57. Está prohibido destruir los árboles frutales aun en tiempo de guerra (Dt. 20:19)
“Cuando sities a alguna ciudad, peleando contra ella muchos días para tomarla, no destruirás sus árboles metiendo hacha en ellos, porque de ellos podrás comer; y no los talarás, porque el árbol del campo no es hombre para venir contra ti en el sitio”
Como
parte del pacto que Dios hizo con su pueblo, estableció ciertas reglas
relativas a las guerras que necesariamente tendrían que enfrentarse, una de
esas reglas era que precisamente no se talaran los árboles frutales que
estuviesen alrededor de una ciudad cuando se hiciese el asedio para tomarla. El
entendimiento de esto es muy lógico: Esos árboles les proporcionarían a su
mismo pueblo la fruta necesaria como alimento durante el asedio e incluso
después de haber tomado la ciudad le serviría para ello, talarlos no era sino
infligirse un daño a ellos mismos, antes que a la ciudad que se sitiaba. Pero
espiritualmente contiene mayor comprensión. Veamos.
En
la escritura los árboles son símbolo del hombre
Salmo
1
1 Bienaventurado
el varón que no anduvo en consejo de malos,
Ni estuvo
en camino de pecadores,
Ni en silla
de escarnecedores se ha sentado;
2 Sino que en
la ley de Jehová está su delicia,
Y en su ley
medita de día y de noche.
3 Será como
árbol plantado junto a corrientes de aguas,
Que da su
fruto en su tiempo,
Y su hoja
no cae;
Y todo lo
que hace, prospera
Isaías
44
2 Así dice Jehová, Hacedor tuyo, y el que te formó
desde el vientre, el cual te ayudará: No temas, siervo mío Jacob, y tú,
Jesurún, a quien yo escogí. 3 Porque yo derramaré aguas sobre el
sequedal, y ríos sobre la tierra árida; mi Espíritu derramaré sobre tu generación,
y mi bendición sobre tus renuevos; 4 y
brotarán entre hierba, como sauces junto a las riberas de las aguas. 5 Este dirá: Yo soy de Jehová; el otro se
llamará del nombre de Jacob, y otro escribirá con su mano: A Jehová, y se
apellidará con el nombre de Israel.
Romanos
11
2 Así dice Jehová, Hacedor tuyo, y el que te formó
desde el vientre, el cual te ayudará: No temas, siervo mío Jacob, y tú,
Jesurún, a quien yo escogí. 3 Porque yo derramaré aguas sobre el
sequedal, y ríos sobre la tierra árida; mi Espíritu derramaré sobre tu
generación, y mi bendición sobre tus renuevos; 4 y
brotarán entre hierba, como sauces junto a las riberas de las aguas. 5 Este dirá: Yo soy de Jehová; el otro se
llamará del nombre de Jacob, y otro escribirá con su mano: A Jehová, y se
apellidará con el nombre de Israel.
Así
que espiritualmente tenemos la instrucción de que, incluso cuando se enfrenten
batallas espirituales, los árboles que den fruta no deben ser talados, pero
¿qué árboles pueden ser estos? Para ello hay que remontarnos a los dos árboles
primordiales que daban fruta: el de la Vida y el de la Ciencia del Bien y el
Mal.
Relativo
a la caída del hombre, en Génesis 2:16-17 vemos cómo es que Dios les permite a
nuestros primeros padres el comer de todo árbol del huerto, pero advierte de no
comer del árbol de la ciencia del bien y el mal so pena de morir: “Y mandó
Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; mas del
árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres,
ciertamente morirás”. Ante esto, ¿qué implica el permiso de comer de todo
árbol, incluyendo evidentemente del árbol de la vida, excepto del árbol de la
ciencia del bien y el mal?
Los
árboles en mención, si bien tienen un referente real, simbolizan de igual forma
al hombre que. como humanidad se llegaría a ser. optando por dos caminos: ser
instruidos en la verdad directamente por Dios –comer del árbol de la vida– o
bien aprender las verdades divinas a través de la experiencia propia, a través
del acierto y del error –el árbol del conocimiento del bien y del mal–. Esto es
más que evidente en los nombres de los árboles: el árbol de la vida apunta a la
revelación divina, la cual, como tal, no contiene error alguno por lo tanto no
hay dolor aunado a la equivocación inherente a ello; por su parte el árbol de
la ciencia del bien y el mal implica, en su mismo nombre como se dijo, el
acierto –el bien– y el error –el mal–, aunando a lo segundo el dolor que
deviene de ello.
