208. Las pesas y las medidas deben ser correctas (Lv. 19:36)
“Balanzas
justas, pesas justas y medidas justas tendréis. Yo Jehová vuestro Dios, que os
saqué de la tierra de Egipto”
Como
parte del pacto que en su momento hizo Dios con su pueblo, se incorporaron en
éste ciertas normativas dirigidas a regular la dinámica social, una de éstas
normativas es la contenida en Levítico 19:36 relacionada con tener balanza,
pesas y medidas justas.
Esta
normativa, desde el punto de vista natural, surge por la tendencia natural a
buscar, por medio del engaño, el sacar una ventaja del prójimo. En los tiempos
bíblicos, y también en la actualidad tecnológica de nuestros días, mucho de lo
que intercambiaba era pesado o medido para dar por ello el precio
correspondiente siendo que, si esa balanza, esa pesa o esa medida estaba
alterada, daba a quien así hiciese una ventaja fraudulenta sobre quien pagaba
por aquello lo que creía justo sin serlo.
Más,
sin embargo, dicha disposición también tiene una aplicación espiritual referida
en la actualidad a la iglesia y eso pasa por entender, escrituralmente, lo referido
al amor.
Una
de las palabras más traídas y llevadas por la humanidad es la de amor,
curiosamente para los hombres y para Dios tiene significado diferentes. Para
los hombres es ese sentimiento de solidaridad, empatía e intimidad de unos con
otros, para Dios significa obedecer Sus mandamientos.
En
Juan 14:21 Cristo habla de esto, pero se refiere a guardar sus mandamientos,
¿será que Cristo tiene unos mandamientos y el Padre otros? "yo no he
hablado de mí mismo [dijo Cristo]; sino que el Padre que me envió, Él me dio
mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar" (Juan 12:49),
"porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la
voluntad del que me envió" (Juan 6:38), por eso Juan luego escribiría que
"este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus
mandamientos no son gravosos" (1 Juan 5:3). De esta forma es más que claro que vivir amando
a Dios y a Su Hijo pasa por demostrarlo guardando Sus mandamientos.
Pero
¿qué tiene que ver lo anterior con la comprensión espiritual de tener balanzas,
pesas y medidas justas? Por una admonición que la misma Escritura contiene respecto
a esto.
Todos
hemos leído Mt. 24:12 que dice que “debido al aumento de la iniquidad, el amor
de muchos se enfriará”, pero ¿sabías que más allá del mensaje que para el mundo
tiene, hay un mensaje más fuerte, enérgico y directo para nosotros, la iglesia
de Dios?
El
mensaje para el mundo se refiere al amor carnal que entre los hombres se da y
cuya sustancia deviene en los últimos tiempos, en lo que Pablo llama los
tiempos difíciles o peligrosos, en que los hombres se volverán “amadores de sí
mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los
padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores,
intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos,
infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de
piedad, pero negarán la eficacia de ella” (2 Timoteo 3:1-5).
Pero
el mensaje más fuerte, enérgico y directo es para nosotros, la iglesia de Dios
y no se refiere sólo al amor carnal, sino que abarca el amor espiritual. Para
entender esto primeramente hay que recordar cuál es la definición que la
Palabra de Dios, no el mundo, nos da de amor. 1 Juan 4:8 nos dice que “el que
no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor”, así tenemos que Dios es amor y
el que no ama no conoce a Dios.
Ahora
bien, debemos de amar, pero ¿cómo? 1 Juan 5:3 nos dice que “este es el amor de
Dios: que guardemos sus mandamientos, y sus mandamientos no son gravosos”, de igual
forma 2 Juan1:6 nos dice que “este es el amor: que andemos conforme a sus
mandamientos”.
Jesús
nos dijo que, si le amamos, guardaremos sus mandamientos (Juan 14:15) y aclaró
que “si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, así como yo he
guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor” (Juan 15:10),
siendo sus mandamientos los mismos del Padre ya que como Jesús mismo aclaró “yo
no he hablado por mi propia cuenta, sino que el Padre mismo que me ha enviado
me ha dado mandamiento sobre lo que he de decir y lo que he de hablar” (Juan
12:49).
