110. Para purificarse de la lepra hay que seguir los procedimientos especificados (Lv. 14:2)


 

“Esta será la ley para el leproso cuando se limpiare: Será traído al sacerdote…”

 

La cuestión de aquellos que como parte del pueblo se infectaban de lepra es un asunto de mucho alcance y profundidad.

 

Lo primero que debe entenderse es que, de las indicaciones que Levítico 13 contiene respecto de esto, lo que se denomina lepra podía referirse a cualquier infección de la piel, desde la más leve desde el punto de vista médico hasta la más grave que coincidiría propiamente con lo que en la actualidad se conoce como lepra.

 

El tratamiento de aquellos que estaban infectados de lepra, en el entendido comentado con anterioridad y según lo establece Levítico 13, e pocas palabras, era que de inicio eran revisados por el sacerdote (vv. 2-3), siendo que el que la tuviere era encerrado siete días en su casa y, al término de esos días, si la infección había remitido era declarado limpio, caso contrario, si la infección se hubiere extendido era declarado leproso (vv. 4-11), en este último caso tal persona debía salir del campamento y habitar fuera declarando “¡inmundo, inmundo!” para que nadie se le acercara (vv.45-46). Esto es de manera general pues Levítico 13 contiene muchas disposiciones para las diferentes afecciones que pudiesen observarse en la piel relacionadas con eso que ahí se denomina lepra.

 

El capítulo 14 de Levítico contiene las disposiciones al leproso cuando este fuese curado.

 

Levítico 14

Y habló Jehová a Moisés, diciendo:

Esta será la ley para el leproso cuando se limpiare: Será traído al sacerdote,

y éste saldrá fuera del campamento y lo examinará; y si ve que está sana la plaga de la lepra del leproso,

el sacerdote mandará luego que se tomen para el que se purifica dos avecillas vivas, limpias, y madera de cedro, grana e hisopo.

Y mandará el sacerdote matar una avecilla en un vaso de barro sobre aguas corrientes.

Después tomará la avecilla viva, el cedro, la grana y el hisopo, y los mojará con la avecilla viva en la sangre de la avecilla muerta sobre las aguas corrientes;

y rociará siete veces sobre el que se purifica de la lepra, y le declarará limpio; y soltará la avecilla viva en el campo.

Y el que se purifica lavará sus vestidos, y raerá todo su pelo, y se lavará con agua, y será limpio; y después entrará en el campamento, y morará fuera de su tienda siete días.

Y el séptimo día raerá todo el pelo de su cabeza, su barba y las cejas de sus ojos y todo su pelo, y lavará sus vestidos, y lavará su cuerpo en agua, y será limpio.

10 El día octavo tomará dos corderos sin defecto, y una cordera de un año sin tacha, y tres décimas de efa de flor de harina para ofrenda amasada con aceite, y un log de aceite.

11 Y el sacerdote que le purifica presentará delante de Jehová al que se ha de limpiar, con aquellas cosas, a la puerta del tabernáculo de reunión;

12 y tomará el sacerdote un cordero y lo ofrecerá por la culpa, con el log de aceite, y lo mecerá como ofrenda mecida delante de Jehová.

13 Y degollará el cordero en el lugar donde se degüella el sacrificio por el pecado y el holocausto, en el lugar del santuario; porque como la víctima por el pecado, así también la víctima por la culpa es del sacerdote; es cosa muy sagrada.

14 Y el sacerdote tomará de la sangre de la víctima por la culpa, y la pondrá el sacerdote sobre el lóbulo de la oreja derecha del que se purifica, sobre el pulgar de su mano derecha y sobre el pulgar de su pie derecho.

15 Asimismo el sacerdote tomará del log de aceite, y lo echará sobre la palma de su mano izquierda,

16 y mojará su dedo derecho en el aceite que tiene en su mano izquierda, y esparcirá del aceite con su dedo siete veces delante de Jehová.

17 Y de lo que quedare del aceite que tiene en su mano, pondrá el sacerdote sobre el lóbulo de la oreja derecha del que se purifica, sobre el pulgar de su mano derecha y sobre el pulgar de su pie derecho, encima de la sangre del sacrificio por la culpa.

18 Y lo que quedare del aceite que tiene en su mano, lo pondrá sobre la cabeza del que se purifica; y hará el sacerdote expiación por él delante de Jehová.

19 Ofrecerá luego el sacerdote el sacrificio por el pecado, y hará expiación por el que se ha de purificar de su inmundicia; y después degollará el holocausto,

20 y hará subir el sacerdote el holocausto y la ofrenda sobre el altar. Así hará el sacerdote expiación por él, y será limpio.

