103. La casa del leproso es inmunda (Lv. 14:44)
“entonces
el sacerdote entrará y la examinará; y si pareciere haberse extendido la plaga
en la casa, es lepra maligna en la casa; inmunda es”
Como parte
del pacto que en su momento hizo Dios con su pueblo estaban ciertas
prescripciones de salud tanto de la comunidad como de cada individuo. El caso
de la lepra es uno de ellos.
La
comprensión material del caso de la lepra es más que evidente: proteger a la
comunidad de enfermedades que pudieran esparcirse creando un problema de salud
pública. Para ello aquel de quien se sospechase tenía lepra —que por cierto
dicho término podía referirse a diversas enfermedades de la piel no sola y
exclusivamente a lo que hoy se denomina con ese término— era puesto fuera del
campamento donde era revisado por el sacerdote hasta que la enfermedad hubiese
remitido para ser recibido de vuelta en la comunidad. La normativa al respecto
está contenida en Levítico 13, adicionalmente a ello, Levítico 14 contiene lo
relativo a lo que se conoce como la lepra de las casas.
Levítico 14
33 Habló
también Jehová a Moisés y a Aarón, diciendo:
34 Cuando hayáis entrado en
la tierra de Canaán, la cual yo os doy en posesión, si pusiere yo plaga de
lepra en alguna casa de la tierra de vuestra posesión,
35 vendrá aquel de quien
fuere la casa y dará aviso al sacerdote, diciendo: Algo como plaga ha aparecido
en mi casa.
36 Entonces el sacerdote
mandará desocupar la casa antes que entre a mirar la plaga, para que no sea
contaminado todo lo que estuviere en la casa; y después el sacerdote entrará a
examinarla.
37 Y examinará la plaga; y si
se vieren manchas en las paredes de la casa, manchas verdosas o rojizas, las
cuales parecieren más profundas que la superficie de la pared,
38 el sacerdote saldrá de la
casa a la puerta de ella, y cerrará la casa por siete días.
39 Y al séptimo día volverá
el sacerdote, y la examinará; y si la plaga se hubiere extendido en las paredes
de la casa,
40 entonces mandará el
sacerdote, y arrancarán las piedras en que estuviere la plaga, y las echarán
fuera de la ciudad en lugar inmundo.
41 Y hará raspar la casa por
dentro alrededor, y derramarán fuera de la ciudad, en lugar inmundo, el barro
que rasparen.
42 Y tomarán otras piedras y
las pondrán en lugar de las piedras quitadas; y tomarán otro barro y recubrirán
la casa.
43 Y si la plaga volviere a
brotar en aquella casa, después que hizo arrancar las piedras y raspar la casa,
y después que fue recubierta,
44 entonces el sacerdote
entrará y la examinará; y si pareciere haberse extendido la plaga en la casa,
es lepra maligna en la casa; inmunda es.
45 Derribará, por tanto, la
tal casa, sus piedras, sus maderos y toda la mezcla de la casa; y sacarán todo
fuera de la ciudad a lugar inmundo.
46 Y cualquiera que entrare
en aquella casa durante los días en que la mandó cerrar, será inmundo hasta la
noche.
47 Y el que durmiere en
aquella casa, lavará sus vestidos; también el que comiere en la casa lavará sus
vestidos.
48 Mas si entrare el
sacerdote y la examinare, y viere que la plaga no se ha extendido en la casa
después que fue recubierta, el sacerdote declarará limpia la casa, porque la
plaga ha desaparecido.
Pero más allá
de ello existe una comprensión espiritual al respecto.
La comprensión espiritual de la lepra,
que nos separa de la familia de Dios, tiene su referente con el pecado que
escrituralmente es definido como transgresión a la Ley (1 Juan 3:4), no porque se quiera indicar con ello que la
Ley de Dios tenía alguna característica negativa, al contrario, y esto hay que
dejarlo muy claro desde el inicio, la Ley de Dios
trae bienaventuranza (Salmos 119:1), permanece (Salmos 119:44), es perfecta y perfecciona
(Salmos 19:7), es espiritual (Romanos 7:14), es santa, justa y buena (Romanos 7:12), y es para siempre (Salmos
119:44), pero —y esto es importante considerarlo para la comprensión subyacente
a este milagro— nosotros no podíamos cumplir esa Ley con la perfección y
santidad requerida de ahí que entonces la misma nos fuera contraria, o en el
simbolismo de la enfermedad comentada, nos llenara de lepra siguiendo la
simbología del relato, ya que claramente la Escritura señala “por cuanto todos pecaron,
y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23), así que todos
habíamos violado la Ley de Dios acarrándonos sobre nosotros esa lepra, la paga
de dicha trasgresión considerada pecado la cual es la muerte.
