119. El fruto del cuarto año de los árboles está consagrado (Lv. 19:24)
“Y el cuarto año todo su
fruto será consagrado en alabanzas a Jehová”
Levítico 19, dentro de una
serie de disposiciones establecidas por Dios como parte de su pacto para con su
pueblo, tenía contemplada una que aplicaba una sola vez a partir de que Israel
entrase en la tierra prometida.
Levítico 19
23 Y cuando
entréis en la tierra, y plantéis toda clase de árboles frutales, consideraréis
como incircunciso lo primero de su fruto; tres años os será incircunciso; su
fruto no se comerá.
24 Y el
cuarto año todo su fruto será consagrado en alabanzas a Jehová.
25 Más al
quinto año comeréis el fruto de él, para que os haga crecer su fruto. Yo Jehová
vuestro Dios.
Esta disposición, como
puede verse, tenía tres momentos: el primero referido a los tres primeros años
de cualquier árbol frutal sembrado donde el mismo, al considerarse
incircunciso, no podía comerse de él; el segundo referido al cuarto año donde
todo fruto era consagrado a Jehová, es decir, se le ofrecía todo el fruto de
ese año; y el tercero referido al quinto año en donde a partir del cual ya se
podía comer libremente de los frutos que se diesen.
El entendimiento natural,
sobre todo referido a los tres primeros años, tiene que ver con permitir que el
árbol plantado alcanzase su plena madurez. El hecho de no tomar de sus frutos
en esos primeros tres años permitía al árbol seguir su curso de desarrollo natural,
sin forzarlo, hasta que éste alcanzase una madurez propia del mismo. La ofrenda
a Jehová de los frutos del cuarto año tienen un sentido de reconocimiento de la
soberanía de Dios y de agradecimiento por los frutos de la tierra. Y ya el
cuarto año era a partir del cual el árbol era tratado como todos los demás
pudiendo disponerse de sus frutos. Con todo y todo dicha disposición guarda una
comprensión espiritual que es necesario entender.
Lo primero para ello es
entender el sentido espiritual que la Palabra da a la palabra “árbol” o “árboles”.
En la Escritura, el
término árbol o árboles aduce a los hombres o a la humanidad. Cuando Jesús curó
a aquel ciego, al principio éste señaló “veo los hombres como árboles, pero los
veo que andan” para luego ser restablecido completamente.
De
igual forma Jesús, en su momento, refiriéndose a las personas señaló “Por sus
frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los
abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos
malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos
buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis”.
En
ese mismo orden de ideas en Revelación, poco antes de iniciar el derramamiento
de las plagas referidas a las siete trompetas, un ángel les dice a los otros
cuatro dispuestos a esto “no hagáis daño, ni a la tierra ni al mar ni a los
árboles, hasta que hayamos puesto un sello en la frente a los siervos de
nuestro Dios”.
De
esta forma, aquella instrucción de Dios en el Jardín de Edén adquiere mayor
comprensión: “De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la
ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres,
ciertamente morirás”, refiriéndose a la manera en que alimentándose el hombre
de la información llegaría a ser perfecto: a través de prestar atención a la
instrucción de Dios, representado por el
árbol, el hombre, de la vida, o a través de su propia experiencia basada en el
acierto y error, representado por el
árbol, el hombre, de la ciencia del bien y el mal.
Dado
que espiritualmente la Palabra al hablar de “árbol” o “árboles” se refiere al
hombre o a la humanidad, ¿qué implicarán esas restricciones dadas en Levítico 19:24
respecto de los árboles plantados y sus frutos?
Veamos de nuevo los tres
momentos de aquella disposición: el primero referido a los tres primeros años
de cualquier árbol frutal sembrado donde el mismo, al considerarse
incircunciso, no podía comerse de él; el segundo referido al cuarto año donde
todo fruto era consagrado a Jehová, es decir, se le ofrecía todo el fruto de
ese año; y el tercero referido al quinto año en donde a partir del cual ya se
podía comer libremente de los frutos que se diesen.
Con el entendimiento espiritual
de lo que “árbol” o “árboles”
significa para la Escritura, a saber hombre o a humanidad, ¿que pudieran significar
esos tres años iniciales donde el fruto no podía comerse, el cuarto año donde
los frutos eran ofrecidos a Jehová, y el quinto año donde ya podía disponerse
de los frutos?
