194. Se debe devolver la propiedad robada a su dueño (Lv. 6:4)


 “entonces, habiendo pecado y ofendido, restituirá aquello que robó, o el daño de la calumnia, o el depósito que se le encomendó, o lo perdido que halló”

 

El pacto que en su momento Dios hizo con su pueblo incluía disposiciones sociales a efecto de mantener la armonía en la comunidad, dichas disposiciones incluían la reparación del daño causado al prójimo, pero también la restauración de la relación con Dios. Una de estas disposiciones tenía que ver con las cuestiones de robo.

 

Levítico 6

1Habló Jehová a Moisés, diciendo: Cuando una persona pecare e hiciere prevaricación contra Jehová, y negare a su prójimo lo encomendado o dejado en su mano, o bien robare o calumniare a su prójimo, o habiendo hallado lo perdido después lo negare, y jurare en falso; en alguna de todas aquellas cosas en que suele pecar el hombre, entonces, habiendo pecado y ofendido, restituirá aquello que robó, o el daño de la calumnia, o el depósito que se le encomendó, o lo perdido que halló, o todo aquello sobre lo que hubiere jurado falsamente; lo restituirá por entero a aquel a quien pertenece, y añadirá a ello la quinta parte, en el día de su expiación. Y para expiación de su culpa traerá a Jehová un carnero sin defecto de los rebaños, conforme a tu estimación, y lo dará al sacerdote para la expiación. Y el sacerdote hará expiación por él delante de Jehová, y obtendrá perdón de cualquiera de todas las cosas en que suele ofender.

 

Lo interesante de aquella restitución de lo robado es que desde el punto de vista natural no solo se tenía que regresar lo robado (v. 4), sino que incluso debía añadirse una quinta parte (v. 5). Esta proporción de restitución, desde el punto de vista espiritual, es muy significativa.

 

El número cinco, relacionada con esa quinta parte que debía agregarse a lo restituido, apunta a la Ley, los primeros cinco libros de la Escritura –Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio–, también conocidos como Torá en hebreo y Pentateuco en griego. Esos primeros cinco libros son la base de la instrucción por lo que la adición de los restituido de una quinta parte apunta a una restitución de la enseñanza recibida con un simbolismo profundo en cuanto a aceptarla restaurando así la relación con Dios.

 

Pero hay más, ya que, si se considera lo restituido más la quinta parte adicionada, entonces se tienen seis partes, siendo que el seis es el número del hombre pues ésta fue creado al sexto día (Génesis 1:26-31), de esta forma se tiene que solo hasta haber regresado lo robado y dado la quinta parte como restitución, se restaura quien así hiciera como hombre perfecto ante Dios.

 

Con todo y todo también existe el aspecto en la normativa anterior de restaurar la relación para con Dios a través del sacrificio de la culpa.

 

Levítico 6

Y para expiación de su culpa traerá a Jehová un carnero sin defecto de los rebaños, conforme a tu estimación, y lo dará al sacerdote para la expiación. Y el sacerdote hará expiación por él delante de Jehová, y obtendrá perdón de cualquiera de todas las cosas en que suele ofender.

 

Las ofrendas por la culpa debían hacerse en los casos de que, por ejemplo, un testigo de un asunto no testificase o no informase al oír una maldición pública, alguien que inconscientemente se hiciese inmundo por haber tocado un cuerpo muerto o una persona inmunda o alguien que de manera imprudente o irreflexiva jurara hacer o no hacer algo (Levítico 5:1-4).

 

Respecto del procedimiento, quien buscaba expiación llevaba el animal para la ofrenda y ponía sus manos sobre éste, luego el mismo era degollado y el sacerdote rociaba con la sangre siete veces hacia el velo del santuario untando parte de esta sobre los cuernos del altar de incienso que estaba en el lugar santo echando el resto de la sangre a los pies del altar de bronce que estaba en el atrio, de la ofrenda se tomaba la grasa que cubría los intestinos, los dos riñones y la grasa que estaba sobre ellos, la grasa que estaba sobre el hígado haciendo arder todo esto sobre el altar de bronce, de igual forma la piel de la ofrenda, su carne, su cabeza, sus piernas, sus intestinos y su estiércol eran quemados pero fuera del campamento.

 

De manera general, si bien Levítico es material de un estudio por sí mismo, es importante destacar algo respecto de los holocaustos, ofrendas y sacrificios. Al ir leyendo Levítico, aparte de los diferentes holocaustos, ofrendas y sacrificios que se encontrarán dependiendo de la intención y del oferente, puede uno ir viendo que hay un tratamiento especial para ciertas partes de lo que se ofrece como holocausto, ofrenda o sacrificio.

