105. No utilizar incienso en la ofrenda de los celos (Nm. 5:15)


 “entonces el marido traerá su mujer al sacerdote, y con ella traerá su ofrenda, la décima parte de un efa de harina de cebada; no echará sobre ella aceite, ni pondrá sobre ella incienso, porque es ofrenda de celos, ofrenda recordativa, que trae a la memoria el pecado.

 

Como parte del pacto que en su momento Dios hizo con su pueblo, estableció normativas relativas a los holocaustos, ofrendas y sacrificios, cada una con disposiciones específicas y para fines diversos. Una de estas normativas, relacionada con Levítico 5:15, tiene que ver con la ofrenda de los celos. Pero antes de ver lo relativo a Levítico 5:15 es menester entender lo relativo a la ofrenda de los celos.

 

Levítico 5

11 También Jehová habló a Moisés, diciendo: 12 Habla a los hijos de Israel y diles: Si la mujer de alguno se descarriare, y le fuere infiel, 13 y alguno cohabitare con ella, y su marido no lo hubiese visto por haberse ella amancillado ocultamente, ni hubiere testigo contra ella, ni ella hubiere sido sorprendida en el acto; 14 si viniere sobre él espíritu de celos, y tuviere celos de su mujer, habiéndose ella amancillado; o viniere sobre él espíritu de celos, y tuviere celos de su mujer, no habiéndose ella amancillado; 15 entonces el marido traerá su mujer al sacerdote, y con ella traerá su ofrenda, la décima parte de un efa de harina de cebada; no echará sobre ella aceite, ni pondrá sobre ella incienso, porque es ofrenda de celos, ofrenda recordativa, que trae a la memoria el pecado.

16 Y el sacerdote hará que ella se acerque y se ponga delante de Jehová. 17 Luego tomará el sacerdote del agua santa en un vaso de barro; tomará también el sacerdote del polvo que hubiere en el suelo del tabernáculo, y lo echará en el agua. 18 Y hará el sacerdote estar en pie a la mujer delante de Jehová, y descubrirá la cabeza de la mujer, y pondrá sobre sus manos la ofrenda recordativa, que es la ofrenda de celos; y el sacerdote tendrá en la mano las aguas amargas que acarrean maldición. 19 Y el sacerdote la conjurará y le dirá: Si ninguno ha dormido contigo, y si no te has apartado de tu marido a inmundicia, libre seas de estas aguas amargas que traen maldición; 20 mas si te has descarriado de tu marido y te has amancillado, y ha cohabitado contigo alguno fuera de tu marido 21 (el sacerdote conjurará a la mujer con juramento de maldición, y dirá a la mujer): Jehová te haga maldición y execración en medio de tu pueblo, haciendo Jehová que tu muslo caiga y que tu vientre se hinche; 22 y estas aguas que dan maldición entren en tus entrañas, y hagan hinchar tu vientre y caer tu muslo. Y la mujer dirá: Amén, amén.

23 El sacerdote escribirá estas maldiciones en un libro, y las borrará con las aguas amargas; 24 y dará a beber a la mujer las aguas amargas que traen maldición; y las aguas que obran maldición entrarán en ella para amargar. 25 Después el sacerdote tomará de la mano de la mujer la ofrenda de los celos, y la mecerá delante de Jehová, y la ofrecerá delante del altar. 26 Y tomará el sacerdote un puñado de la ofrenda en memoria de ella, y lo quemará sobre el altar, y después dará a beber las aguas a la mujer. 27 Le dará, pues, a beber las aguas; y si fuere inmunda y hubiere sido infiel a su marido, las aguas que obran maldición entrarán en ella para amargar, y su vientre se hinchará y caerá su muslo; y la mujer será maldición en medio de su pueblo. 28 Mas si la mujer no fuere inmunda, sino que estuviere limpia, ella será libre, y será fecunda.

29 Esta es la ley de los celos, cuando la mujer cometiere infidelidad contra su marido, y se amancillare; 30 o del marido sobre el cual pasare espíritu de celos, y tuviere celos de su mujer; la presentará entonces delante de Jehová, y el sacerdote ejecutará en ella toda esta ley. 31 El hombre será libre de iniquidad, y la mujer llevará su pecado.