Esto
es aún más claro por lo que dice Proverbios 3 referido, precisamente a esa
sabiduría que relaciona explícitamente con el árbol de la vida y, de igual
forma, contrastando contra los que optan por el otro camino que, con lo
comentado, se refiere al árbol de la ciencia del bien y el mal, el acierto y
error que deviene de la propia experiencia. Leamos los primeros seis
versículos:
Proverbios
3
1 Hijo mío, no te olvides de mi ley,
y
tu corazón guarde mis mandamientos;
2 Porque largura de días y años de vida
y paz te aumentarán.
3 Nunca se aparten de ti la misericordia y la verdad;
átalas a tu cuello,
Escríbelas en la tabla de tu corazón;
4 Y hallarás gracia y buena opinión
ante los ojos de Dios y de los hombres.
5 Fíate de Jehová de todo tu corazón,
y no te apoyes en tu propia prudencia.
6 Reconócelo en todos tus caminos,
y él enderezará tus veredas.
Dios
en su infinita misericordia y eterno amor, si bien dio al hombre el invaluable
triple don de la vida, la conciencia y la libertad, no desea que la comprensión
de las verdades divinas sea por medio del dolor, del sufrimiento, por eso
aquella admonición, desafortunadamente, como es bien sabido, la humanidad, en
la figura de nuestros primeros padre, optó por lo segundo, por la comprensión
de las verdades divinas a través de la experiencia propia, del acierto y el
error.
Para
captar el alcance de esto hay que entender una cosa: si Dios es infinito Su
verdad también lo es, de esta forma, se tendría que experimentar de manera
infinita el acierto y el error para alcanzar dicha comprensión, ¿puede entenderse
por qué los horrores que en estos seis mil años ha vivido la humanidad parecen
no tener fin?, ¡porque así como la verdad es infinita, como Dios, el error, su
contraparte, también lo es!, no porque exista sino porque infinitamente no
existe, ¿puede entenderse lo extremadamente nefasto de pretender entonces a
través de la experiencia en llegar a las verdades divinas?
Pero
bueno, en este punto tal vez alguien se pregunte ¿de qué otra forma uno puede
aprender algo si no es a través de la experiencia?, más sin embargo esto es lo
que mayoritariamente define nuestra existencia, veamos: si se pide a alguien
que se tire de cabeza a un pozo, ¿qué respondería?, lo más seguro es que diría
que no pues en el mejor de los casos se lastimaría y en el peor podría incluso
perder la vida, ahora bien, si ante esa respuesta se le pregunta cuántas veces
se ha tirado antes de cabeza a un pozo, ¿qué respondería?, lo más seguro que
ninguna vez, entonces ¿cómo sabe lo anterior!, ¡así es: no por experiencia sino
por comprensión!
El
ser humano puede aprender de muchas maneras, no solo por experiencia, de hecho
la mayor parte de las cosas que se saben son precisamente por comprensión, esto
es lógico pues sería literalmente imposible vivir todas las experiencias
posibles de la existencia humana para concluir en enseñanzas propias de la
vida, pero –el gran pero– es que con relación a las verdades divinas, al estar
fuera del alcance natural de nuestra existencia, nos es imposible llegar a
ellas con nuestro propio entendimiento, por lo que se debe avanzar, si se opta
por la experiencia, a través de la ruta del acierto y el error, siendo esta
ruta la que ha ocasionado los tremendos, los horribles dolores que han aquejado
a la humanidad en estos seis mil años.
Con
todo y todo no se ha dejado a la humanidad al garete sino que Dios ha seguido
interviniendo, sin violentar esa libertad de la cual dotó Dios a dicha
humanidad, para proporcionar acceso a las verdades divinas, esto a través de la
Palaba escrita, la Biblia, y la Palabra hecha carne, Jesús, instando, al igual
que hizo con nuestros primeros padres, a que se opte por el árbol de la vida,
la instrucción que de Él deviene, en cuanto a la comprensión de dichas
verdades, en vez de optar, como ha seguido haciendo la humanidad, por el árbol
del conocimiento de la ciencia del bien y el mal, es decir, del acierto y el
error. La bendiciones de optar por el Árbol de la Vida, la instrucción directa
de Dios, y las maldiciones por optar por
el Árbol de la Ciencia del Bien y el Mal, la experiencia humana, están en
Deuteronomio 28. Leamos, sobre lo primero, los primeros dos versículos y sobre
lo segundo el versículo 15.
Deuteronomio
28
1 Acontecerá que si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios,
para guardar y poner por obra todos sus mandamientos que yo te prescribo hoy,
también Jehová tu Dios te exaltará sobre todas las naciones de la tierra.
