106. No sustituir sacrificios (Lv. 27:10)


 “No será cambiado ni trocado, bueno por malo, ni malo por bueno; y si se permutare un animal por otro, él y el dado en cambio de él serán sagrados”

 

Como parte del pacto que en su momento Dios hizo con su pueblo estableció ciertas disposiciones relativas a los holocaustos, ofrendas y sacrificios, en cuanto a éstos podemos ver que de manera natural éstos están contemplados sobre todo en Levítico y pueden agruparse de manera general como:

 

(1)  holocaustos (Levítico 1), aquellos sacrificios que enteramente eran dados a Dios y se consumían sobre el fuego (de hecho la palabra holocausto viene del griego ὁλόκαυστον holókauston, de ὁλον 'completamente' y καυστον 'quemado'). Se hacían de ganado mayor (becerros, vacas), ganado menor (ovejas, corderos, cabritos).

(2)  Ofrendas de gracias (Levítico 2), también llamadas oblaciones, que eran de origen vegetal, como panes o flor de harina. En este caso una parte era para entregarse a Dios (Levítico 2:9) y ser consumida sobre el fuego y otra parte era para ser consumida únicamente por los sacerdotes (Levítico 2:3, 10).

(3)  Ofrendas de paz  (Levítico 3), se hacían de ganado menor (cordero, cabra). Al igual que las ofrendas de acción de gracias una parte era para entregarse a Dios (Levítico 3:2-5, 9-11) y ser consumida sobre el fuego y otra parte era para ser consumida únicamente por los sacerdotes (Levítico 6:17-19; 7:1-10, 28-37).

(4)  Sacrificios por el pecado los cuales dependían de quien hubiese cometido una infracción: novillos si los infractores eran sacerdotes (Levítico 4:1-11) o la asamblea (pueblo) como comunidad (Levítico 4:13-21); cabritos si el infractor era un jefe de la comunidad (Levítico 4:22-26); cabra o cordero si el infractor era un hombre común (Levítico 4:27-35); aunque había ciertos pecados específicos para los cuales se requería sacrificar ovejas o cabras (Levítico 5:1-6); y de igual forma estaba la consideración para quienes fueran pobres quienes podían ofrecer por reparación de su falta dos tórtolas o dos pichones (Levítico 5:7-13); un apartado especial era para aquellos cuya infracción fuese sobre las cosas sagradas y para los cuales el sacrificio se denominaba de reparación siendo éste en todos los casos un carnero (Levítico 5:14 ss.). En el caso del sacrificio por el pecado la sangre era derramada en el altar del incienso y todo el sacrificio era consumido por el fuego, solo que una parte (grosura que cubre los intestinos y la que está sobre las entrañas, los dos riñones y la grosura que está sobre ellos, y la que está sobre los ijares, además de la grosura de sobre el hígado) se quemaba en el altar de holocausto (Levítico 5:8-10) y otra parte (lo sobrante: piel, carne, cabeza, piernas, intestinos, estiércol) era quemada fuera del campamento (Levítico 5:11-12).

 

De manera especial y reiterativa se menciona, respecto de los holocaustos, ofrendas y sacrificios, las maneras en que debían de disponerse en estos de la sangre (Levítico 1:5, 11), la cabeza y el sebo (1:8, 12), las entrañas y las patas (1:9, 13), y los riñones y el sebo (3:3-4, 9-10, 14-15). Todas estas sombras tiene su realización plena, en cuanto a significado, en la frase “Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas” (Deuteronomio 6:5; Mateo 22:37). La sangre representa toda la vida en sí (Levítico 17:11), la cabeza representa los pensamientos, es decir, lo que creemos (Deuteronomio 6:8), el sebo, las entrañas y los riñones nuestro interior, sobre todo la fuerza (Job 30:27), y las patas nuestro andar, es decir lo que hacemos (Jeremías 6:16; Oseas 14:9). De esta forma las sombras del trato especial a estas partes de los holocaustos, ofrendas y sacrificios eran un referente de la manera en que uno debe entregarse a Dios: con toda nuestra mente, nuestro corazón, nuestra voluntad, nuestras fuerzas, nuestro ser; lo que pensamos, hacemos, decimos, sentimos.

