205. Se debe reprender al pecador (Lv. 19:17)


 

“No aborrecerás a tu hermano en tu corazón; razonarás con tu prójimo, para que no participes de su pecado”

 

Como parte del pacto de Dios con su pueblo se establecieron una serie de regulaciones, lo que se conoce como leyes mosaicas, que iban desde lo religioso hasta lo social, desde lo sagrado hasta lo cotidiano. Cientos de normativas llegaron a conformar ese conjunto jurídico lo cual, dada la naturaleza carnal de los recepcionarios, implicaba un gran riesgo de ser causa de juzgamiento y condena de unos para con los otros.

 

Todas las normativas dadas tenían de manera explícita e implícita un reconocimiento a los procesos judiciales para determinar la culpabilidad de una persona, esto incluía, y con mayor razón, aquellas transgresiones que se pagaban con la pena capital.

 

Para evitar el que unos para con otros se erigieran en fiscales, jueces y verdugos, Dios estableció en Levítico 19:17 la normativa de “no aborrecerás a tu hermano en tu corazón; razonarás con tu prójimo, para que no participes de su pecado”. Ese razonar implicaba usar los argumentos jurídicos que la Ley dada por Dios daba para hacer ver al prójimo su mal actuar conminándolo a reconocer, arrepentirse, restituir y cambiar, obvio: esto solo en el caso de aquellas transgresiones que no implicase pena capital.

 

La actitud actual de los elegidos debe ser igual en el sentido de procurar que el prójimo se convierta y venga a salvación o bien, que si se trata de un hermano o herma haya hecho salvo, que corrija lo que tenga que corregir.

 

Mateo 18

15 Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. 16 Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. 17 Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano.

 

Con todo y todo, en lo anterior deben tenerse en cuenta dos vertientes, la

primera es reconocer que sólo Cristo, no nuestras acciones, puede quitar de la humanidad la pena que le corresponde por su incapacidad en cumplir la Ley de Dios.

 

Hebreos 9

23 Fue, pues, necesario que las figuras de las cosas celestiales fuesen purificadas así; pero las cosas celestiales mismas, con mejores sacrificios que estos. 24 Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios; 25 y no para ofrecerse muchas veces, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena. 26 De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde el principio del mundo; pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado. 27 Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio,


1 Pedro 1

17 Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación; 18 sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, 19 sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, 20 ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros, 21 y mediante el cual creéis en Dios, quien le resucitó de los muertos y le ha dado gloria, para que vuestra fe y esperanza sean en Dios.

22 Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro; 23 siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre.

 

Romanos 3

21 Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; 22 la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, 23 por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, 24 siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, 25 a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, 26 con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.

27 ¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe. 28 Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley. 29 ¿Es Dios solamente Dios de los judíos? ¿No es también Dios de los gentiles? Ciertamente, también de los gentiles. 30 Porque Dios es uno, y él justificará por la fe a los de la circuncisión, y por medio de la fe a los de la incircuncisión. 31 ¿Luego por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley.

 

La segunda vertiente apunta a que sería Cristo quien, no invalidase sino más bien perfeccionase esa Ley, como señala proféticamente Isaías 42:21 “Jehová se complació por amor de su justicia en magnificar la ley y engrandecerla”, ¿cómo se haría esto?, cuando en su primer venida Cristo enseñaría la manera no solo material sino incluso espiritual requerida para cumplir con la Ley de Dios.

 

Jesús, después de haber entregado aquello que se conoce como las bienaventuranzas (Mateo 5:1-12), y después de dejar muy claro que no había venido para abrogar la Ley sino para cumplirla (Mateo 5:17-20), comenzó otro discurso donde, haciendo referencia a la Ley de Dios la llevó a niveles espirituales de perfección y santidad:

 

Mateo 5

21 Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio. 22 Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego. 23 Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, 24 deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda. 25 Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel. 26 De cierto te digo que no saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante.

27 Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. 28 Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón. 29 Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno. 30 Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala, y échala de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno.

 

E inmediatamente se sigue señalando cuestiones relativas a la vida cristiana que si bien no formaban parte de la Ley de Dios, estaban incipientemente contenidas en las leyes mosaicas debiendo, en su acepción espiritual ser cumplimentadas por sus seguidores:

 

Mateo 5

31 También fue dicho: Cualquiera que repudie a su mujer, dele carta de divorcio. 32 Pero yo os digo que el que repudia a su mujer, a no ser por causa de fornicación, hace que ella adultere; y el que se casa con la repudiada, comete adulterio.

33 Además habéis oído que fue dicho a los antiguos: No perjurarás, sino cumplirás al Señor tus juramentos. 34 Pero yo os digo: No juréis en ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; 35 ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey. 36 Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer blanco o negro un solo cabello. 37 Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede.

38 Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. 39 Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; 40 y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; 41 y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos. 42 Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses.

43 Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. 44 Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; 45 para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. 46 Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? 47 Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles? 48 Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.

 

La parte final de la cita anterior es la que permite ver esa perfección que puede alcanzarse, no por la Ley, sino por incorporar a la misma en aquel proceso establecido para replicar en cada uno el carácter perfecto y santo de nuestro Padre Dios, ¿y cómo se hace esto?, aquí es donde entra la iglesia de Dios.

 

Los miembros de la iglesia de Dios, deben ayudarse unos a otros en la manera en que deben vivir su vida conforme a la voluntad de Dios cumpliendo su Ley, sí, pero no solo materialmente sino incluso espiritual, llevando a la misma a los niveles de perfección y santidad requeridos para todo hijo de Dios. Esto es confirmado por Pablo quien, escribiendo a los de Éfeso, les dice “y él mismo [Jesús] constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:11-13).

 

Ahora bien, de igual manera que en el Antiguo Pacto, la disposición de Levítico 19:17, espiritualizada, sigue vigente: “No aborrecerás a tu hermano en tu corazón; razonarás con tu prójimo, para que no participes de su pecado”.

 

Nuestro Señor Jesucristo en su momento señaló “Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mateo 5:43-44), sabemos que Jesús no vino a abrogar la Ley sino a cumplirla (Mateo 5:17), entonces ¿Por qué aquí está diciendo algo contrario a lo dicho antes?, lo que pasa es que eso dicho antes no está en la Escritura sino que era una interpretación que los rabinos daban, ¿con qué base?, en Levítico 19:18 dice “No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo Jehová” (Levítico 19:18). Jesús señala, tomando la segunda parte de esta cita, lo que dice la Escritura sobre amar al prójimo,  pero los rabinos tomaban la primera donde dice que no se debe odiar ni guardar rencor a los de tu pueblo, luego por ende, razonaban, sí se puede odiar y guardar rencor a los que no son de tu pueblo, pero el entendimiento era incorrecto ya que el pueblo no solo es Israel sino que, viendo que todos tenemos un origen común, en realidad el pueblo es la humanidad, así que Jesús aclara el punto señalando que nuestro prójimo son todos, no solo los de la fe, ni los de la nación, sino cualquier ser humano.

 

El mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de que se debe reprender al pecador, más sin embargo espiritualizado, referido, no solo a la letra de la Ley sino también a su Espíritu, y nunca, nunca, nunca con un espíritu de fiscal, juez y verdugo para con el prójimo sino de justicia, sí, pero también misericordia, tal cual corresponde a todo hijo de Dios.


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