 

De manera especial y reiterativa se menciona, respecto de los holocaustos, ofrendas y sacrificios, las maneras en que debían de disponerse en estos de la sangre (Levítico 1:5, 11), la cabeza y el sebo (1:8, 12), las entrañas y las patas (1:9, 13), y los riñones y el sebo (3:3-4, 9-10, 14-15). Todas estas sombras tienen su realización plena, en cuanto a significado, en la frase “Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas” (Deuteronomio 6:5; Mateo 22:37). La sangre representa toda la vida en sí (Levítico 17:11), la cabeza representa los pensamientos, es decir, lo que creemos (Deuteronomio 6:8), el sebo, las entrañas y los riñones nuestro interior, sobre todo la fuerza (Job 30:27), las patas nuestro andar, es decir lo que hacemos (Jeremías 6:16; Oseas 14:9), en cuanto al estiércol éste representa aquello que debe ser desechado de la vida propia (Deuteronomio 23:13) para vivir solo para Dios. De esta forma las sombras del trato especial a estas partes de los holocaustos, ofrendas y sacrificios eran un referente de la manera en que uno debe entregarse a Dios: con toda nuestra mente, nuestro corazón, nuestra voluntad, nuestras fuerzas, nuestro ser; lo que pensamos, hacemos, decimos, sentimos.

 

Ahora bien, en el caso específico de las ofrendas por la culpa, éstas eran sombras de lo venidero, en este caso, apuntaban al sacrificio redentor de Jesús.

 

1 Pedro 3:18

Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu

 

1 Juan 2:2

Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo.

 

Colosenses 1:22

sin embargo, ahora Él os ha reconciliado en su cuerpo de carne, mediante su muerte, a fin de presentaros santos, sin mancha e irreprensibles delante de Él,

 

Pablo disertando sobre esto señala en su carta a los hebreos

 

Hebreos 10

Porque la ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas, nunca puede, por los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente cada año, hacer perfectos a los que se acercan.

De otra manera cesarían de ofrecerse, pues los que tributan este culto, limpios una vez, no tendrían ya más conciencia de pecado.

Pero en estos sacrificios cada año se hace memoria de los pecados;

porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados.

Por lo cual, entrando en el mundo dice:
    Sacrificio y ofrenda no quisiste;
    Mas me preparaste cuerpo.

Holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron.

Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para
hacer tu voluntad,
Como en el rollo del libro está escrito de mí. 

Diciendo primero: Sacrificio y ofrenda y holocaustos y expiaciones por el pecado no quisiste, ni te agradaron (las cuales cosas se ofrecen según la ley),

y diciendo luego: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad; quita lo primero, para establecer esto último.

10 En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre.

11 Y ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados;

12 pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios,

13 de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies;

14 porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.

15 Y nos atestigua lo mismo el Espíritu Santo; porque después de haber dicho:

16 Este es el pacto que haré con ellos
Después de aquellos días, dice el Señor:
Pondré mis leyes en sus corazones,
Y en sus mentes las escribiré, 

17 añade:
    Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones. 

18 Pues donde hay remisión de éstos, no hay más ofrenda por el pecado.

19 Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo,

20 por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne,

21 y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios,

22 acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura.

23 Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió.

24 Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras;

25 no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca.

 

Y más específicamente, sobre la sombra de las partes de la ofrenda que eran quemadas fuera del campamento Pablo de igual forma escribe

 

Hebreos 13

11 Porque los cuerpos de aquellos animales cuya sangre a causa del pecado es introducida en el santuario por el sumo sacerdote, son quemados fuera del campamento.

12 Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta.

13 Salgamos, pues, a él, fuera del campamento, llevando su vituperio;

14 porque no tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la por venir.

15 Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre.

16 Y de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios.

 

De esta forma todo lo referido a la ofrenda por el pecado se cumple en Cristo: la vida en sí misma —sangre— y la fuerza de ésta —grasa— se ofrece en holocausto a Dios; los pensamientos —cabeza—, lo externo —piel—, la manera de caminar —piernas—, lo que se es —carne—, incluso aquello que debe desecharse de la vida —estiércol—, es quemado fuera del campamento, consumido como parte de vivir en el mundo, sí, pero si ser parte del mundo, viviendo para Dios. Ambas cosas están relacionadas, lo último permite lograr lo primero. De nueva cuenta, como escribe Pablo en Hebreos 10:5-7 “por lo cual, entrando en el mundo dice: Sacrificio y ofrenda no quisiste; más me preparaste cuerpo. Holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron. Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad, como en el rollo del libro está escrito de mí”.

 

De igual forma, si uno es seguidor de Cristo, una vez aceptado su ofrenda por la culpa, debe vivir santamente para Dios, “el que dice que permanece en él [Jesús], debe andar como él anduvo” (1 Juan 2:6), “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Corintios 11:1), lo cual implica ofrecer de igual forma nuestra vida al Padre, no en expiación por nuestras culpas, lo cual ya fue cumplimentado por Jesús, sino como parte de esa vida a la que hemos sido traídos al aceptar el llamamiento del Padre para venir a salvación en el presente siglo: “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional.  No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Romanos 12:1-2).

El mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de que se debe devolver la propiedad robada a su dueño sigue vigente, más sin embargo espiritualizado referido a esa restauración, tanto natural como espiritual, que se debe ante el daño infringido a los demás, siendo que de igual manera debe complementarse con la restauración de quien así hubo hecho para con Dios, tal cual corresponde a todo hijo de Dios.


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