104. No utilizar aceite de oliva en la ofrenda de los celos (Nm. 5:15)


 “entonces el marido traerá su mujer al sacerdote, y con ella traerá su ofrenda, la décima parte de un efa de harina de cebada; no echará sobre ella aceite, ni pondrá sobre ella incienso, porque es ofrenda de celos, ofrenda recordativa, que trae a la memoria el pecado.

 

Como parte del pacto que en su momento Dios hizo con su pueblo, estableció normativas relativas a los holocaustos, ofrendas y sacrificios, cada una con disposiciones específicas y para fines diversos. Una de estas normativas, relacionada con Levítico 5:15, tiene que ver con la ofrenda de los celos. Pero antes de ver lo relativo a Levítico 5:15 es menester entender lo relativo a la ofrenda de los celos.

 

Levítico 5

11 También Jehová habló a Moisés, diciendo: 12 Habla a los hijos de Israel y diles: Si la mujer de alguno se descarriare, y le fuere infiel, 13 y alguno cohabitare con ella, y su marido no lo hubiese visto por haberse ella amancillado ocultamente, ni hubiere testigo contra ella, ni ella hubiere sido sorprendida en el acto; 14 si viniere sobre él espíritu de celos, y tuviere celos de su mujer, habiéndose ella amancillado; o viniere sobre él espíritu de celos, y tuviere celos de su mujer, no habiéndose ella amancillado; 15 entonces el marido traerá su mujer al sacerdote, y con ella traerá su ofrenda, la décima parte de un efa de harina de cebada; no echará sobre ella aceite, ni pondrá sobre ella incienso, porque es ofrenda de celos, ofrenda recordativa, que trae a la memoria el pecado.

16 Y el sacerdote hará que ella se acerque y se ponga delante de Jehová. 17 Luego tomará el sacerdote del agua santa en un vaso de barro; tomará también el sacerdote del polvo que hubiere en el suelo del tabernáculo, y lo echará en el agua. 18 Y hará el sacerdote estar en pie a la mujer delante de Jehová, y descubrirá la cabeza de la mujer, y pondrá sobre sus manos la ofrenda recordativa, que es la ofrenda de celos; y el sacerdote tendrá en la mano las aguas amargas que acarrean maldición. 19 Y el sacerdote la conjurará y le dirá: Si ninguno ha dormido contigo, y si no te has apartado de tu marido a inmundicia, libre seas de estas aguas amargas que traen maldición; 20 mas si te has descarriado de tu marido y te has amancillado, y ha cohabitado contigo alguno fuera de tu marido 21 (el sacerdote conjurará a la mujer con juramento de maldición, y dirá a la mujer): Jehová te haga maldición y execración en medio de tu pueblo, haciendo Jehová que tu muslo caiga y que tu vientre se hinche; 22 y estas aguas que dan maldición entren en tus entrañas, y hagan hinchar tu vientre y caer tu muslo. Y la mujer dirá: Amén, amén.

23 El sacerdote escribirá estas maldiciones en un libro, y las borrará con las aguas amargas; 24 y dará a beber a la mujer las aguas amargas que traen maldición; y las aguas que obran maldición entrarán en ella para amargar. 25 Después el sacerdote tomará de la mano de la mujer la ofrenda de los celos, y la mecerá delante de Jehová, y la ofrecerá delante del altar. 26 Y tomará el sacerdote un puñado de la ofrenda en memoria de ella, y lo quemará sobre el altar, y después dará a beber las aguas a la mujer. 27 Le dará, pues, a beber las aguas; y si fuere inmunda y hubiere sido infiel a su marido, las aguas que obran maldición entrarán en ella para amargar, y su vientre se hinchará y caerá su muslo; y la mujer será maldición en medio de su pueblo. 28 Mas si la mujer no fuere inmunda, sino que estuviere limpia, ella será libre, y será fecunda.

29 Esta es la ley de los celos, cuando la mujer cometiere infidelidad contra su marido, y se amancillare; 30 o del marido sobre el cual pasare espíritu de celos, y tuviere celos de su mujer; la presentará entonces delante de Jehová, y el sacerdote ejecutará en ella toda esta ley. 31 El hombre será libre de iniquidad, y la mujer llevará su pecado.

 

 

 

Sobre la prohibición establecida en Numeros 5:15 de no echar aceite de oliva sobre la ofrenda de los celos, la misma cita señala el por qué: “entonces el marido traerá su mujer al sacerdote, y con ella traerá su ofrenda, la décima parte de un efa de harina de cebada; no echará sobre ella aceite, ni pondrá sobre ella incienso, porque es ofrenda de celos, ofrenda recordativa, que trae a la memoria el pecado”.

 

Entendamos que esa ofrenda “trae a la memoria el pecado”, por lo que debe entenderse la prohibición de echar aceite de oliva sobre ella desde la perspectiva espiritual.

