102. Está prohibido utilizar aceite de oliva en la ofrenda por el pecado (Lv. 5:11)
“Más si no tuviere lo suficiente para dos tórtolas, o dos palominos, el que pecó traerá como ofrenda la décima parte de un efa de flor de harina para expiación. No pondrá sobre ella aceite, ni sobre ella pondrá incienso, porque es expiación”
Como
parte del pacto que en su momento Dios hizo con su pueblo, estableció
normativas relativas a los holocaustos, ofrendas y sacrificios, cada una con
disposiciones específicas y para fines diversos. Una de estas normativas,
relacionada con Levítico 5:11, tiene que ver con la ofrenda por el pecado. Pero
antes de ver lo relativo a Levítico 5:11 es menester entender lo relativo a la
ofrenda por el pecado.
Levítico
4 contiene las prescripciones establecidas por Dios como parte de Su pacto con
Su pueblo respecto de las ofrendas por el pecado.
Las
ofrendas por el pecado, como lo señala Levítico 4:2, se relacionaban
directamente con Dios y la violación a sus mandamientos, a diferencia de las
ofrendas por la culpa, que norma Levítico 7, y que se relaciona directamente
con el prójimo y las prescripciones relativas a la relación con él. Es decir,
se incurre en pecado ante Dios cuando se violan sus mandamientos, se incurre en
culpa con el prójimo cuando se incumplen las normas que rigen la relación con
él.
Había
tres consideraciones dependiendo de quién cometiera el pecado si un sacerdote
(v. 3), si el pueblo (v. 13), si alguno de los jefes (v. 22), o bien, si alguno
de los integrantes del pueblo (v. 27). El procedimiento era prácticamente el
mismo, en lo que variaba era en la ofrenda por el pecado: en el caso del
sacerdote la ofrenda era un becerro (v. 3), en el caso del pueblo también era
un becerro (v. 14), en el caso de alguno de los jefes era un macho cabrío (v.
23), y en el caso de alguno de los integrantes del pueblo era una cabra sin
defecto (v. 28).
Respecto
del procedimiento, que era prácticamente el mismo para todos los casos, quien
buscaba expiación llevaba el animal para la ofrenda y ponía sus manos sobre
éste, luego el mismo era degollado y el sacerdote rociaba con la sangre siete
veces hacia el velo del santuario untando parte de esta sobre los cuernos del
altar de incienso que estaba en el lugar santo echando el resto de la sangre a
los pies del altar de bronce que estaba en el atrio, de la ofrenda se tomaba la
grasa que cubría los intestinos, los dos riñones y la grasa que estaba sobre
ellos, la grasa que estaba sobre el hígado haciendo arder todo esto sobre el
altar de bronce, de igual forma la piel de la ofrenda, su carne, su cabeza, sus
piernas, sus intestinos y su estiércol eran quemados pero fuera del campamento.
De
manera general, si bien Levítico es material de un estudio por sí mismo, es
importante destacar algo respecto de los holocaustos, ofrendas y sacrificios.
Al ir leyendo Levítico, aparte de los diferentes holocaustos, ofrendas y
sacrificios que se encontrarán dependiendo de la intención y del oferente,
puede uno ir viendo que hay un tratamiento especial para ciertas partes de lo
que se ofrece como holocausto, ofrenda o sacrificio.
De
manera especial y reiterativa se menciona, respecto de los holocaustos,
ofrendas y sacrificios, las maneras en que debían de disponerse en estos de la
sangre (Levítico 1:5, 11), la cabeza y el sebo (1:8, 12), las entrañas y las
patas (1:9, 13), y los riñones y el sebo (3:3-4, 9-10, 14-15). Todas estas
sombras tienen su realización plena, en cuanto a significado, en la frase “Y
amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus
fuerzas” (Deuteronomio 6:5; Mateo 22:37). La sangre representa toda la vida en
sí (Levítico 17:11), la cabeza representa los pensamientos, es decir, lo que creemos
(Deuteronomio 6:8), el sebo, las entrañas y los riñones nuestro interior, sobre
todo la fuerza (Job 30:27), las patas nuestro andar, es decir lo que hacemos
(Jeremías 6:16; Oseas 14:9), en cuanto al estiércol éste representa aquello que
debe ser desechado de la vida propia (Deuteronomio 23:13) para vivir solo para
Dios. De esta forma las sombras del trato especial a estas partes de los
holocaustos, ofrendas y sacrificios eran un referente de la manera en que uno
debe entregarse a Dios: con toda nuestra mente, nuestro corazón, nuestra
voluntad, nuestras fuerzas, nuestro ser; lo que pensamos, hacemos, decimos,
sentimos.
