233. El amo debía casarse con su sierva hebrea (Éx. 21:8)


 

“Si no agradare a su señor, por lo cual no la tomó por esposa, se le permitirá que se rescate, y no la podrá vender a pueblo extraño cuando la desechare”

 

Como parte del pacto de Dios con su pueblo se establecieron una serie de regulaciones que buscaban normar la vida social. Una de estas señalaba la necesidad de que si un señor tenía una sierva con la que quería relacionarse debía hacerlo de manera formal desposándose con ella.

 

Esto de manera natural tenía la intención de respetar la dignidad de las hijas de Israel las cuales, incluso viéndose obligadas a ser siervas por necesidad económica, no tenían un trato de esclavas o concubinas con su señor sino de iguales como hermanas de él al ser parte del mismo pueblo siendo que si el señor quería relacionarse con ellas tenía que hacerlo con el respeto debido tal cual lo haría con una libre: Casándose con ellas.

 

Con todo y todo de manera espiritual apunta a la relación de Jesús con su congregación, esto es muy claro, pero ¿a qué congregación nos referimos: Al pueblo histórico de Israel o a la iglesia de Dios?

 

Un tema que se da por sentado en todo aquel que entra a una relación personal con Dios es la relativa a Su pueblo. Un judío argumentará –con la Escritura por cierto– que Israel es el pueblo de Dios (Éxodo 6:7-9), por su parte un cristiano, independientemente de su iglesia, congregación o denominación, argumentará –también con base en la Escritura– como es que la iglesia (entendida específicamente más bien como la iglesia de quien argumente) que es la iglesia el pueblo de Dios (Gálatas 6:16).

 

A ojos de aquellos que se inclinen por una u otra postura la misma, sea la que sea, será la correcta. Más sin embargo si no vemos únicamente los razonamientos propios de cada postura sino que ampliando el espectro de la visión podemos ver el cuadro completo este no se ve tan sencillo, ¿por qué?, porque la Escritura es reiterativa que Dios es fiel aunque el hombre no lo sea (Romanos 3:4) así que la postura de que Dios ha rechazado a Israel como Su pueblo y elegido a la iglesia se encuentra con el problema de tener que ir contra la Palabra (Juan 10:35); por otra parte la relación de Dios con Su pueblo siempre ha sido presentada como simbolizada por la relación matrimonial siendo así que ¿cómo debe entenderse la cuestión del pueblo de Israel vis-a-vis la iglesia neotestamentaria: como dos esposas que casadas están con un solo marido (1 Timoteo 3:2, 12), o bien una esposa de la cual se divorcia Dios –aunque abomina del divorcio (Malaquías 2:16)- para casarse con otra, o peor aún: una esposa que es rechazada tomando otra pero luego restaurando a la primera para quedarse con dos (Jeremías 3:1)? Todas estas soluciones a la incógnita inicialmente planteada no sólo no resuelven nada sino que escrituralmente son contrarias a la Palabra así que ¿cómo resolver esto?

 

De inicio hay que señalar que existe un solo pueblo de Dios: Israel, pero ese no es el Israel histórico, tampoco es la iglesia de Dios, ambos, a saber: el Israel histórico y la iglesia de Dios, son dos aspectos en diferentes momentos de ese único pueblo de Dios, Israel, que más que pueblo bien podría definirse de una manera más correcta como la familia de Dios (Romanos 9:8; 1 Juan 3:1-2).

 

Para hablar de la iglesia, como Dios la entiende, hay que tener cuidado en no caer en dos posturas muy comunes no sólo en la actualidad sino prácticamente desde la primer venida de Cristo: aquellos que dicen que el pueblo de Dios es el Israel histórico y los otros que señalan que no, que el Pueblo de Dios en la actual dispensación es la iglesia como es entendida ésta, ambos grupos dejan por fuera el entendimiento de que el referente principal es la Familia de Dios, aquellos que han vencido.

 

Cuando uno lee la Escritura, encuentra en la misma admoniciones y promesas dadas a Israel, estas admoniciones y promesas pueden ser históricas (ya acontecidas), exhortativas (acontecidas o no pero que sirven de instrucción, de corrección, de edificación), o proféticas (que aún no han sucedido), pero en todos los casos el lector generalmente las ubica referidas única y exclusivamente al Israel carnal, físico y terrenal, sin darse cuenta que también aplican a la iglesia de Dios, para ello hay que entender el significado de Israel más allá del claro y evidente referido al pueblo judío.

 

Hay que entender que en la Escritura, la palabra Israel puede referirse, sí, al pueblo carnal, físico y terrenal de Israel, pero también hace referencia a todo aquel quien es llamado por Dios y llega a formar parte de Su familia.