La
cuestión de la lepra, como se comentó, era un asunto de salud pública por lo
que aquellos que padecían esta enfermedad no sólo sufrían por ella en su
aspecto físico sino también en su aspecto emocional pues eran excluidos de la
comunidad en tanto durara su enfermedad: “Y el leproso en quien hubiere llaga
llevará vestidos rasgados y su cabeza descubierta, y embozado pregonará:
¡Inmundo! ¡Inmundo! Todo el tiempo que la llaga estuviere en él, será inmundo;
estará impuro, y habitará solo; fuera del campamento será su morada” (Levítico
13:45-46).
Con esta
comprensión uno puede avanzar al entendimiento de Levítico 14:44 que señala “entonces
el sacerdote entrará y la examinará; y si pareciere haberse extendido la plaga
en la casa, es lepra maligna en la casa; inmunda es”.
Levítico
13 contiene las disposiciones relativas a la persona del leproso, luego
entonces lo señalado en Levítico 14, bajo el contexto de la casa donde se
habita debe referirse a algo diferente entendido bajo esa luz a aquel lugar
donde la persona vive (entiéndase que Levítico 14 habla de la lepra de las
casas lo cual no necesariamente implica que quienes ahí habitan también la
padecen, de hecho para las personas y para las casas existen disposiciones
normativas diferentes contenidas en Levítico 13 y Levítico 14 respectivamente).
Desde el
punto de vista del creyente, ¿cuál podrá ser, espiritualmente hablando, ese
lugar común donde se convive y que podría
ser considerado como la casa?
Juan
1:12, referido a Jesús, señala sobre los creyentes “más a todos los que le
recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos
de Dios”, de esta forma todos los bautizados somos hermanos unos de otros, esa
hermandad se circunscribe a la familia de Dios a la cual hemos sido llamados,
como señala Pablo escribiendo a los de Éfeso: “Así pues, ya no sois extraños ni
extranjeros, sino que sois conciudadanos de los santos y sois de la familia de
Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Cristo
Jesús mismo la piedra angular, en quien
todo el edificio, bien ajustado, va creciendo para ser un templo santo en el
Señor, en quien también vosotros sois juntamente edificados para morada de Dios
en el Espíritu” (Efesios 2:19-22). De igual forma Pablo aclara aún más esto en
su primer carta a Timoteo cuando le dice “para que si tardo, sepas cómo debes
conducirte en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y
baluarte de la verdad” (1 Timoteo 3:15).
De esta
forma, la comprensión espiritual de Levítico 14:44 nos remite a la congregación
de los santos, a la iglesia de Dios, en su generalidad, y a las congregaciones
de ésta, en su particularidad.
Pero la
cuestión de la lepra de las casas, ¿a qué se referirá con respeto a la iglesia
de Dios? Así como los individuos pueden desarrollar lepra, con la comprensión espiritual
que esto implica, de igual forma las congregaciones pueden desarrollar la misma
enfermedad. ¿Cuándo sucede esto?, cuando las mismas dan cabida al pecado,
cuando hay un extravió doctrinal, cuando hay una separación de las mismas
respecto del Cuerpo de Cristo.
En ese
caso, al igual que en el caso de la lepra de las personas, las casas, vaya: las
congregaciones en sí, deben buscar esa limpieza que deviene de vivir en
santidad, de contender por la fe dada a los santos de una vez y para siempre, y
de estar unidos al Cuerpo de Cristo.
El
mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de que, en el caso de la lepra de las casa,
el sacerdote entrará y la examinará; y si pareciere haberse extendido la plaga
en la casa, es lepra maligna en la casa; inmunda es, sigue vigente, más sin
embargo espiritualizado refiriéndose
a las congregaciones de la iglesia de Dios que cayendo en pecado, desviándose
de la doctrina o separándose del Cuerpo de Cristo, caen en esa separación
respecto de Dios que solo puede revertirse si de nuevo vuelven a la comunión en
el Espíritu, tal como corresponde a toda congregación de los santos que
respondiendo al llamamiento del Padre han venido a salvación en el presente
siglo.

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