77. El leproso debe llevar un sacrificio después de haber sido purificado (Lv. 14:10)
“El día octavo tomará dos corderos sin defecto, y una cordera de un año sin tacha, y tres décimas de efa de flor de harina para ofrenda amasada con aceite, y un log de aceite”
La
cuestión de aquellos que como parte del pueblo se infectaban de lepra es un
asunto de mucho alcance y profundidad.
Lo
primero que debe entenderse es que, de las indicaciones que Levítico 13 contiene
respecto de esto, lo que se denomina lepra podía referirse a cualquier infección
de la piel, desde la más leve desde el punto de vista médico hasta la más grave
que coincidiría propiamente con lo que en la actualidad se conoce como lepra.
El
tratamiento de aquellos que estaban infectados de lepra, en el entendido
comentado con anterioridad y según lo establece Levítico 13, e pocas palabras, era
que de inicio eran revisados por el sacerdote (vv. 2-3), siendo que el que la
tuviere era encerrado siete días en su casa y, al término de esos días, si la
infección había remitido era declarado limpio, caso contrario, si la infección
se hubiere extendido era declarado leproso (vv. 4-11), en este último caso tal
persona debía salir del campamento y habitar fuera declarando “¡inmundo,
inmundo!” para que nadie se le acercara (vv.45-46). Esto es de manera general
pues Levítico 13 contiene muchas disposiciones para las diferentes afecciones
que pudiesen observarse en la piel relacionadas con eso que ahí se denomina
lepra.
El
capítulo 14 de Levítico contiene las disposiciones al leproso cuando este fuese
curado.
Levítico
14
1 Y habló
Jehová a Moisés, diciendo:
2 Esta será
la ley para el leproso cuando se limpiare: Será traído al sacerdote,
3 y éste
saldrá fuera del campamento y lo examinará; y si ve que está sana la plaga de
la lepra del leproso,
4 el
sacerdote mandará luego que se tomen para el que se purifica dos avecillas
vivas, limpias, y madera de cedro, grana e hisopo.
5 Y mandará
el sacerdote matar una avecilla en un vaso de barro sobre aguas corrientes.
6 Después
tomará la avecilla viva, el cedro, la grana y el hisopo, y los mojará con la
avecilla viva en la sangre de la avecilla muerta sobre las aguas corrientes;
7 y rociará
siete veces sobre el que se purifica de la lepra, y le declarará limpio; y
soltará la avecilla viva en el campo.
8 Y el que
se purifica lavará sus vestidos, y raerá todo su pelo, y se lavará con agua, y
será limpio; y después entrará en el campamento, y morará fuera de su tienda
siete días.
9 Y el
séptimo día raerá todo el pelo de su cabeza, su barba y las cejas de sus ojos y
todo su pelo, y lavará sus vestidos, y lavará su cuerpo en agua, y será limpio.
10 El día
octavo tomará dos corderos sin defecto, y una cordera de un año sin tacha, y
tres décimas de efa de flor de harina para ofrenda amasada con aceite, y un log
de aceite.
11 Y el
sacerdote que le purifica presentará delante de Jehová al que se ha de limpiar,
con aquellas cosas, a la puerta del tabernáculo de reunión;
12 y tomará
el sacerdote un cordero y lo ofrecerá por la culpa, con el log de aceite, y lo
mecerá como ofrenda mecida delante de Jehová.
13 Y
degollará el cordero en el lugar donde se degüella el sacrificio por el pecado
y el holocausto, en el lugar del santuario; porque como la víctima por el
pecado, así también la víctima por la culpa es del sacerdote; es cosa muy
sagrada.
14 Y el
sacerdote tomará de la sangre de la víctima por la culpa, y la pondrá el
sacerdote sobre el lóbulo de la oreja derecha del que se purifica, sobre el
pulgar de su mano derecha y sobre el pulgar de su pie derecho.
15 Asimismo
el sacerdote tomará del log de aceite, y lo echará sobre la palma de su mano
izquierda,
16 y mojará
su dedo derecho en el aceite que tiene en su mano izquierda, y esparcirá del
aceite con su dedo siete veces delante de Jehová.