Esa secuencia de ideas, desde la
perspectiva escritural donde “árbol” o “árboles” se refiere al hombre o a la
humanidad, solo puede referirse a tres distintos momentos de estos y
entendiendo los primeros tres años como un proceso donde no se ha alcanzado la
madurez plena, el cuarto año donde todo lo obtenido es ofrecido en
agradecimiento, honra y gloria a Dios, y el quinto año donde ya puede
disponerse de los frutos, a la luz del plan de Dios para con la humanidad, solo
puede referirse a la era de la iglesia, el Milenio, y el tiempo posterior a
este. Expliquemos esto.
El punto de partida para este
entendimiento es el inicio del cumplimiento de las sombras representadas en el
Antiguo Testamento, ese cumplimiento inicio con la primera venida de nuestro
Señor, y más claramente con la Pascua que implicó su sacrificio redentor.
La Pascua en el Antiguo Testamento era
la fiesta que iniciaba una serie de siete convocaciones que simbolizaban el
plan de Dios para con la humanidad.
Las primeras fiestas se conocen como de
Primavera pues en esa temporada tenían verificativo, dichas fiestas eran
Pascua, Primicias, Panes sin levadura, y Pentecostés. El segundo ciclo de
fiestas eran conocidas como de Otoño pues en esa temporada tenían verificativo,
dichas fiestas eran Trompetas, Día de la Expiación y Tabernáculos.
Las primeras cuatro fiestas, las de Primavera,
ya tuvieron cumplimento siendo para Pascua el sacrificio redentor de Jesús,
para Primicias la ascensión de Jesús al Padre, para Panes sin levadura el vivir
cristiano apartado del pecado en una vida de santidad, y para Pentecostés la venida
del Espíritu Santo sobre la iglesia iniciando su era.
Las últimas tres fiestas, las de Otoño,
aún no han tenido verificativo estando este aún por cumplimentarse. Trompetas
referido a la segunda venida de Cristo y la resurrección/transformación de los
elegidos que hayan permanecido fieles hasta el final iniciando el Milenio; Día
de la Expiación donde el resto de la humanidad que nunca conoció a Cristo y el
verdadero mensaje del Evangelio, resucitada al final del Milenio, tendrán su única
oportunidad, no una segunda oportunidad sino realmente la primera, de aceptar o
no a Jesús como su Señor y Salvador; por último Tabernáculos representa cuando
habiéndose cumplimentado el Plan de Dos para con la humanidad, Él vienen a
vivir con su pueblo, con su familia.
De esta forma, aquella disposición relativa
a los árboles y sus frutos de tres años de no tomar, un cuarto año de ofrecer a
Dios y un quinto y de disponer libremente apuntan, los primeros tres años a los
tres mil referidos a los dos mil de la era de la iglesia y los mil del milenio,
tiempo total donde se cumplimentará la parte final del plan de Dios para con la
humanidad, el cuarto año se refiere al período posterior a aquellos tres mil
años representado por el Día de la Expiación donde se complementa el plan de
Dios para con el resto de la humanidad. Por último, el quinto año es el tiempo
posterior a todo lo anterior, representado por Tabernáculos, donde Dios viene a
vivir entre su pueblo, con su familia.
Los primeros tres años de la norma de
Levítico 19:23-25 donde los frutos de los árboles no se toman al considerar éstos
incircuncisos habla de una humanidad aún pecaminosa. Esto aplica a los dos mil
años de la era de la iglesia donde los elegidos aún militamos en la pecaminosidad
de nuestra carne, pero también aplica al Milenio donde, aunque los elegidos
resucitados/transformados en cuerpos de gloria ya no tienen la pecaminosidad de
aquella carne, el resto de la humanidad, carnal aún, sí la tienen.
El cuatro año de la norma de Levítico 19:23-25
donde los frutos son ofrecidos a Dios apuntan a ese momento, el Día de la Expiación,
donde el resto de la humanidad que nunca conoció a Cristo y el verdadero
mensaje del Evangelio, resucitada al final del Milenio, tendrán su única
oportunidad, no una segunda oportunidad sino realmente la primera, de aceptar o
no a Jesús como su Señor y Salvador.
El quinto año, como se comentó, es el
tiempo posterior a todo lo anterior, representado por Tabernáculos, donde Dios
viene a vivir entre su pueblo, con su familia.
El
mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de que el fruto del cuarto año de
los árboles está consagrado, sigue vigente, más sin embargo espiritualizado referido
a al período posterior a aquellos tres mil años —los dos mil de la era de la
iglesia y los mil del milenio— representado por el Día de la Expiación donde se
complementa el plan de Dios para con el resto de la humanidad siendo que después
de esto es el tiempo posterior a todo lo anterior donde Dios viene a vivir
entre su pueblo, con su familia.
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