60. No blasfemar el santo nombre (Lv. 24:16)


 “Y el que blasfemare el nombre de Jehová, ha de ser muerto; toda la congregación lo apedreará; así el extranjero como el natural, si blasfemare el Nombre, que muera”

 

Como parte del pacto que Dios en su momento estableció para con su pueblo, dejó muy en claro el respeto y reverencia que éste le debía, señalando que la blasfemia de su nombre debía ser pagada con la muerte.

 

No se aclara más sobre qué es lo que podía considerarse blasfemia, hay cuestiones muy claras como el insulto del mismo, el jurarlo falsamente, el profanarlo idolátricamente que pueden ser consideradas como ello, pero de igual forma esto se fue extendiendo hasta el grado incluso de no nombrarlo a efecto de no incurrir imprudentemente en aquello.

 

De manera natural esto es entendible y se refiere a tal cual se señala no tomar el nombre de Dios con un fin ajeno a de la alabanza, gloria o adoración debida, pero para los elegidos en la actualidad tiene una comprensión espiritual subyacente.

 

Para entender lo señalado por Levítico 24:16, hay que remitirse a su referente contenido en Éxodo 20:7 y Deuteronomio 5:11 que señalan lo que se conoce como el tercer mandamiento de la Ley de Dios: “No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano”.

 

De todos los mandamientos de la Ley de Dios sin duda que éste es uno de los que más confusión generan. A todos, incluso a aquellos que no obedecen la Ley de Dios les queda claro que quiere decir con no robar, no matar, no mentir, con no hacerse imágenes e incluso con guardar el sábado, pero este relativo a no tomar el nombre de Dios en vano sigue siendo motivo de controversia en cuanto a lo que realmente significa.

 

Después del exilio babilónico, los líderes religiosos que regresaron, habiendo entendido las lecciones del castigo, se fueron poco a poco al otro extremo implementando un sinfín de reglamentaciones tendientes a evitar de nuevo que el pueblo transgrediera la Ley de Dios, por ejemplo, en cuanto a qué se podía y qué no se podía hacer en Sábado, lo cual generó cientos de normas adicionales como no escupir en tierra pues eso implicaba hacer barro o no dar más de mil pasos en Sábado.

 

No se tiene el momento exacto en que el nombre de Dios dejó de pronunciarse entre los judíos pero para tiempos de Jesús ya había restricciones al respecto. En la actualidad es común que los judíos religiosos no mencionen el nombre de Dios, en vez de eso cuando tienen que referirse a Él dicen Ha- Shem que quiere decir “El Nombre” y si tienen que escribir, en vez de escribir Dios escriben D-os. Más sin embargo esto parte de una errónea interpretación del tercer mandamiento que manda no tomar el nombre de Dios en vano y, curiosamente, la principal prueba para esto es precisamente todo el Antiguo Testamento, el Tanaj como ellos lo llaman pues de principio a fin de éste prácticamente no hay capítulo en que no se mencione el nombre de Dios en la forma del Tetragramtón, YHVH, transliterado en nuestras Biblias como Jehová o Yavé. Es decir, todo el Antiguo Testamento es prueba de que YHVH, Jehová o Yavé, como nombre de Dios, era de uso común durante milenios entre el pueblo de Dios.

 

Por cierto, los judíos religiosos actuales son descendientes de una facción judía de tiempos de Jesús: los fariseos. Si me permites haré un brevísimo espacio para relatar cómo es que ésta, y no las demás facciones religiosas judías de tiempo de Jesús, llegaron hasta nuestros tiempos.

 

Como constata la Escritura, el judaísmo religioso en tiempo de Jesús no era homogéneo sino que varias facciones convivían entre sí: Fariseos, Saduceos, Herodianos, Esenios y algunas conformadas por grupos específicos como los seguidores de Juan el Bautista y demás.