21 Más si fuere pobre, y no tuviere para tanto, entonces tomará un cordero para ser ofrecido como ofrenda mecida por la culpa, para reconciliarse, y una décima de efa de flor de harina amasada con aceite para ofrenda, y un log de aceite,

22 y dos tórtolas o dos palominos, según pueda; uno será para expiación por el pecado, y el otro para holocausto.

23 Al octavo día de su purificación traerá estas cosas al sacerdote, a la puerta del tabernáculo de reunión, delante de Jehová.

24 Y el sacerdote tomará el cordero de la expiación por la culpa, y el log de aceite, y los mecerá el sacerdote como ofrenda mecida delante de Jehová.

25 Luego degollará el cordero de la culpa, y el sacerdote tomará de la sangre de la culpa, y la pondrá sobre el lóbulo de la oreja derecha del que se purifica, sobre el pulgar de su mano derecha y sobre el pulgar de su pie derecho.

26 Y el sacerdote echará del aceite sobre la palma de su mano izquierda;

27 y con su dedo derecho el sacerdote rociará del aceite que tiene en su mano izquierda, siete veces delante de Jehová.

28 También el sacerdote pondrá del aceite que tiene en su mano sobre el lóbulo de la oreja derecha del que se purifica, sobre el pulgar de su mano derecha y sobre el pulgar de su pie derecho, en el lugar de la sangre de la culpa.

29 Y lo que sobre del aceite que el sacerdote tiene en su mano, lo pondrá sobre la cabeza del que se purifica, para reconciliarlo delante de Jehová.

30 Asimismo ofrecerá una de las tórtolas o uno de los palominos, según pueda.

31 Uno en sacrificio de expiación por el pecado, y el otro en holocausto, además de la ofrenda; y hará el sacerdote expiación por el que se ha de purificar, delante de Jehová.

32 Esta es la ley para el que hubiere tenido plaga de lepra, y no tuviere más para su purificación.

 

El rito a observar una vez que fuese curado es de extrema relevancia en cuanto a las verdades subyacentes que el mismo entrega ya que a un nivel micro, referido a la persona curada, es paralelo a lo que en el Día de la Expiación se efectuaba con el Tabernáculo.

 

Tal similitud puede observarse, en el caso del leproso sanado, por las dos avecillas que presentaba siendo que una era muerta mientras que la otra era liberada (vv.4-7), esto relacionado con los dos machos cabríos que se presentaban el Día de la Expiación (Levítico 16:7-10). Ambos machos cabríos, en cuanto al Día de la Expiación, representan a Jesús.

 

Sobre esto último, la enseñanza de la iglesia de Dios permite comprender que dicho Día apuntaba a la obra redentora de Cristo, profeta, sacerdote y rey, sobre todo en la figura de los dos machos cabríos: el macho cabrío sacrificado representaba a Cristo, profeta, muriendo para reconciliarnos con el Padre; el macho cabrío que se soltaba en el desierto representaba a Cristo, sacerdote, quien con su intercesión logra el perdón de nuestros pecados. La figura de Cristo como rey, no presente en el Día de la Expiación, se cumplimentará a Su regreso. 

 

Con este entendimiento uno puede comprender, tomando como sombra el Día de la Expiación y trayéndolo a la vida actual de la iglesia de Dios, que el sacrificio de Cristo, el macho cabrío  sacrificado, fue hecho de una vez y para siempre, pero que la intercesión de Cristo, el macho cabrío soltado en el desierto, es constantemente efectuada por Él, de esta forma, si bien al acepar el sacrificio redentor de Jesús todos nuestros pecados nos son perdonados, su intercesión permite alcanzar perdón por aquellos pecados que dada nuestra carnalidad se siguen cometiendo, con todo y todo, para que esto sea funcional, como lo era el Día de la Expiación, uno debe ceñirse a los requerimientos que establece la Palabra en cuanto a lo que de nosotros se espera, esto es, esforzarnos en el Camino, obedeciendo la Ley de Dios, cumpliendo Su voluntad, proclamando el Evangelio y siendo mediante nuestro testimonio ante las naciones sal de la tierra y luz del mundo.

 

Pero volviendo a Levítico 14, ¿cómo puede estarse seguro de esa similitud entre los dos ritos, a saber: el del leproso curado y el del Día de la Expiación? Porque claramente Levítico 16:16, referido al rito Día del Expiación, establece que el mismo “purificar[ía] el santuario, a causa de las impurezas de los hijos de Israel, de sus rebeliones y de todos sus pecados; de la misma manera hará también al tabernáculo de reunión, el cual reside entre ellos en medio de sus impurezas”, es decir, dicho rito tenía como objetivo principal purificar el Templo, y ¿qué somos nosotros, aquellos que hemos respondido al llamamiento del Padre para venir a salvación en el presente siglo? “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?” (1 Corintios 6:19). De esta forma, el Día de la Expiación, que purifica el Templo de Dios, se relaciona con el rito del leproso sanado, que indica el templo que cada uno es que ha sido limpiado, por lo que los dos machos cabríos del primero tienen su referente en las dos avecillas que el segundo presenta para aquello con el mismo significado referido a Cristo en sus dos funciones, profeta y sacerdote.