Así
que considerando la definición escritural de lo que es amor, la manera en que
debemos amar pasa por obedecer los mandamientos de Dios, el señalamiento de que
el amor de muchos se enfriaría solo puede atañer a la iglesia de Dios, que es
la que guarda los mandamientos de Dios y la fe de Jesús (Revelación 14:12).
Pero,
además, la palabra que en Mateo 24:12 se traduce como iniquidad (otras
versiones la traducen como maldad) es ἀνομίαν que significa violación de la
ley. Otra parte donde se usa esta palabra es 1 Juan 3:4 que dice “todo aquel
que comete pecado, infringe también la ley (ἀνομίαν); pues el pecado es
infracción de la ley (ἀνομίαν)”. Así que en Mateo 24:12 tenemos por un lado a
aquellos que practican la iniquidad o maldad (ἀνομίαν, infracción de la ley) y
aquellos que tienen amor (guardan los mandamientos de Dios) pero que terminan
enfriándose.
En
estos últimos tiempos, si no velamos, podemos ser esos que terminan por
enfriarse en el amor (Mateo 24:42; 26:41; Marcos 13:33; 14:38; Lucas 12:37;
21:36; 1 Tesalonicenses 5:6; 1 Pedro 4:7; Revelación 3:3; 16:15), este
enfriarse en el amor implica para la iglesia de Dios relajar, flexibilizar,
suavizar el cumplimiento de los mandamientos de Dios con nuestro corazón, alma
y mente (Mateo 22:37) –referente a usar balanzas, pesa y medidas no justas-, llegando
al grado de dejar de incumplirlos como Dios espera, perfecta (Mateo 5:48) y
santamente (1 Pedro 1:16), adaptándonos al mundo (Rom.anos12:2), siendo que en estos tiempos no serán pocos
sino muchos los que por no velar caigan en esto (Mateo 24:12).
Este
usar balanzas, pesa y medidas no justas empieza con uno pero luego afecta al prójimo
ya que, en vez de dar guía certera para su andar por el Camino, los referentes,
al no ser justos, no le conducen a las promesas dadas.
Por
ello, Pablo aconsejando a Timoteo le decía “ten cuidado de ti mismo y de la
doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los
que te oyeren” (1 Timoteo 4:16). Con esto en mente, como dice Pablo a los
Corintios “examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros
mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a
menos que estéis reprobados?” (2 Corintios 13:5), por que como dice Pedro “es
tiempo de que el juicio comience de la casa de Dios” (1 Pedro 4:17).
Si
somos causa de tropiezo y disensiones para los demás (Romanos 16:17), si
tenemos celos ni contiendas entre nosotros (1 Corintios 3:3), si no andamos con
toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en
amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz (Efesios
4:2-3), si andamos con amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda
malicia sin ser benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a
otros (Efesios 4:31-32), si andamos en fornicación, inmundicia, avaricia con
palabras deshonestas, necias, o indecentes, si no nos sometemos a las
autoridades de nuestra iglesia (Romanos 13:1), si no nos mantenemos en la sana
doctrina de nuestra iglesia (2 Timoteo 4:3), si no obedecemos a Dios, si no nos
sometemos a Él, si no cumplimos sus ordenanzas (Deuteronomio 11:22; 27:10; Juan
14:15; 15:10) con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza
(Deuteronomio 6:5), no estamos amando, no estamos guardando los mandamientos de
Dios y a Dios no podemos engañarlo (Gálatas 6:7).
Recordemos,
como dijo el Señor Jesús, “no todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el
reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los
cielos. Muchos me dirán en aquel día:
Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera
demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé:
Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mateo 7:21-23).
El
mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de que las pesas y las medidas deben ser
correctas, más sin embargo espiritualizado, referido, a ese deseo que debemos
tener de que el Santo Espíritu de nuestro Padre Dios que mora en nosotros nos
transforme por medio de la renovación de nuestro entendimiento, para que
sepamos cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta (Romanos 12:2),
“porque no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los que cumplen
la ley, ésos serán justificado” (Romanos 2:13), sin quitarle ni ponerle.

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