Ahora
bien, en el caso específico de las ofrendas por el pecado, éstas eran sombras
de lo venidero, en este caso, apuntaban al sacrificio redentor de Jesús.
1 Pedro 3:18
Porque también Cristo padeció una sola vez por
los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la
verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu
1 Juan 2:2
Y él es la propiciación por nuestros pecados; y
no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo.
Colosenses
1:22
sin
embargo, ahora Él os ha reconciliado en su cuerpo de carne, mediante su muerte,
a fin de presentaros santos, sin mancha e irreprensibles delante de Él,
Pablo
disertando sobre esto señala en su carta a los hebreos
Hebreos
10
1 Porque la
ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las
cosas, nunca puede, por los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente
cada año, hacer perfectos a los que se acercan.
2 De otra
manera cesarían de ofrecerse, pues los que tributan este culto, limpios una
vez, no tendrían ya más conciencia de pecado.
3 Pero en
estos sacrificios cada año se hace memoria de los pecados;
4 porque la
sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados.
5 Por lo
cual, entrando en el mundo dice:
Sacrificio
y ofrenda no quisiste;
Mas me
preparaste cuerpo.
6 Holocaustos
y expiaciones por el pecado no te agradaron.
7 Entonces
dije: He aquí que vengo, oh Dios, para
hacer tu voluntad,
Como en el rollo del libro está escrito de mí.
8 Diciendo
primero: Sacrificio y ofrenda y holocaustos y expiaciones por el pecado no
quisiste, ni te agradaron (las cuales cosas se ofrecen según la ley),
9 y diciendo
luego: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad; quita lo primero,
para establecer esto último.
10 En esa
voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha
una vez para siempre.
11 Y
ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas
veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados;
12 pero
Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los
pecados, se ha sentado a la diestra de Dios,
13 de ahí en
adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies;
14 porque con
una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.
15 Y nos
atestigua lo mismo el Espíritu Santo; porque después de haber dicho:
16 Este es el
pacto que haré con ellos
Después de aquellos días, dice el Señor:
Pondré mis leyes en sus corazones,
Y en sus mentes las escribiré,
17 añade:
Y nunca más
me acordaré de sus pecados y transgresiones.
18 Pues donde
hay remisión de éstos, no hay más ofrenda por el pecado.
19 Así que,
hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de
Jesucristo,
20 por el
camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne,
21 y teniendo
un gran sacerdote sobre la casa de Dios,
22 acerquémonos
con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los
corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura.
23 Mantengamos
firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que
prometió.
24 Y
considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras;
25 no dejando
de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto
más, cuanto veis que aquel día se acerca.
Y
más específicamente, sobre la sombra de las partes de la ofrenda que eran
quemadas fuera del campamento Pablo de igual forma escribe
Hebreos
13
11 Porque los
cuerpos de aquellos animales cuya sangre a causa del pecado es introducida en
el santuario por el sumo sacerdote, son quemados fuera del campamento.
12 Por lo cual
también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció
fuera de la puerta.
13 Salgamos,
pues, a él, fuera del campamento, llevando su vituperio;
14 porque no
tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la por venir.
15 Así que,
ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir,
fruto de labios que confiesan su nombre.
16 Y de hacer
bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada
Dios.
De esta forma todo lo referido a la
ofrenda por el pecado se cumple en Cristo: la vida en sí misma —sangre— y la
fuerza de ésta —grasa— se ofrece en holocausto a Dios; los pensamientos
—cabeza—, lo externo —piel—, la manera de caminar —piernas—, lo que se es —carne—,
incluso aquello que debe desecharse de la vida —estiércol—, es quemado fuera
del campamento, consumido como parte de vivir en el mundo, sí, pero si ser
parte del mundo, viviendo para Dios. Ambas cosas están relacionadas, lo último
permite lograr lo primero. De nueva cuenta, como escribe Pablo en Hebreos
10:5-7 “por lo cual, entrando en el mundo dice: Sacrificio y ofrenda no
quisiste; más me preparaste cuerpo. Holocaustos y expiaciones por el pecado no
te agradaron. Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu
voluntad, como en el rollo del libro está escrito de mí”.
De
igual forma, si uno es seguidor de Cristo, una vez aceptado su ofrenda por el
pecado, debe vivir santamente para Dios, “el que dice que permanece en él
[Jesús], debe andar como él anduvo” (1 Juan 2:6), “Sed imitadores de mí, así
como yo de Cristo” (1 Corintios 11:1), lo cual implica ofrecer de igual forma
nuestra vida al Padre, no en expiación por nuestros pecados, lo cual ya fue
cumplimentado por Jesús, sino como parte de esa vida a la que hemos sido
traídos al aceptar el llamamiento del Padre para venir a salvación en el
presente siglo: “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que
presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es
vuestro culto racional. No os conforméis
a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro
entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios,
agradable y perfecta” (Romanos 12:1-2).
