224. Se debe administrar los azotes de acuerdo con lo establecido por la ley (Dt. 25:2)
“Y
si el delincuente mereciere ser azotado, entonces el juez le hará echar en
tierra, y le hará azotar en su presencia; según su delito será el número de
azotes”
Como parte
del pacto que en su momento Dios hizo con su pueblo, estableció ciertos
castigos que tenían como fin la restitución tanto para aquel que había sido ofendido
como para aquel que había ofendido. El que había sido ofendido quedaba satisfecho
por el castigo que se le había hecho a su ofensor, pero de igual forma el ofensor,
habiendo sido castigado, pagada su falta, podía reincorporarse al pueblo cambiando
su actitud. El entendimiento natural de esto es claro, pero, como todas las leyes
dadas por Dios a su pueblo natural, también tiene una comprensión espiritual que
aplica a su iglesia.
Cuando uno
responde al llamado que el Padre ha hecho no puede olvidar ni menos minimizar
el hecho de que seguimos militando en la fragilidad de lo que actualmente somos,
¿esto qué quiere decir?, como enseñaba nuestro Señor Jesús que, si bien nuestro
espíritu está presto, la carne es débil.
Ejemplos
de la debilidad carnal que como humanos experimentamos la tenemos a lo largo de
toda la Palabra de Dios, tal vez los relatos más significativos sean los del
Pueblo de Israel durante lo que se conoce como el Éxodo ya que a pesar de los
portentosos milagros que de Dios habían visto una y otra vez volvían a dudar, a
renegar de la salvación que se les había dado.
Aquí es
necesario recordar que, si bien Dios castigaba a Su pueblo por sus rebeldías,
se acordaba –como dice la Escritura- de que eran carne, un soplo que pasa, era
misericordioso, perdonaba la maldad, y no los destruía.
Esto es
necesario tenerlo en mente cuando pretendemos poner nuestra justicia como si
fuera la de Dios y mostrarnos excesivamente duros en los juicios que sobre
nuestros yerros hacemos. Dios nos entiende, sí, nos comprende, también, pero no
nos deja sin castigo, lo cual, como dice la Escritura, es señal de que lo
tenemos por Padre.
Volviendo
sobre el punto de nuestra carnalidad, todo lo anteriormente mencionado puede
dar como resultado que en cierto momento nos sintamos cansados, agobiados,
deprimidos de nuestro andar, no tanto de las pruebas que hayamos experimentado
sino tal vez y con mayor peso de los errores, tropiezos y caídas que hayamos
tenido.
Tal como
se dijo al principio, la Escritura nos muestra un sinfín de personajes que
experimentaron ese abatimiento espiritual, uno de ellos, David, elegido por
Dios mismo para reinar sobre Su pueblo, cayó de una forma que pudiera
considerarse devastadora, en medio de sus luchas internas David escribió en un
Salmo algo que seguro estoy identifica a muchos del Pueblo de Dios en la
actualidad: “¿Por qué te abates, alma mía, y [por qué] te turbas dentro de mí?
Espera en Dios, pues he de alabarle otra vez [por] la salvación de su
presencia. Dios mío, mi alma está en mí deprimida; por eso me acuerdo de ti
desde la tierra del Jordán, y [desde] las cumbres del Hermón, desde el monte
Mizar” (Salmos 42:5-6).
Aquí la
clave que nos da la Escritura, si bien implica arrepentimiento de los errores
cometidos, está en el énfasis de recordar, ¿recordar qué?, el llamamiento del
que fuimos objeto y de las promesas inherentes al mismo. Recordar el
llamamiento aviva ese primer amor que sentimos cuando la verdad iluminó nuestro
entendimiento y nos trajo a salvación; evocar las promesas inherentes implica,
como decía Pablo, estirarnos hacia lo que está delante olvidando lo que queda
atrás.
Respecto de la corrección que de parte de Dios experimentan
los elegidos, hay que recordar que el fuego en la Escritura siempre tiene el
significado de purificar (Malaquías 3:2), en ocasiones esto aplica para los
impíos (Salmos 11:6; 2 Pedro 3:7), pero también a veces aplica para los
elegidos como una forma de corrección o de edificación (1 Pedro 1:7; Eclesiástico
2:5).
Sobre esto último, la Escritura es muy clara
que los que se acercan a Dios son corregidos por Él, “porque al que ama
castiga, como el padre al hijo a quien quiere” (Proverbios 3:12), y todavía con
mayor énfasis y claridad señala “porque el Señor al que ama castiga, y azota a
cualquiera que recibe por hijo” (Hebreos 12:6).
En cuanto a esto Pablo es aún más explícito
cuando presenta el contexto de dicha corrección, la cual no es para destrucción
como en el caso de los impíos sino para corrección: “Pero si se os deja sin
disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y
no hijos. Por otra parte, tuvimos a
nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué
no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? Y aquéllos, ciertamente por pocos días nos
disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso,
para que participemos de su santidad. Es
verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de
tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido
ejercitados” (Hebreos 12:8-11).
Los elegidos que han respondido al llamamiento
del Padre para venir a salvación en el presente siglo, quienes en el reino
venidero serán con Cristo reyes y sacerdotes, participan de ya en dicho
sacerdocio, pero de igual forma, como señala la Escritura, la edificación requerida
para alcanzar la estatura perfecta de Cristo (Efesios 4:13), pasa por esa
corrección, pero si uno apaga el fuego, es decir, si deja que las pruebas y
tribulaciones terminen por derrumbarlo, se cerrará la puerta para la corrección
y edificación requerida para ese perfeccionamiento y santificación que el
Espíritu de Dios está obrando en cada uno.
El
mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de que se debe administrar los
azotes de acuerdo con lo establecido por la ley, más sin embargo
espiritualizado referido a las pruebas a los que los elegidos son sometidos
para su propia corrección, para su propia edificación, que terminan refinándolos
y haciéndolos aceptos al Padre, perfectos y santos, como parte de la familia de
Dios.

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