117. Esto se aplica a un campo (Lv. 27:16, 22, 23)


 

“Si alguno dedicare de la tierra de su posesión a Jehová, tu estimación será conforme a su siembra; un homer de siembra de cebada se valorará en cincuenta siclos de plata […] Y si dedicare alguno a Jehová la tierra que él compró, que no era de la tierra de su herencia, entonces el sacerdote calculará con él la suma de tu estimación hasta el año del jubileo, y aquel día dará tu precio señalado, cosa consagrada a Jehová”

 

Como parte el pacto que Dios había establecido con su pueblo se habían estipulado diversas ofrendas que de manera voluntaria el pueblo podía ofrecer, entre esas ofrendas estaba el que incluso un campo de uno podía ser presentado para ello, obvio que el campo no podía físicamente llevarse el Templo para ello, además que el mismo servía para que de lo que éste produjese viviera la familia, siendo de esta forma que una opción que se estableció fue que quien quisiese ofrecer su casa podía dar el equivalente del mismo en siclos de plata del Templo.

 

La comprensión natural de lo anterior ya ha sido explicada, es decir: no se podía llevar el campo físicamente al Templo así como que la familia que vivía de él no podía quedarse ello, por lo que el equivalente en dinero era aceptable para ello, con todo y todo ¿qué verdades subyacentes, verdades espirituales, puede contener dicha disposición?

 

Primeramente hay que entender a qué apunta, escrituralmente hablando, aquel campo del que habla Levítico 27:16, 22, 23.

 

Lucas 10

Después de estas cosas, designó el Señor también a otros setenta, a quienes envió de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar adonde él había de ir.

Y les decía: La mies a la verdad es mucha, más los obreros pocos; por tanto, rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies.

Id; he aquí yo os envío como corderos en medio de lobos.

 

Mateo 9

35 Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.

36 Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor.

37 Entonces dijo a sus discípulos: A la verdad la mies es mucha, más los obreros pocos.

38 Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies.

 

1 Corintios 3

Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios.

Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento.

Y el que planta y el que riega son una misma cosa; aunque cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor.

Porque nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios.

 

Juan 4

34 Jesús les dijo: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra.

35 ¿No decís vosotros: Aún faltan cuatro meses para que llegue la siega? He aquí os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega.

36 Y el que siega recibe salario, y recoge fruto para vida eterna, para que el que siembra goce juntamente con el que siega.

37 Porque en esto es verdadero el dicho: Uno es el que siembra, y otro es el que siega.

38 Yo os he enviado a segar lo que vosotros no labrasteis; otros labraron, y vosotros habéis entrado en sus labores.

39 Y muchos de los samaritanos de 

 

De esta forma, escrituralmente hablando, ese campo al que hace referencia Levítico 27:16, 22, 23 apunta al mundo entero, en referencia a las personas que en él hay, y a la labor que como elegidos se ha aceptado a través de la Gran Comisión: “[…] Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado será salvo; pero el que no crea será condenado” (Marcos 16:15-16).

Desde este punto de vista, y al igual que en el sentido físico del campo  que Levítico 27:16, 22, 23 podía ofrecerse al Señor, si bien ahorita, el sacrificio redentor de Jesús ha reconciliado al mundo, esa totalidad aún no ha respondido al llamamiento del Padre para apropiarse de esa redención por lo que lejos están de aquella perfección y santidad requerida para ver a Dios.

Juan 3:16

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.

 

2 Corintios 5:19

que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación.

 

Aquella perfección y santidad que nos son requeridas para de lleno ser parte de su familia se cumplimentará al regreso de Cristo cuando lo corruptible se vista de incorrupción, y lo mortal se vista de inmortalidad (1 Corintios 15:53) siendo que ahorita al ser aun carne y sangre no podemos así heredar el Reino de Dios (1 Corintios 15:50), más aún cuando no se ha aceptado el sacrificio redentor de Jesús, de esta forma aquel dinero que se daba por la casa física que se ofrecía al Señor simboliza aquello, bajo el símil de metal precioso refinado (1 Pedro 1:7), familia de Dios, que en su momento quienes acepten la salvación y se mantengan fieles hasta el final serán.

 

Pablo escribiendo a los de Éfeso les señala “En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria” (Efesios 1:13-14). La comprensión de esta cita es clara: los elegidos reciben el Espíritu de Dios como un anticipo de aquello que en ellos habrá de revelarse al regreso de nuestro Señor si es que se mantienen fieles hasta el final.