2 Y vendrán
sobre ti todas estas bendiciones, y te alcanzarán, si oyeres la voz de Jehová
tu Dios.
[…]
15 Pero
acontecerá, si no oyeres la voz de Jehová tu Dios, para procurar cumplir todos
sus mandamientos y sus estatutos que yo te intimo hoy, que vendrán sobre ti
todas estas maldiciones, y te alcanzarán.
En
este punto hay que extenderse un poco en cuanto esto, es decir, ¿qué es lo que
está sucediendo, cómo es que está sucediendo, por qué es que está sucediendo y
para qué es que está sucediendo, con el hombre en cuanto a esa comprensión de
las verdades divinas?
Si
bien lo que percibimos en el transcurso de nuestra existencia es literalmente
infinito, y que todo eso que percibimos es guardado en nuestro código genético,
lo más maravilloso de todo es que uno, de manera consciente, intencionada y
volitiva puede participar en dicho proceso, ¿cómo?, mediante lo que de manera
consciente, intencionada y volitiva podemos hacer introyectando información al
código genético, información que por sus características llamaremos información
contribuida.
Es
una realidad que lo percibimos del mundo es literalmente infinito, y lo que es
más: poco podemos hacer para cambiar esa realidad, pero existe una realidad a
nuestro alcance en la cual sí podemos incidir, la cual sí podemos cambiar, y
que por mínima que sea muchas veces es decisiva en el Camino que se ha elegido
andar: lo que de manera consciente, intencionada y volitiva podemos hacer.
Pensemos
un poco en ello. La gran mayoría de lo que percibimos no lo controlamos, sí
interactuamos con ello pero lo mismo excede nuestra capacidad de control; por
el contrario, aquello en lo que consciente, intencionada y volitivamente
participamos de manera activa sí podemos controlarlo, sí podemos incidir en
ello y con ello cambiar lo que estamos guardando en nuestro código genético.
Siguiendo ese razonamiento ¿de qué podremos llegar a ser responsables: de
aquello que no controlamos o de aquello que controlamos?, de manera personal me
inclino más por lo segundo, luego entonces en vez de torturarnos con las cosas
que percibimos y que desafortunadamente no podemos hacer mucho para cambiar,
mejor enfoquemos nuestra fuerza, nuestra capacidad, en aquello que sí podemos
controlar cambiando así lo que guardamos en nuestro código genético, ¿y cómo
podemos hacer esto?, a través de la información contribuida, esta información
contribuida es aquella que surge de ese proceso requiere de nuestra voluntad
para ser accesada al código genético, de esta forma esta información se
diferencia de la recibida—que no podemos interactuar volitivamente con ella— o
con la percibida —cuya interacción volitiva es mínima—.
Este
proceso bien pudo haber seguido el camino del árbol de la vida, es decir, la
humanidad, en la figura de nuestros primeros padres, hecha de la nada y con la
nada, pudo haber aprendido directamente de Dios, obtenido esa comprensión de
las verdades divinas, que introyectadas en su código genético los capacitara
para la vida eterna, por el contrario, se optó por seguir el camino del árbol
del conocimiento de la ciencia del bien y el mal, el acierto y el error que
deviene de la experiencia propia, con lo que se obtiene lo anterior pero
pagando un precio muy alto, demasiado alto: dolor y muerte. Con todo y todo la
historia de la salvación corrige esto último dejando lo primero y
habilitándonos para en breve seguir el camino del árbol de la vida: “Y esta es
la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo,
a quien has enviado” (Juan 17:3).
Con
todo este entendimiento, volviendo a lo establecido en Deuteronomio 20:29,
podemos entender por qué incluso en la batalla espiritual de la presente era,
los árboles de la vida y los árboles de la ciencia del bien y el mal –así con minúsculas
pues son un reflejo de aquellos árboles primordiales- no son talados ya que dan
fruto: uno por el camino de vida mediante las verdades divinas, otro por el camino
del dolor mediante el acierto y el error, pero ambos permitiendo alimentarse, crecer
en el conocimiento de Dios y su Hijo.
El
mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de que está prohibido destruir
los árboles frutales aun en tiempo de guerra, sigue vigente, más
espiritualizado, referido no cortar los árboles de la vida y los árboles de la
ciencia del bien y el mal –así con minúsculas pues son un reflejo de aquellos árboles
primordiales- no son talados ya que dan fruto: uno por el camino de vida mediante
las verdades divinas, otro por el camino del dolor mediante el acierto y el error,
pero ambos permitiendo alimentarse, crecer en el conocimiento de Dios y su Hijo,
conforme a la voluntad del Padre
y para Su mayor gloria en Cristo Jesús.

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