 

Cuando el nombre de Jacob es cambiado a Israel (Génesis 32:29), la misma Escritura explica su significado pleno. Israel viene de ישׂראל, Yisra'el, que significa El que Lucha con Dios, pero la Escritura completa el significado pleno al señalar en la cita dada que ese cambio se da no sólo por haber luchado con Dios y los hombres (incluso hombres impíos habían luchado con Dios y con los hombres, como Caín o Nimrod) pero en el caso de Jacob él había vencido, es así como Israel se refiere a El Que Vence, lo cual abarca tanto el Antiguo como el Nuevo testamento, es decir tanto al pueblo carnal, físico y terrenal de Israel como a los llamados a formar parte de la iglesia de Dios, es decir, en Israel nos estamos  refiriendo a la familia de Dios conformada por todo aquel que vence.

 

Sobre esto, es interesante notar en el capítulo 6 de Gálatas, como es que Pablo hace mención al Israel de Dios (Gálatas 6:16). La carta va dirigida no al Israel carnal, físico y terrenal sino a la iglesia de Dios, de hecho es una admonición contra aquellos que querían llevar a los nuevos creyentes de nuevo a judaizar sometiéndose a las prescripciones que habían sido superadas por el sacrificio redentor de nuestro Señor Jesús.  “Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo.  Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale nada, ni la circuncisión, sino una nueva creación.  Y a todos los que anden conforme a esta regla, paz y misericordia sea a ellos, y al Israel de Dios” (Gálatas 6:14-16). Así, Pablo, al referirse al Israel de Dios en un contexto ajeno al Israel carnal, físico y terrenal, se dirige a la iglesia de Dios, de hecho podemos decir, en la misma línea de lo ya comentado, que se dirige a todo aquel que siendo llamado llega a vencer pues “ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28; cfr. Romanos 11:11-24)

De esto último es interesante que las cartas que Jesús por medio de Juan envía a las iglesias en Revelación siempre se refiere las promesas que esperan al que venza (Revelación 2:7, 11, 17, 26: 3:5, 12, 21), siguiendo la tónica de lo expresado, al que llegue a ser Israel.

 

Con esta comprensión puede entenderse una profecía dada por Jesús que sigue desconcertando a los estudiosos de la Escritura.

 

Mateo 10:23

Cuando os persigan en esta ciudad, huid a la otra; porque de cierto os digo, que no acabaréis de recorrer todas las ciudades de Israel, antes que venga el Hijo del Hombre.

 

Interpretaciones van e interpretaciones vienen respecto de la cita anterior, algunos más prudentes la obvian para no entrar en conflicto ya que la lectura de la misma es contradictoria a primera vista. Jesús, refiriéndose a la encomienda de proclamar el Evangelio, dice a Sus seguidores que si los persiguen en una ciudad vayan a otra, pero luego viene la profecía a la que se hace referencia: “porque de cierto os digo, que no acabaréis de recorrer todas las ciudades de Israel, antes que venga el Hijo del Hombre”. Es más que evidente que hace mucho, de hecho incluso en el tiempo de la iglesia primitiva, los discípulos de Jesús recorrieron todas las ciudades de Israel, incluso considerando que el exhorto a sus discípulos va dirigido a Sus seguidores de todos los tiempos es difícil argumentar que en la actualidad no se han recorrido todas las ciudades de Israel. Pero hay más, ya que esta cita estaría en contraposición con otra misma de Jesús cuando al enviar a Sus discípulos a predicar el Evangelio les dice “pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8), así que aquí Jesús dice que Sus discípulos le serían testigos en toda –no parte- Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra, ¿entonces?, ¿los discípulos no acabarían de predicar en todo Israel para cuando Jesús regresara (Mateo 10:23) o más bien si terminarían y no sólo con Judea y Samaria (Israel) sino incluso hasta las confines más recónditos de la tierra (Hechos 1:8)?, ¿cómo conciliar estas dos citas aparentemente contradictorias?

 

Vista de la manera tradicional donde Israel se refiera al estado judío el conflicto anterior subiste y de hecho no hay manera de resolverlo, pero con la comprensión referida a que Israel se refiere a El Que Vence puede entenderse la anterior profecía bajo una nueva luz donde la referencia a las ciudades de Israel es un indicativo de todos aquellos lugares alrededor el mundo donde vivieren en todos los tiempos aquellos que habrían de ser llamados a salvación en el presente siglo:  “porque de cierto os digo, que no acabaréis de recorrer todas las ciudades de [Los Que Vencen], antes que venga el Hijo del Hombre”.