 

Después de la muerte de Jesús vinieron una serie de revueltas judías contra Roma que culminaron con la destrucción del Templo en el año 70 d.C. y con la expulsión de los judíos de su propia tierra por el Emperador Adriano en el 135 d.C., pero en este ínterin hubo un acontecimiento interesante para los fariseos.

 

Alrededor del año 68 el rabino Yojanan ben Zakkai, de la secta de los fariseos, decidió escapar de Jerusalén, para lo cual se fingió muerto, sus discípulos lo llevaron en una urna supuestamente para sepultarlo en su lugar natal. Al llegar al campo romano fue capturado y llevado ante el General latino, Vespasiano.

La entrevista entre ambos fue larga. El Rabino vaticinó al general que este último ocuparía el trono como emperador (en ese momento el emperador era Nerón). Habiéndose ganado la gracia del general, éste le preguntó a Yojanan ben Zakkai que pedía a lo que éste le contestó que solamente pedía que se le permitiese crear una escuela o mejor academia en la pequeña ciudad de Yavne. Esa petición fue concedida.  Nerón fue asesinado. Vespasiano fue llamado a Roma a asumir la corona de laureles y fue su hijo, Tito, quien terminó la lucha contra los judíos, destruyó al templo. La Academia de Yavne sobrevivió siglos, Allí se formaron los discípulos de Yojanan Ben Zakkai y los discípulos de estos y los de estos. El gobierno de los judíos pasó de los extremistas a los sabios y se estableció una catedrocracia que redactó el Talmud. La enciclopedia legal, religiosa y de conocimiento general, de que aún rige la observancia del judaísmo y que permitió la supervivencia de este a través de los siglos y las vicisitudes y las distancias. El Judaísmo pasó de ser el pueblo de una ciudad y un templo al pueblo del libro. Sin el Talmud no habría habido Islam ni el Israel moderno. Pero debe quedar caro que todo esto se sustenta en una sola facción religiosa de tiempos de Jesús: los fariseos. De esta forma quienes aceptan la tradición farisea de no mencionar el nombre de Dios se adhieren en cuanto esto a los fariseos.

 

Después de este breve interludio retomemos el estudio del tercer mandamiento, si todo el Antiguo Testamento da testimonio de mencionar de manera cotidiana el nombre de Dios, y la prohibición de esto no tiene bases bíblicas sino que se sustenta en tradiciones de hombre, específicamente de los fariseos, ¿qué podrá significar eso de no tomar el nombre de Dios en vano?

 

La palabra clave para entender esto estriba en la palabra “vano” contenida en ese tercer mandamiento. “Vano” se ha traducido del hebreo לַשָּׁ֑וְא, laš·šāw, que significa engaño, engañoso, vacío, falso, falsedad, mentiras, vanidad, o sin valor. Ya comienzan a cambiar las cosas, ¿verdad? De esta forma aquel “no tomar el nombre de Dios en vano” apunta no tomarlo para engaños, mentiras, vanidades o cuestiones sin valor, con todo y todo ¿cómo podríamos incurrir en esto de tomar el nombre de Dios en vano?

 

Lo primero que hay que tener muy en claro es cuando los elegidos tomamos el nombre de Dios, ¿será solo cuándo lo mencionamos? Pablo escribiendo a los de Roma les dice “Tú que dices que no se ha de adulterar, ¿adulteras? Tú que abominas de los ídolos, ¿cometes sacrilegio? Tú que te jactas de la ley, ¿con infracción de la ley deshonras a Dios? Porque como está escrito, el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de vosotros” (Romanos 2:22-24), si te fijas Pablo claramente dice que quien actúa contrariamente a la fe que dice profesar lo único que hace es blasfemar el nombre de Dios, así que no es necesario siquiera mencionar a Dios, con actuar contra su voluntad se está blasfemando su nombre, en este sentido ¿cuándo tomamos entonces el nombre de Dios? De una manera clara, concreta y contundente, el momento preciso en que tomamos el nombre de Dios, el momento exacto en que nos apropiamos de su nombre, es cuando somos bautizados para perdón de nuestros pecados recibiendo inmediatamente posterior a ello el Espíritu de Dios mediante la imposición de las manos. Es en ese preciso momento en que tomamos el nombre de Dios, en que nos apropiamos del mismo, al decirnos hijos de Dios. De esta forma, y considerando lo dicho por Pablo, tomar el nombre de Dios en vano, es decir, de una manera engañosa, vacía o vanidosa, es cuando diciéndonos hijos de Dios actuamos en contra de lo de nosotros se espera al haber venido a salvación.