 

Visto de otra forma, se requiere por parte del mundo, del campo pues, aceptar el sacrificio redentor de Jesús para alcanzar salvación, con todo y todo, al no ser aún perfectos y santos, al tener aún carnalidad, no se habrá alcanzado aquella estatura perfecta de Cristo que haría aceptos completamente al Padre, en este sentido podría decirse que esos del mundo que aún no vienen a salvación, son como aquel campo casas físico que no podían ofrecerse a Dios así como estaba por eso mismo.

 

En este punto hay que hacer una pausa para explicar esto pues, en efecto, cuando esos del campo acepten la salvación que de Jesús deviene por su sacrificio redentor, iniciaran apenas aun proceso, proceso que concluirá al regreso de Él cuando aquellos sean transformados, como escribe Juan en su primer carta “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1 Juan 3:2).

 

Se requiere de aquel trabajo en el campo, en el mundo pues, para traer a salvación a quienes vayan a alcanzarla en el presente siglo, para que, volviéndose templos del Espíritu de Dios, comiencen a ser edificados, sobre esto Efesios 2:19-20 nos dice “Así pues, ya no sois extraños ni extranjeros, sino que sois conciudadanos de los santos y sois de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular”, de igual forma Colosenses 2:6-7 dice “Por tanto, de la manera que recibisteis a Cristo Jesús el Señor, así andad en El; firmemente arraigados y edificados en El y confirmados en vuestra fe, tal como fuisteis instruidos, rebosando de gratitud”.

 

Este proceso tiene un fin, Efesios 4:13 nos lo señala al decirnos que durará “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”,  de igual forma Romanos 8:29  dice “porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos”, y si somos conformados a la imagen del Hijo, somos conformados a la imagen del Padre, pues como dice Colosenses 1:15 “Él [Jesús] es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación”, y esto porque así lo estableció el Padre desde un principio como dice 1 Juan 3:1-2 “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a Él [Jesús]. Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que habremos de ser. Pero sabemos que cuando Él [Jesús] se manifieste, seremos semejantes a Él porque le veremos como Él es”. El cumplimiento de este plan sin duda alguna deviene en gozo y alabanza a Dios quien lo hace posible: “En gran manera me gozaré en Jehová, mi alma se regocijará en mi Dios; porque Él me ha vestido de ropas de salvación, me ha envuelto en manto de justicia como el novio se engalana con una corona, como la novia se adorna con sus joyas” (Isaías 61:10).

 

Con este entendimiento puede tenerse el cuadro completo que permite entender Levítico 27:16, 22, 23: “Si alguno dedicare de la tierra de su posesión a Jehová, tu estimación será conforme a su siembra; un homer de siembra de cebada se valorará en cincuenta siclos de plata […] Y si dedicare alguno a Jehová la tierra que él compró, que no era de la tierra de su herencia, entonces el sacerdote calculará con él la suma de tu estimación hasta el año del jubileo, y aquel día dará tu precio señalado, cosa consagrada a Jehová”

 

Como se comentó, aquello apunta al campo que es el mundo con referencia a los humanos y de la labor de los elegidos para proclamar el Evangelio  trayendo aquellos a salvación, siendo que aquel que vaya aceptando el sacrificio redentor de Jesús, comenzará a tener en sí y una mezcla de santidad y pecaminosidad representada por aquellos panes con levadura que se ofrecían en Pentecostés, con todo y todo al haber recibido las arras del Espíritu, aquel anticipo que, para todos aquellos que se mantengan fieles hasta el, permitirá que en ello se cumplimente en su momento el plan de Dios. De esta forma aquel campo que al no poderse ofrecer a Dios era cambiado por dinero representa aquella humanidad que habrá de ser y que para Dios, el cual “llama las cosas que no son, como si fuesen” (Romanos 4:17), ya nos considera como aquella ofrenda que será acepta para Él, esto representado por el dinero que se entregaba al servicio del templo en vez del campo.

 

El mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de que si alguno dedicare de la tierra de su posesión a Jehová, tu estimación será conforme a su siembra; un homer de siembra de cebada se valorará en cincuenta siclos de plata […] Y si dedicare alguno a Jehová la tierra que él compró, que no era de la tierra de su herencia, entonces el sacerdote calculará con él la suma de tu estimación hasta el año del jubileo, y aquel día dará tu precio señalado, cosa consagrada a Jehová, sigue vigente, más sin embargo espiritualizado referido al mundo entero, en referencia a las personas que en él hay, y a la labor que como elegidos se ha aceptado a través de la Gran Comisión, conforme al plan de Dios que desde la eternidad pensó para cada todos.


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