 

El aceite de oliva es uno de los símbolos más profundos y recurrentes en las Escrituras para representar al Espíritu Santo, y su significado se despliega a lo largo de toda la historia bíblica como una imagen de consagración, poder y comunión divina. En el Antiguo Testamento, el salmista expresó esta verdad en el Salmo 133:2, cuando exclamó: "Es como el buen óleo sobre la cabeza, que desciende sobre la barba, la barba de Aarón, y que baja hasta el borde de sus vestiduras", estableciendo desde temprano la conexión entre el aceite que fluye y la unción espiritual que empapa todo el ser del consagrado, comunicando vida y autoridad de lo alto. De manera semejante, en el libro del Éxodo (30:22-33), Dios ordenó a Moisés que preparara un aceite santo para la unción, compuesto según una fórmula sagrada —mirra, canela, cálamo y casia— y reservado exclusivamente para ungir el tabernáculo, el altar, los utensilios y a los sacerdotes, y aquel aceite, que no debía verterse sobre extraños ni imitarse para uso profano, prefiguraba al Espíritu Santo como un don exclusivo de Dios que no podía ser manipulado ni falsificado por la carne. El libro de Levítico (2:1-2 y 14:10-18) añade una dimensión aún más solemne, porque en la ofrenda de cereal, la flor de harina debía ser amasada con aceite y quemada sobre el altar como aroma grato a Jehová, y en la purificación del leproso, el sacerdote mojaba su dedo en el aceite y lo untaba sobre el lóbulo de la oreja, el pulgar de la mano y el dedo gordo del pie del hombre limpio, enseñando que el Espíritu no solo consagra el santuario, sino que abre el oído para oír la voz de Dios, santifica las obras de las manos y dirige los pasos del redimido por caminos de justicia. Pero más allá del ritual exterior, el aceite apuntaba a una realidad espiritual: el Espíritu no era meramente una fuerza ocasional que venía y se iba, sino la misma presencia sustancial de Dios que mora en el creyente, como el óleo que empapa la tela y no puede separarse de ella, impregnando cada fibra del ser con la fragancia de Cristo.

 

En el Nuevo Testamento, esta verdad se hace aún más accesible y universal, porque el libro de los Hechos y las epístolas revelan que la unción del aceite encuentra su plenitud en el derramamiento pentecostal, como se narra en Hechos 10:38: "Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo y con poder; y éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él." Con estas palabras, Pedro nos asegura que el aceite tipológico no era un fin en sí mismo, sino la sombra del Ungido por excelencia, aquel en quien el Espíritu moraba sin medida, y que toda unción posterior es participación de la suya. Y el apóstol Juan profundiza aún más en 1 Juan 2:20 y 27, cuando escribe: "Pero vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas... y la unción que vosotros recibisteis de él permanece en vosotros." Así, el creyente no necesita depender de maestros terrenales, porque el mismo Espíritu (figurado en el aceite) le enseña todas las cosas y permanece en él como un sello imborrable. En el libro de Apocalipsis (1:12-13 y 4:5), esta imagen alcanza su cumbre, porque Juan ve los siete candeleros de oro, que son las iglesias, y delante del trono hay siete lámparas de fuego que son los siete Espíritus de Dios; y aunque el aceite no se menciona explícitamente, el profeta Zacarías (4:2-6) ya había recibido la revelación de los dos olivos que vierten aceite de oro en el candelabro, y el ángel declaró: "No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos." Con estas palabras, el Espíritu es presentado como el combustible celestial que mantiene encendida la luz de la iglesia en medio de las tinieblas, y que no depende del esfuerzo humano, sino del flujo inagotable de la gracia divina.

 

Y en Hechos 2:1-4, esta imagen alcanza su punto culminante, porque el día de Pentecostés, el aceite prefigurado dejó de ser una tipología y se convirtió en realidad palpable: vino del cielo un estruendo como de viento recio que llenó toda la casa, y se les aparecieron lenguas repartidas como de fuego, y fueron llenos todos del Espíritu Santo. Así, el derramamiento del aceite profético no solo ungía a un individuo para una tarea específica, sino que ahora se derramaba sobre toda carne, sobre hijos e hijas, jóvenes y ancianos, siervos y siervas; y entonces el Espíritu, que había sido prometido por el Padre, tomó el incensario de la intercesión de Cristo, lo llenó del fuego del altar celestial, y lo arrojó a la tierra, y hubo lenguas, profecías, sanidades y un terremoto espiritual que sacudió los cimientos del imperio del pecado, porque el mismo poder que resucitó a Jesús de entre los muertos había descendido para morar en vasos de barro. Así, la Escritura nos enseña que el Espíritu no solo desciende para ungir y sellar, sino que además desencadena el poder dinámico de Dios sobre la tierra, porque la unción del creyente se convierte en autoridad para predicar, sanar y liberar, cuando el cielo responde a la fe de su pueblo derramando el aceite de gozo en lugar de luto, y vestidura de alabanza en lugar de espíritu abatido.

 

De esta manera, el símbolo del aceite nos recuerda que el Espíritu Santo no es un don estático ni una doctrina fría, sino la unción viva que desciende del trono de Dios, donde es recibida con agrado, administrada por Cristo como el Sumo Sacerdote ungido, y derramada sobre la tierra con poder transformador para edificar la Iglesia y confrontar al mundo, y que este privilegio nos es dado a todos los santos que creen en el Nombre, porque su unción es fragante como el óleo puro y poderosa como el viento del Pentecostés, y permanece en nosotros para siempre, sellándonos hasta el día de la redención.

 

Es por ello que la ofrenda de los celos no debe llevar aceite ya que ambas simbologías no son compatibles: El Espíritu Santo no tiene nada que ver con el pecado –ni su expiación-, ni el pecado –ni su expiación tiene nada que ver con el Espíritu Santo.

 

El mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de que está prohibido utilizar aceite de oliva en la ofrenda por los celos, sigue vigente más sin embargo espiritualizado referido a que el Espíritu Sato no tiene nada que ver con el pecado –ni su expiación-, ni el pecado –ni su expiación tiene nada que ver con el Espíritu Santo.


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