 

 

 

Sobre la prohibición establecida en Numeros 5:15 de no utilizar incienso en la ofrenda de los celos, la misma cita señala el por qué: “entonces el marido traerá su mujer al sacerdote, y con ella traerá su ofrenda, la décima parte de un efa de harina de cebada; no echará sobre ella aceite, ni pondrá sobre ella incienso, porque es ofrenda de celos, ofrenda recordativa, que trae a la memoria el pecado”.

 

Entendamos que esa ofrenda “trae a la memoria el pecado”, por lo que debe entenderse la prohibición de echar incienso sobre ella desde la perspectiva espiritual.

 

El incienso es uno de los símbolos más profundos y recurrentes en las Escrituras para representar las oraciones de los santos, y su significado se despliega a lo largo de toda la historia bíblica como una imagen de adoración, intercesión y comunión divina. En el Antiguo Testamento, el salmista expresó esta verdad en el Salmo 141:2, cuando clamó: "Suba mi oración delante de ti como el incienso, y el don de mis manos como la ofrenda de la tarde", estableciendo desde temprano la conexión entre el humo que asciende y la petición del creyente que llega a la presencia de Dios. De manera semejante, en el libro del Éxodo (30:1-8), Dios ordenó a Moisés que construyera un altar para quemar incienso aromático cada mañana y cada tarde, como una ofrenda perpetua delante del Señor, y aquel incienso, compuesto según una fórmula sagrada y reservado exclusivamente para la adoración a Dios, prefiguraba la oración como un acto santo que no debía profanarse ni ofrecerse a otro dios. El libro de Levítico (16:12-13) añade una dimensión aún más solemne, porque en el Día de la Expiación, el sumo sacerdote tomaba un incensario con carbones ardientes del altar y puñados de incienso fino, y al entrar en el Lugar Santísimo, el humo del incienso cubría el propiciatorio para que no muriera, enseñando que la oración y la intercesión son el velo que permite al hombre acercarse a la santidad divina sin ser consumido. Pero más allá del ritual exterior, el incienso apuntaba a una realidad espiritual: la oración no era meramente un acto religioso, sino el aliento del alma que sube hasta el trono de Dios, como el humo fragante que asciende recto hacia el cielo. En el Nuevo Testamento, esta verdad se hace aún más accesible y universal, porque el libro de Revelación revela que las oraciones de los santos son guardadas en copas de oro delante del trono, como se narra en Revelación 5:8: "Los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero; todos tenían arpas, y copas de oro llenas de incienso, que son las oraciones de los santos." Con estas palabras, el apóstol Juan nos asegura que las oraciones no son palabras perdidas en el vacío, sino un tesoro precioso que los ancianos y los ángeles presentan ante la presencia misma de Dios, y que tienen tal valor que son atesoradas como ofrenda de oro puro en el cielo. Y en Revelación 8:3-4, esta imagen alcanza su cumbre, porque otro ángel vino con un incensario de oro y se le dio mucho incienso para añadirlo a las oraciones de todos los santos sobre el altar de oro que estaba delante del trono, y de la mano del ángel subió a la presencia de Dios el humo del incienso con las oraciones de los santos; y entonces el ángel tomó el incensario, lo llenó del fuego del altar y lo arrojó a la tierra, y hubo truenos, voces, relámpagos y un terremoto. Así, la Escritura nos enseña que las oraciones no solo ascienden como incienso fragante a la presencia divina, sino que además desencadenan el poder de Dios sobre la tierra, porque el humo de la oración se convierte en fuego de juicio y liberación cuando el cielo responde a la súplica de su pueblo. De esta manera, el símbolo del incienso nos recuerda que la oración no es un monólogo vacío ni un deber religioso, sino la ofrenda viva que sube hasta el trono de Dios, donde es recibida con agrado, mezclada con la intercesión de Cristo y los ángeles, y respondida con el poder transformador del Altísimo, y que este privilegio nos es dado a todos los santos que claman a Él con fe, porque sus oraciones son fragantes como el incienso y poderosas como el fuego del altar.

 

Es por ello que la ofrenda de los celos no debe llevar incienso ya que ambas simbologías no son compatibles: La oración no tiene nada que ver con el pecado –ni su expiación-, ni el pecado –ni su expiación tiene nada que ver con la oración.

 

El mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de no utilizar incienso en la ofrenda de los celos, sigue vigente más sin embargo espiritualizado referido a que la oración no tiene nada que ver con el pecado –ni su expiación-, ni el pecado –ni su expiación tiene nada que ver con la oración.


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