241. [Se debe administrar justicia] También en casos de incendio premeditado (Éx. 22:6)
“Cuando se prendiere fuego, y al quemar espinos quemare mieses amontonadas o en pie, o campo, el que encendió el fuego pagará lo quemado”
Como
parte del pacto que en su momento Dios hizo con su pueblo, estableció ciertas
normas que tenían que ver con la interacción social, algunas para cuidar la
integridad de las personas, otras, como en el caso de Éxodo 22:6, para cuidar
su patrimonio.
El
entendimiento natural de Éxodo 22:6 tiene que ver con la responsabilidad
individual en cuanto a cuidar las propias acciones para que no vayan, en
demérito de un tercero, en caso que se dé esto, señalado ahí como un fuego que descontrolado
afecta al otro, compensará al afectado quien ocasionó aquello. Pero de igual
forma de manera espiritual tiene una comprensión subyacente para la iglesia de
Dios. Empecemos por las imágenes que la normativa presenta.
De
inicio lo que vemos es el fuego encendido por alguien que daña la mies o el campo
de otro.
El
fuego en la Escritura nos habla de un celo divino relacionado con la verdad.
Deuteronomio
18:16
Esto
es conforme a todo lo que pediste a Jehová tu Dios en Horeb el día de la
asamblea, diciendo: ``No vuelva yo a oír la voz de Jehová mi Dios, no vuelva a
ver este gran fuego, no sea que muera”
Salmos
29:7
La voz
de Jehová levanta llamas de fuego.
Isaías
30:27
He
aquí, el nombre de Jehová viene de lejos; ardiente es su ira, y denso es [su]
humo. Sus labios están llenos de indignación, su lengua es como fuego
consumidor,
Deuteronomio
32:22
porque
fuego se ha encendido en mi ira, que quema hasta las profundidades del Seol,
consume la tierra con su fruto, e incendia los fundamentos de los montes.
Hebreos
12:28-29
Así
que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante
ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia; porque nuestro Dios es
fuego consumidor.
Lo
segundo es el campo o la mies del otro. El entendimiento espiritual de esto se
refiere a la Palabra de Dios o a la iglesia de Dios como congregación.
En
la parábola del sembrador nuestro Señor aclara que lo que siembra el sembrador
es precisamente la Palabra de Dios.
Mateo
13
1 Aquel día salió Jesús de la casa y se sentó junto
al mar. 2 Y
se le juntó mucha gente; y entrando él en la barca, se sentó, y toda la
gente estaba en la playa. 3 Y
les habló muchas cosas por parábolas, diciendo: He aquí, el sembrador salió a
sembrar. 4 Y mientras
sembraba, parte de la semilla cayó junto al camino; y vinieron las aves y la
comieron. 5 Parte cayó en
pedregales, donde no había mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía
profundidad de tierra; 6 pero
salido el sol, se quemó; y porque no tenía raíz, se secó. 7 Y parte cayó entre espinos; y los espinos
crecieron, y la ahogaron. 8 Pero
parte cayó en buena tierra, y dio fruto, cuál a ciento, cuál a sesenta, y cuál
a treinta por uno. 9 El que
tiene oídos para oír, oiga.
…
18 Oíd, pues, vosotros la parábola del sembrador: 19 Cuando
alguno oye la palabra del reino y no la entiende, viene el malo, y arrebata lo
que fue sembrado en su corazón. Este es el que fue sembrado junto al camino. 20 Y el que fue sembrado en pedregales, este
es el que oye la palabra, y al momento la recibe con gozo; 21 pero no tiene raíz en sí, sino que es de
corta duración, pues al venir la aflicción o la persecución por causa de la
palabra, luego tropieza. 22 El
que fue sembrado entre espinos, este es el que oye la palabra, pero el afán de
este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace
infructuosa. 23 Mas el que
fue sembrado en buena tierra, este es el que oye y entiende la palabra, y da
fruto; y produce a ciento, a sesenta, y a treinta por uno.
En
la parábola de la vid y los sarmientos se señala esta relación con un simbolismo
que apunta a la iglesia de Dios.
Juan 5
1 Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el
labrador. 2 Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo
quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto. 3 Ya vosotros estáis limpios por la palabra
que os he hablado. 4 Permaneced
en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si
no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. 5 Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el
que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto; porque separados de mí
nada podéis hacer. 6 El que
en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen,
y los echan en el fuego, y arden. 7 Si
permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que
queréis, y os será hecho. 8 En
esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis
discípulos. 9 Como el Padre
me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor. 10 Si guardareis mis mandamientos,
permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre,
y permanezco en su amor. 11 Estas
cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea
cumplido.
Así
tenemos que aquel campo de alguien se refiere a la Palabra que ha sido sembrada
o a la congregación de la iglesia de Dios.
Juntando
las dos imágenes, por un lado, el fuego del celo divino por la verdad y la Palabra
o Congregación por el otro lado, tenemos que el celo que podemos llegar a expresar
por la verdad, si no es contenido, encauzado, administrado podríamos decir, puede
llegar a causar daño a los demás al ser éste muy severo, y por lo tanto no edificante,
siendo que, en ese caso, acorde a la justicia divina, quien así hiciera tendrá que
pagar, ¿cómo?, primeramente recibiendo la corrección del Señor para dominar su carácter
y, en segundo lugar, buscando la restauración de aquellos que en su celo desbordado
hubiese lastimado.
El
mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de que [se debe administrar justicia] también
en casos de incendio premeditado, sigue vigente, más sin
embargo espiritualizado, referido a la restauración que deberá hacer uno con la
persona o la congregación que, por el propio celo divino por la verdad, hubiese
lastimado en su severidad, quemando la Palabra en ellos, y, de igual forma, aceptando
la corrección del Espíritu en cuanto al carácter de uno.

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