, pero ¿por qué un burro? La Ley dada Israel estipulaba que todo primer nacido de asno, fuese redimido con un cordero sino esa así tenía que ser muerto (Éxodo 13:13), Israel (y todos los que hemos sido llamados a ser Israel -el que vence (Génesis. 32:28)- es comparado a un burro rebelde (Jeremías 2:24), ese burro somos nosotros, condenados a morir, pero hay un cordero que viene montado en él para ser sacrificado en su lugar redimiéndonos, por eso la cita en cuestión dice que Jesús venía sobre el burro de manera mansa simbolizando lo que en breve sería el cumplimiento de Isaías 53:7: "Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca", por eso Éxodo 34:20 señala que el primogénito del asno es redimido por un cordero, figura esto de nuestra redención obrada por el sacrificio de Cristo.

 

 

Así la disposición de redención de los animales inmundos apuntaba al sacrificio redentor de Jesús el cual nos hace aceptos para el Padre al reconciliarnos con Él, pero —y esto es muy importante tenerlo en cuenta— aún no somos lo que debemos ser: perfectos y santos, una imagen de nuestro Señor Jesús.

 

Pablo escribiendo a los de Éfeso les señala “En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria” (Efesios 1:13-14). La comprensión de esta cita es clara: los elegidos hemos recibido el Espíritu de Dios como un anticipo de aquello que en nosotros habrá de revelarse al regreso de nuestro Señor si es que nos mantenemos fieles hasta el final.

 

Visto de otra forma, aunque redimidos, al no ser aún perfectos y santos, al tener aún carnalidad en nosotros, no hemos alcanzado aquella estatura perfecta de Cristo que nos haría aceptos completamente al Padre, en este sentido podría decirse que aún somos como aquellos animales inmundos que no podían ofrecerse a Dios así como estaban por eso mismo.

 

En este punto hay que hacer una pausa para explicar esto pues, en efecto, ya hemos sido redimidos por Jesús, pero el proceso aún no ha concluido, sino que concluirá al regreso de Él cuando seamos transformados, como escribe Juan en su primer carta “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1 Juan 3:2).

 

Así, aunque ya hemos sido redimidos, aun no se ha manifestado en nosotros lo que habremos de ser. En cada uno de los elegidos hay una mezcla de santidad y pecaminosidad representada por aquellos panes con levadura que se ofrecían en Pentecostés, con todo y todo ya hemos recibido las arras del Espíritu, aquel anticipo que, si nos mantenemos fieles hasta el final, permitirá que en nosotros se cumplimente en su momento el plan de Dios. De esta forma aquel animal inmundo que al no poderse ofrecer a Dios era cambiado por dinero representa aquello que habremos de ser y que para Dios, el cual “llama las cosas que no son, como si fuesen” (Romanos 4:17), ya nos considera como aquella ofrenda que será acepta para Él, esto representado por el dinero que se entregaba al servicio del templo en vez del animal inmundo.

 

El mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de no tomar de una categoría y ponerla en otra, sigue vigente más sin embargo espiritualizado referido a los elegidos que pertenecen a Dios y que, por medio del sacrificio redentor de nuestro Señor, somos reconciliados para llegar ser parte de su familia.

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