 

Pero esa no es la única forma en que podemos tomar el nombre de Dios en vano, hay otras dos maneras más, extremas entre sí, en las cuales los elegidos, si no tenemos cuidado, podemos estar tomando el nombre de Dios en vano, y éstas son cuando hacemos decir a Dios cosas que no dijo, sea agregando o disminuyendo lo que la Palabra, escrita y hecha carne, ha señalado.

 

En el primer caso, es decir, cuando uno tomando el nombre de Dios le hace decir cosas que Él nunca dijo agregando a su Palabra, es cuando pretendemos sustentar nuestras ideas morales para imponerlas a los demás. Supongo habrás escuchado a hermanos y hermanas señalar que bailar es pecado, que ir al cine está mal, que oír música del mundo es incorrecto, que usar tal o cual ropa o arreglarse de tal o cual manera es malo, señalando en todos los casos que Dios así lo ha establecido pero cuando se les pregunta por el razonamiento escritural para ello no tienen mayores elementos que argumentaciones generales donde se evidencia que lo que están infiltrando es más bien su manera de ver las cosas,

 

Ahora, en cuanto al segundo caso, a saber: cuando se le hace decir a Dios cosas que nunca dijo para disminuir a su Palabra lo que ha señalado, es cuando pretendemos, como en el caso anterior, imponer nuestros criterios pero contrariamente a lo dicho para el caso anterior, en este relajando los principios escriturales.

 

En este sentido tal vez también hayas conocido hermanos y hermanas que señalan que tal o cual cosa no está mal, que tal o cual festejo es correcto, que hacer esto o lo otro en Sábado no es problema, entre otras cosas, pero que a la luz de la Palabra, escrita y hecha carne, se contradicen, evidenciando que no son sino sus ideas que quieren poner en boca de Dios para relejar el cumplimiento de su voluntad.

 

En ambos casos, como ya se dijo, nunca quien así haga dirá que son sus ideas sino que dirá que es Dios quien así ha dicho tomando de esta forma el nombre de Dios para hacerle decir cosas que Él nunca dijo, ni en su Palabra escrita ni en Palabra hecha carne, con el fin de aumentar o disminuir a lo que sí se nos ha comunicado de su parte.

 

No quiero decir con esto que no podemos exhortar, corregir, redargüir a los demás, esto es parte de la Gran Comisión, lo que quiero señalar es el extremo cuidado que debemos tener para ni aumentarle ni disminuirle a la Palabra, para poner en boca de Dios palabras que nunca dijo pues en ese caso estaríamos de nuevo tomando el nombre de Dios para engaño, vacuidad, falsedades o mentiras.

 

De esta forma las tres maneras en que los elegidos podemos tomar el nombre de Dios en vano no es mencionando su nombre sea YHVH, Jehová o Yavé, sino (1) comportándonos contrariamente a lo que de nosotros se espera en función del llamamiento al que se ha respondido, (2) haciendo que Dios diga cosas que nunca dijo para aumentarle a su Palabra, y/o (3) haciendo que Dios diga cosas que nunca dijo para disminuirle a su Palabra.

 

El mandamiento contemplado en las leyes mosaicas no blasfemar el santo nombre, sigue vigente, más sin embargo espiritualizado referido a no comportarnos contrariamente a lo que de nosotros se espera en función del llamamiento al que se ha respondido, no haciendo que Dios diga cosas que nunca dijo para aumentarle a su Palabra, y/o no haciendo que Dios diga cosas que nunca dijo para disminuirle a su Palabra.


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