176. Se deben nombrar jueces y oficiales en cada pueblo (Dt. 16:18)


 

“Jueces y oficiales pondrás en todas tus ciudades que Jehová tu Dios te dará en tus tribus, los cuales juzgarán al pueblo con justo juicio”

 

Como parte del pacto de Dios para con su pueblo, Él mismo estableció en este último autoridades que enseñasen, corrigiesen, exhortasen y edificaran a la congregación. La instrucción de esto se tiene en Deuteronomio 16:18-20

 

Deuteronomio 16

18 Jueces y oficiales pondrás en todas tus ciudades que Jehová tu Dios te dará en tus tribus, los cuales juzgarán al pueblo con justo juicio. 19 No tuerzas el derecho; no hagas acepción de personas, ni tomes soborno; porque el soborno ciega los ojos de los sabios, y pervierte las palabras de los justos. 20 La justicia, la justicia seguirás, para que vivas y heredes la tierra que Jehová tu Dios te da.

 

Sobre lo indicado es de resaltar lo relativo a la manera en que esos jueces y oficiales debían de actuar: “Juzgarán al pueblo con justo juicio”; y de manera aún más clara: “No tuerzas el derecho; no hagas acepción de personas, ni tomes soborno”. Con todo y todo, como puede verse inmediatamente a continuación, esto no era omnímodo sino que lo que señalasen estas autoridades debía estar acorde a lo que la Palabra indicase: “La justicia, la justicia seguirás”, siendo que “todos tus mandamientos son justicia” (Salmos 119:172),  luego entonces incluso si algo indicado estuviese contrario a la Escritura, lo dicho debía rechazarse, pero de ahí en fuera, si lo indicado era acorde a la Palabra, debía acatarse, siendo que en ello iba la promesa: “Para que vivas y heredes la tierra que Jehová tu Dios te da”.

 

Dios nunca ha dejado a su pueblo sin guía, en el sentido de las autoridades puestas en la congregación para guiarlos en el Camino. En ese sentido, ahora, en la era de la iglesia, dichas autoridades siguen en el Cuerpo de Cristo y, acorde a la Escritura, con la misma organización establecida en la era de la Ley para su pueblo: Los Setenta.

 

Hay números en la Escritura que por sí mismo contienen una verdad subyacente, pero hay otros que para abordar esa verdad subyacente deben ser disgregados en los números que lo componen, ese el caso del número setenta el cual surge de multiplicar siete por diez, lo cual pudiera decirse como siete veces el diez o diez veces el siete, luego entonces para entender la verdad subyacente en el setenta, comprendiendo de manera espiritual los pasajes en los cuales este número aparezca, es menester entender el significado de aquellos números que le dan origen, como ya se dijo, el diez y el siete.

 

Sobre el número diez, la principal referencia escritural tiene que ver con la Ley de Dios, sus Diez Mandamientos; en cuanto al siete, si se consideran las principales referencias del mismo relacionadas con la semana de la creación y con las fiestas decretadas por Dios para con su pueblo como parte de su pacto, puede verse que el mismo se refiere a un proceso, proceso perfecto ya que es como debe ser y perfecto ya que produce resultados perfectos.

 

De esta forma el setenta tiene que ver con un proceso perfecto relacionado con la Ley de Dios, ¿cuál podría ser ese proceso?, y ¿qué tiene que ver con la organización de la iglesia de Dios?

 

Como es bien sabido, la salvación es por gracia a través del sacrificio redentor de Jesús, de esta forma nadie puede pretender salvarse por cumplir la Ley de Dios, sobre esto, Pablo escribiendo a los de Éfeso les dice “porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9); y de nueva cuenta escribiendo a los de Roma, Pablo hace énfasis en esto último añadiendo el valor intrínseco que la Ley tiene: “ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado” (Romanos 3:20).

 

Pero más aún, Pablo escribiendo a los hebreos es muy claro en que la Ley por sí misma carece de la capacidad de perfeccionar a alguien: “Queda, pues, abrogado el mandamiento anterior a causa de su debilidad e ineficacia (pues nada perfeccionó la ley), y de la introducción de una mejor esperanza, por la cual nos acercamos a Dios” (Hebreos 7:18-19).