Con este entendimiento se puede avanzar a
abordar lo señalado por Levítico 5:11 respecto de que éste tipo de ofrendas, las
de por el pecado, no deben llevar aceite.
El
aceite es uno de los símbolos más profundos y recurrentes en las Escrituras
para representar al Espíritu Santo, y su significado se despliega a lo largo de
toda la historia bíblica como una imagen de consagración, poder y presencia
divina. En el Antiguo Testamento, cuando Samuel ungió a Saúl como primer rey de
Israel, derramó aceite sobre su cabeza y el Espíritu del Señor vino sobre él
poderosamente, transformándolo en otro hombre, como se narra en 1 Samuel 10:1 y
9. De manera semejante, en 1 Samuel 16:13, el profeta tomó el cuerno de aceite
y ungió a David en medio de sus hermanos, y desde aquel día el Espíritu del
Señor descendió sobre él con poder, marcando el inicio de su vocación real y
profética. El salmista también recoge esta imagen en el Salmo 2:6, donde Dios
declara que ha puesto a su rey sobre Sion, su santo monte, y la unción con
aceite era el acto ritual que señalaba la elección divina y la investidura de
autoridad. Pero más allá del rito exterior, el aceite apuntaba a una realidad
espiritual: la unción no era meramente simbólica, sino que acompañaba a la
efusión del Espíritu, capacitando a la persona para la misión que Dios le
encomendaba. En el Nuevo Testamento, esta verdad se hace aún más accesible y
universal, porque Jesús mismo enseñó que el Padre celestial dará el Espíritu
Santo a quienes se lo pidan, como lo expresa Lucas 11:13: "Si vosotros,
siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro
Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?" Con estas
palabras, el Señor nos asegura que el Espíritu no es un privilegio reservado
para unos pocos, como los reyes o los profetas del antiguo pacto, sino un don
gratuito y accesible para todo hijo de Dios que lo busque con fe. Así, el
aceite que ungía a los monarcas y sacerdotes de Israel encuentra su plenitud en
la unción del creyente común, porque todos los que somos en Cristo hemos
recibido la unción del Santo, y el Espíritu mora en nosotros como el sello de
nuestra adopción y la garantía de nuestra herencia. De esta manera, el símbolo
del aceite nos recuerda que el Espíritu Santo no es una fuerza impersonal, sino
la presencia viva del mismo Dios que nos consagra, nos llena de poder y nos
capacita para vivir conforme a su voluntad, y que este don nos es dado por el
Padre por amor y en respuesta a nuestra oración confiada.
El
Espíritu Santo es la presencia viva de Dios en el corazón del creyente, y su
obra abarca desde lo más profundo del carácter hasta la consumación final de la
historia. Cuando el apóstol Pablo habla del fruto del Espíritu en Gálatas
5:22-26, no se refiere a una lista de virtudes que el cristiano debe alcanzar
con esfuerzo propio, sino al resultado natural de una vida sometida a la
influencia divina. Ese fruto se manifiesta en nueve cualidades que reflejan el
carácter mismo de Cristo: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe,
mansedumbre y templanza. El amor es el fundamento de todas ellas, el gozo y la
paz no dependen de las circunstancias sino de la certeza de la salvación, la
paciencia sostiene en medio de la prueba, la benignidad y la bondad se traducen
en misericordia hacia los demás, la fe es fidelidad inquebrantable, la
mansedumbre es poder bajo control, y la templanza es el dominio propio que
gobierna todos los instintos. Pablo concluye que quienes son de Cristo han
crucificado la carne con sus pasiones, y por eso deben vivir en armonía, sin
provocarse ni envidiarse, porque el fruto del Espíritu es, en esencia, el
estilo de vida del Reino.
Pero
el Espíritu no solo produce carácter, sino que también otorga dones y
manifestaciones para la edificación de la Iglesia. En 1 Corintios 12, Pablo
enseña que estos dones son diversos pero proceden del mismo Espíritu, y su
propósito es siempre el bien común. La regulación de estas manifestaciones no
se basa en el entusiasmo desordenado, sino en tres principios fundamentales:
primero, que Jesús es el Señor, y nadie que hable por el Espíritu puede maldecirlo,
de modo que todo don debe honrar a Cristo; segundo, que hay unidad en la
diversidad, así como el cuerpo tiene muchos miembros con diferentes funciones,
todos los dones son necesarios y deben operar en armonía sin que ninguno
menosprecie a otro; y tercero, que el amor es el marco que lo envuelve todo,
porque sin amor las manifestaciones pierden su valor. Pablo enfatiza además que
el Espíritu reparte a cada uno como quiere, eliminando así cualquier
competencia o vanagloria, y que la regulación final está en la sujeción a la
autoridad de Cristo y en la mutua sumisión dentro de la comunidad de fe.