 

De igual forma, en ciertos holocaustos, ofrendas y sacrificios se hace un tratamiento especial al pecho (Levítico 7:30) y a la pierna derecha (Levítico 7:32). El pecho representa el corazón y tiene que ver con la fe: “Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios” (Hechos 8:37), “Entonces una mujer llamada Lidia, vendedora de púrpura, de la ciudad de Tiatira, que adoraba a Dios, estaba oyendo; y el Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a lo que Pablo decía” (Hechos 16:14). La pierna representa nuestro andar y tiene que ver con las obras que hacemos: “Así dijo Jehová: Paraos en los caminos, y mirad, y preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestra alma. Mas dijeron: No andaremos” (Jeremías 6:16); “¿Quién es sabio para que entienda esto, y prudente para que lo sepa? Porque los caminos de Jehová son rectos, y los justos andarán por ellos; más los rebeldes caerán en ellos” (Oseas 14:9). De esta forma el pecho y la pierna hacen referencia tanto a la fe como a las obras que ambas deben conducirnos a ser perfectos (Mateo 5:48) y santos (1 Pedro 1:16).

 

Si bien con lo anterior se entiende que aquellos holocausto, ofrendas y sacrificios hablan de una realización espiritual, plena, para todos los elegidos, también es relevante el hecho de que todo ello es posible mediante el sacrificio redentor de nuestro Señor quien por medio de éste nos reconcilió con el Padre.

 

Los alcances de este sacrificio, si bien estaban contenidos en sombra en la celebración de la pascua judía, serían claramente expuestos en los primeros años de la iglesia de Dios. Pedro hablando al respecto señalo sobre Jesús en 1 Pedro 2:24 que “llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados”. Pablo escribiendo a los Hebreos señaló en cuanto a Jesús que “en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado” (Hebreos 9:26);  escribiendo a los Romanos señaló que “Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos” (Romanos 5:6), escribiendo a los Corintios les dijo que “nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros” (1 Corintios 5:7).

 

El no sustituir sacrificios, como lo señala Levítico 27:10, nos habla de la irrevocabilidad del pacto divino. Así como el animal apartado para el sacrificio no podía ser sustituido—pues su valor no residía en su calidad intrínseca sino en el acto de consagración que lo hacía santo—así nuestra entrega a Dios, una vez realizada de corazón, no admite trueque ni retorno. Lo que ofrecemos a Dios, ya sea nuestra vida, nuestra fe o nuestro servicio, queda sellado en la esfera de lo eterno.

 

Y en esto encontramos su cumplimiento perfecto en Cristo. Jesús es el Cordero de Dios que "una vez para siempre" se ofreció a Sí mismo (Hebreos 9:26). Su sacrificio no podía ser cambiado ni trocado; no había otro animal, otra ofrenda, otra sangre que pudiera sustituir lo que Él vino a consumar. La perfección de Su entrega—de todo Su corazón, toda Su alma y todas Sus fuerzas—fue total y definitiva.

 

Cuando la ley declaraba que "él y el dado en cambio de él serán sagrados", profetizaba que en Cristo, el Sustituto Perfecto, tanto Él como aquellos por quienes fue dado—nosotros—seríamos hechos santos. Cristo llevó nuestros pecados en Su cuerpo sobre el madero (1 Pedro 2:24), y al hacerlo, nos consagró con Él para siempre. Somos "sagrados" porque Él es sagrado, y lo que Dios ha santificado mediante la sangre del Cordero, ningún trueque ni cambio en el tiempo puede deshacer.

 

Así, este precepto nos invita a reconocer que nuestra salvación no depende de la calidad de nuestra ofrenda—"bueno por malo, ni malo por bueno"—sino de la fidelidad de Aquel que se ofreció por nosotros. La inmutabilidad del sacrificio veterotestamentario era sombra de la inmutabilidad del amor redentor de Dios en Cristo: "Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos" (Hebreos 13:8). Lo que Dios ha consagrado permanece sagrado; lo que ha redimido no vuelve a ser común; y a quienes ha puesto como "dado en cambio" por el Cordero, los guarda en Su santidad eterna.

 

El mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de no sustituir sacrificios, sigue vigente más sin embargo espiritualizado revelando lo que una vez es consagrado a Dios pertenece enteramente a Él, y ningún intercambio humano puede alterar esa realidad sagrada.


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