 

Con este entendimiento , cuando se lea en la Escritura admoniciones y promesas para Israel, hay que llevarlas a la luz de su significado como una exhortación personal a El Que Vence y tómalas para tu edificación, pues son dichas también para el pueblo histórico de Israel, para toda la iglesia de Dios, por el llamamiento del que cada uno sido objeto, para ser acreditado entre los llamados y elegidos que son hallados fieles (Revelación 17:14) y contado entre los vencedores (Romanos 8:29-39; 1 Juan 5:4-5).

 

 

Pero entonces, ¿no hay ventaja alguna en ser parte de la iglesia de Dios? Claro que sí, ésta en la actual dispensación es columna y sostén de la verdad (1 Timoteo 3:15), o más bien, columna y sostén de las tres verdades, ¿tres verdades?,  ¿qué no sólo existe una verdad en la iglesia de Dios? En efecto, a iglesia de Dios es columna y fundamento de la verdad, una sola verdad, no varias, pero esto de las tres verdades lo que busca enfatizar son  las diferentes categorías que sobre esa única verdad existente en la iglesia de Dios hay.

 

Verdades de salvación. En pocas palabras estas son nuestros principios doctrinales. Dichos principios no son susceptibles de ser cambiados, disminuidos o acrecentados, sino que deben ser creídos y defendidos por quienes formamos parte de la iglesia de Dios. La razón de esta inamovilidad en cuanto a los principios doctrinales es que estos forman parte de a fe que de una vez para siempre fue entregada a los santos (Judas 1:3), debemos ser retenedores de la palabra fiel tal como ha sido enseñada (Tito 1:9), perseverando en el Evangelio tal cual se nos ha entregado pue si retenemos la palabra que se nos ha predicado, seremos salvos, de otra forma habremos creído en vano (1 Corintios 15:1-2). Lo anterior implica apartarnos de aquellos que, desviándose de nuestros principios doctrinales causen divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que hubimos aprendido (Romanos 16:17), esto hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios (Efesios 4:11-15).

 

Verdades de comprensión. Lo anterior no quiere decir que la comprensión que poseemos sobre la verdad revelada sea completa y total, esto porque en parte conocemos y en parte profetizamos, esto hasta que llegue lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabará (1 Corintios 13:9-10), mientras tanto la Escritura nos exhorta a escudriñar todo reteniendo lo bueno (1 Tesalonicenses 5:21), estudiando, analizando, meditando la Palabra para así creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo (2 Pedro 3:18), para pasar de nutrimos con leche a alimentarnos con alimento sólido (1 Corintios 3:2). Esto implica que habrá ciertos temas irresueltos en la iglesia cuyo examen puede arrojar resultados parciales que no deben ser causa de disensión ni contienda en tanto no vayan en contra de los principios doctrinales siendo vistos como el esfuerzo que la congregación hace para alcanzar todas las riquezas que proceden de una plena seguridad de comprensión, resultando en un verdadero conocimiento del misterio de Dios, es decir, de Cristo (Colosenses 2:2), siempre esforzándonos por preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz (Efesios 4:3,5).

 

Verdades de motivación. Por último, están esas disertaciones sobre temas conocidos donde los razonamientos que se presente busquen hacer más accesibles aquellas lecciones que contiene la Escritura, después de todo la

 

Palabra impone a todo creyente la obligación de estimularnos unos a otros al amor y a las buenas obras (Hebreos 10:24), edificándonos unos a los otros (1 Tesalonicenses 5:11), siendo que los más fuertes deben sobrellevar las flaquezas de los más débiles (Romanos 15:1,2), gozando con el que goza y llorando con el que llora (Romanos 12:15).

 

La Escritura sólo tiene sentido en el seno de la iglesia de Dios, la verdad que contiene ésta, sea de salvación, de comprensión o de motivación, nos santifica (Juan 17:19), nos libera (Juan 8:32), nos limpia (Juan 15:3), pues tal como sabemos toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra (2 Timoteo 3:16-17). Así La familia de Dios está dada por Israel, Los Que vencen.

 

El mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de que el amo debía casarse con su sierva hebrea, sigue vigente, más sin embargo espiritualizado referida a la relación de Jesús con su congregación, su pueblo, los que vencen, basada en el amor, el respeto, la comprensión, el apoyo y la dignidad.

Comentarios

Entradas populares de este blog

45. No lacerarse por los muertos (Lv. 19:28; Dt. 14:1)

37. No imitar sus conversaciones con espíritus familiares (Dt. 18:10,11)

53. Una israelita no puede casarse con un amonita o un moabita aunque se convierta (Dt. 23:4)