Más
allá de la vida presente, el Espíritu Santo juega un papel decisivo en el
futuro del creyente, porque es la garantía y el agente de la resurrección y la glorificación.
Pablo lo expresa en varias de sus cartas: en Colosenses 1:27 dice que Cristo en
nosotros es la esperanza de gloria, y el Espíritu es quien hace real esa
presencia interior que nos asegura la participación en la gloria venidera. En
Romanos 8:10-11 añade que si el Espíritu de Cristo está en nosotros, el cuerpo
está muerto al pecado, pero el Espíritu da vida, y el mismo Espíritu que
resucitó a Jesús dará vida también a nuestros cuerpos mortales, lo cual es una
promesa firme de resurrección física. En 1 Corintios 15:51-53 revela que en la
venida de Cristo los creyentes vivos serán transformados y los muertos
resucitarán en cuerpos incorruptibles e inmortales, y es el Espíritu quien
efectúa ese cambio misterioso y repentino. Finalmente, en 1 Tesalonicenses
4:13-17, el Espíritu es quien resucita a los que durmieron en Cristo y los
reúne con todos los creyentes para estar con el Señor para siempre. Así, el
Espíritu es el sello de nuestra herencia que asegura que nuestro destino final
no es la muerte, sino la plenitud de vida en la presencia de Dios.
En
la vida actual del creyente, el Espíritu Santo actúa como Consolador, Guía,
Maestro y Revelador de Cristo. Jesús prometió en Juan 16:13-15 que el Espíritu
guiaría a sus discípulos a toda la verdad, que no hablaría por su cuenta sino
que tomaría de lo que es de Cristo y lo anunciaría, iluminando las Escrituras y
dando discernimiento en medio de la confusión y el error. En Juan 14:16 y 26 lo
presenta como el Consolador o Paracleto, el Abogado que permanece con nosotros
para siempre, que nos defiende de la acusación, nos fortalece en la debilidad y
nos da paz. Además, es el Maestro interior que enseña todas las cosas y nos
recuerda las palabras de Jesús, no como un instructor externo sino como alguien
que escribe la ley en nuestro corazón. Y también es el testigo interior que da
testimonio de Cristo en nuestro espíritu, confirmando que somos hijos de Dios.
El mundo no puede recibirlo ni conocerlo, pero los creyentes lo conocen porque
mora con ellos y estará en ellos, lo que implica una relación íntima, personal y
transformadora.
Tener
al Espíritu Santo es la marca distintiva de la nueva identidad del creyente en
Cristo, y eso implica una realidad profunda y multifacética. En 2 Corintios
1:21-22, Pablo dice que Dios nos ha ungido, nos ha sellado y ha dado las arras
del Espíritu en nuestros corazones, lo que significa que somos propiedad de
Dios, apartados para su obra, y que el Espíritu es una prenda que asegura la
herencia futura. En Efesios 1:13-14 se confirma que al creer en el evangelio
fuimos sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es la garantía de
nuestra herencia hasta la redención final. Y en Efesios 4:30 se nos advierte
que no entristezcamos a ese Espíritu con el cual fuimos sellados para el día de
la redención, lo que revela que nuestra relación con él es viva y personal. El
fruto del Espíritu en Gálatas 5:22-26 ya mencionado es la evidencia de esa vida
nueva, y Efesios 4:4 y 1 Corintios 12:13 nos recuerdan que un solo Espíritu nos
ha bautizado en un solo cuerpo, haciendo de todos los creyentes una unidad
orgánica y espiritual.
Es
por ello que la ofrenda por el pecado no debe llevar aceite ya que ambas simbologías
no son compatibles: El Espíritu Santo no tiene nada que ver con el pecado –ni su
expiación-, ni el pecado –ni su expiación tiene nada que ver con el Espíritu Santo.
El mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de que está prohibido utilizar aceite de oliva en la ofrenda por el pecado, sigue vigente más sin embargo espiritualizado referido a que el Espíritu Santo no tiene nada que ver con el pecado –ni su expiación-, ni el pecado –ni su expiación tiene nada que ver con el Espíritu Santo.

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