 

Con todo y todo, la restauración plena de aquel que hubiese padecido lepra no se concluía sino hasta el octavo día en que éste presentaba “dos corderos sin defecto, y una cordera de un año sin tacha, y tres décimas de efa de flor de harina para ofrenda amasada con aceite, y un log de aceite” (Levítico 14:10).

 

En el caso dos corderos sin defecto, y una cordera de un año sin tacha, y tres décimas de efa de flor de harina para ofrenda amasada con aceite, y un log de aceite que se toman al octavo día, como todos los sacrificios del Antiguo Testamento, estos apuntan a Cristo, al Mesías resucitado.

 

1 Pedro 3:18

Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu

 

1 Juan 2:2

Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo.

 

Colosenses 1:22

sin embargo, ahora Él os ha reconciliado en su cuerpo de carne, mediante su muerte, a fin de presentaros santos, sin mancha e irreprensibles delante de Él,

 

Pablo disertando sobre esto señala en su carta a los hebreos

 

Hebreos 10

Porque la ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas, nunca puede, por los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente cada año, hacer perfectos a los que se acercan.

De otra manera cesarían de ofrecerse, pues los que tributan este culto, limpios una vez, no tendrían ya más conciencia de pecado.

Pero en estos sacrificios cada año se hace memoria de los pecados;

porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados.

Por lo cual, entrando en el mundo dice:
    Sacrificio y ofrenda no quisiste;
    Mas me preparaste cuerpo.

Holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron.

Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para
hacer tu voluntad,
Como en el rollo del libro está escrito de mí. 

Diciendo primero: Sacrificio y ofrenda y holocaustos y expiaciones por el pecado no quisiste, ni te agradaron (las cuales cosas se ofrecen según la ley),

y diciendo luego: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad; quita lo primero, para establecer esto último.

10 En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre.

11 Y ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados;

12 pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios,

13 de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies;

14 porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.

15 Y nos atestigua lo mismo el Espíritu Santo; porque después de haber dicho:

16 Este es el pacto que haré con ellos
Después de aquellos días, dice el Señor:
Pondré mis leyes en sus corazones,
Y en sus mentes las escribiré, 

17 añade:
    Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones. 

18 Pues donde hay remisión de éstos, no hay más ofrenda por el pecado.

19 Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo,

20 por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne,

21 y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios,

22 acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura.

23 Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió.

24 Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras;

25 no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca.

 

La sangre que el sacerdote toma del cordero de la culpa poniéndolo sobre “el lóbulo de la oreja derecha del que se purifica, sobre el pulgar de su mano derecha y sobre el pulgar de su pie derecho” (Levítico 14:25) simboliza precisamente la sangre de Cristo que nos limpia para escuchar correctamente las verdades divinas, para obrar correctamente conforme a ellas, y para andar correctamente en concordancia con ello. De igual forma el aceite que el sacerdote toma poniéndolo en el mismo lugar donde anteriormente se puso la sangre del cordero de la culpa, —lóbulo de la oreja derecha del que se purifica, sobre el pulgar de su mano derecha y sobre el pulgar de su pie derecho, en el lugar de la sangre de la culpa— y sobre la cabeza, apunta al Espíritu Santo que aquel recibe para oír, obrar y andar correctamente, conforme a las verdades divinas.

 

Respecto de esto hay que entender que si bien la redención de Cristo para cada uno de nosotros ha sido hecha de una vez y para siempre, si uno cae en el Camino puede venir a pedir perdón al Padre por medio de Cristo, “hijitos míos, os escribo estas cosas para que no pequéis. Y si alguno peca, Abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1 Juan 2:1), es decir, apunta tanto al momento en que aceptando uno a Cristo viene a salvación así como a las limpiezas posteriores a ello que uno necesite por la caídas que se experimenten en el andar.

 

El mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de que para purificarse de la lepra hay que seguir los procedimientos especificados, sigue vigente, más sin embargo espiritualizado referido a que lo presentado como parte de este rito apunta a la limpieza del templo que es uno efectuada Cristo como profeta y por Cristo como sacerdote, de igual forma apuntando lo presentado al octavo día al sacrificio presentado, a Cristo, por cuya sangre hemos sido redimidos, ambas cosas tanto al venir a salvación como después al pedir perdón por las caídas que se experimenten, posibilitándonos de esta forma el oír las verdades divinas, el obrar conforme a ellas y el andar el camino conforme a la voluntad del Padre, tal cual corresponde a todo hijo de Dios.


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