 

De esta forma, y considerando que la Ley por sí misma no puede perfeccionar a nadie, ¿cómo es que en el setenta se encuentra la misma como parte de un proceso perfeccionador?, eso habría que verse a la luz del complemento del diez, la Ley, para dar setenta: el siete.

 

El siete, como ya se dijo, a la luz de la semana creativa y de las fiestas decretadas por Dios para con su pueblo como parte de su pacto, apunta a un proceso perfecto, perfecto ya que es como debe ser y perfecto ya que produce resultados perfectos. De esta forma, si se toma aquella Ley, simbolizada por el diez, como parte de un proceso perfecto, simbolizada por el siete, se tiene un resultado donde ambos confluyen para lograr el propósito de Dios establecido por la humanidad.

 

Isaías, de manera profética, y referido a Jesús, escribió en su momento, “Jehová se complació por amor de su justicia en magnificar la ley y engrandecerla” (Isaías 42:21), ¿cómo podría Dios, por medio de Jesucristo, magnificar su Ley y engrandecerla?, llevándola a niveles espirituales de perfección y santidad.

 

Jesús, después de haber entregado aquello que se conoce como las bienaventuranzas (Mateo 5:1-12), y después de dejar muy claro que no había venido para abrogar la Ley sino para cumplirla (Mateo 5:17-20), comenzó otro discurso donde, haciendo referencia a la Ley de Dios la llevó a niveles espirituales de perfección y santidad:

 

Mateo 5

21 Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio. 22 Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego. 23 Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, 24 deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda. 25 Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel. 26 De cierto te digo que no saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante.

27 Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. 28 Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón. 29 Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno. 30 Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala, y échala de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno.

 

E inmediatamente se sigue señalando cuestiones relativas a la vida cristiana que si bien no formaban parte de la Ley de Dios, estaban incipientemente contenidas en las leyes mosaicas debiendo, en su acepción espiritual ser cumplimentadas por sus seguidores:

 

Mateo 5

31 También fue dicho: Cualquiera que repudie a su mujer, dele carta de divorcio. 32 Pero yo os digo que el que repudia a su mujer, a no ser por causa de fornicación, hace que ella adultere; y el que se casa con la repudiada, comete adulterio.

Además habéis oído que fue dicho a los antiguos: No perjurarás, sino cumplirás al Señor tus juramentos. 34 Pero yo os digo: No juréis en ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; 35 ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey. 36 Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer blanco o negro un solo cabello. 37 Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede.

38 Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. 39 Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; 40 y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; 41 y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos. 42 Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses.

43 Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. 44 Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; 45 para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. 46 Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? 47 Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles? 48 Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.

 

La parte final de la cita anterior es la que permite ver esa perfección que puede alcanzarse, no por la Ley, sino por incorporar a la misma en aquel proceso establecido para replicar en cada uno el carácter perfecto y santo de nuestro Padre Dios, ¿y cómo se hace esto?, aquí es donde entra la organización de la iglesia de Dios.

 

En Lucas 9 Jesús establece y comisiona a los doce, sus Apóstoles, y en Lucas 10, después de lo anterior, comisiona a otros setenta para auxiliar a los doce en la comisión establecida: “Después de estas cosas, designó el Señor también a otros setenta, a quienes envió de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar adonde él había de ir” (Lucas 10:1).

 

De esta forma los setentas, como parte de la organización establecida por Jesús para con la iglesia de Dios, realización de la sombra contenida en el Antiguo Testamento en la figura de los setentas que auxiliaban a Moisés en la instrucción e impartición de justicia al pueblo, ayudan al pueblo de Dios precisamente en eso: en la manera en que deben vivir su vida conforme a la voluntad de Dios cumpliendo su Ley, sí, pero no solo materialmente sino incluso espiritual, llevando a la misma a los niveles de perfección y santidad requeridos para todo hijo de Dios. Esto es confirmado por Pablo quien, escribiendo a los de Éfeso, les dice “y él mismo [Jesús] constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:11-13) .

 

El mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de que se debía obedecer al sanedrín, sigue vigente más sin embargo espiritualizado referido a las autoridades que han sido establecidas como parte del gobierno del Cuerpo de Cristo, la cuales cuidan de la grey y la guían en su andar por el Camino, conforme a la voluntad del Padre y para su mayor gloria en Cristo Jesús.


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