17 Y de lo
que quedare del aceite que tiene en su mano, pondrá el sacerdote sobre el
lóbulo de la oreja derecha del que se purifica, sobre el pulgar de su mano
derecha y sobre el pulgar de su pie derecho, encima de la sangre del sacrificio
por la culpa.
18 Y lo que
quedare del aceite que tiene en su mano, lo pondrá sobre la cabeza del que se
purifica; y hará el sacerdote expiación por él delante de Jehová.
19 Ofrecerá
luego el sacerdote el sacrificio por el pecado, y hará expiación por el que se
ha de purificar de su inmundicia; y después degollará el holocausto,
20 y hará
subir el sacerdote el holocausto y la ofrenda sobre el altar. Así hará el
sacerdote expiación por él, y será limpio.
21 Más si
fuere pobre, y no tuviere para tanto, entonces tomará un cordero para ser
ofrecido como ofrenda mecida por la culpa, para reconciliarse, y una décima de
efa de flor de harina amasada con aceite para ofrenda, y un log de aceite,
22 y dos
tórtolas o dos palominos, según pueda; uno será para expiación por el pecado, y
el otro para holocausto.
23 Al octavo
día de su purificación traerá estas cosas al sacerdote, a la puerta del
tabernáculo de reunión, delante de Jehová.
24 Y el
sacerdote tomará el cordero de la expiación por la culpa, y el log de aceite, y
los mecerá el sacerdote como ofrenda mecida delante de Jehová.
25 Luego
degollará el cordero de la culpa, y el sacerdote tomará de la sangre de la
culpa, y la pondrá sobre el lóbulo de la oreja derecha del que se purifica,
sobre el pulgar de su mano derecha y sobre el pulgar de su pie derecho.
26 Y el
sacerdote echará del aceite sobre la palma de su mano izquierda;
27 y con su
dedo derecho el sacerdote rociará del aceite que tiene en su mano izquierda, siete
veces delante de Jehová.
28 También
el sacerdote pondrá del aceite que tiene en su mano sobre el lóbulo de la oreja
derecha del que se purifica, sobre el pulgar de su mano derecha y sobre el
pulgar de su pie derecho, en el lugar de la sangre de la culpa.
29 Y lo que
sobre del aceite que el sacerdote tiene en su mano, lo pondrá sobre la cabeza
del que se purifica, para reconciliarlo delante de Jehová.
30 Asimismo
ofrecerá una de las tórtolas o uno de los palominos, según pueda.
31 Uno en
sacrificio de expiación por el pecado, y el otro en holocausto, además de la
ofrenda; y hará el sacerdote expiación por el que se ha de purificar, delante
de Jehová.
32 Esta es
la ley para el que hubiere tenido plaga de lepra, y no tuviere más para su
purificación.
El
rito a observar una vez que fuese curado es de extrema relevancia en cuanto a
las verdades subyacentes que el mismo entrega ya que a un nivel micro, referido
a la persona curada, es paralelo a lo que en el Día de la Expiación se
efectuaba con el Tabernáculo.
Tal
similitud puede observarse, en el caso del leproso sanado, por las dos
avecillas que presentaba siendo que una era muerta mientras que la otra era liberada
(vv.4-7), esto relacionado con los dos machos cabríos que se presentaban el Día
de la Expiación (Levítico 16:7-10). Ambos machos cabríos, en cuanto al Día de
la Expiación, representan a Jesús.
Sobre
esto último, la enseñanza de la iglesia de Dios permite comprender que dicho
Día apuntaba a la obra redentora de Cristo, profeta, sacerdote y rey, sobre
todo en la figura de los dos machos cabríos: el macho cabrío sacrificado
representaba a Cristo, profeta, muriendo para reconciliarnos con el Padre; el
macho cabrío que se soltaba en el desierto representaba a Cristo, sacerdote,
quien con su intercesión logra el perdón de nuestros pecados. La figura de
Cristo como rey, no presente en el Día de la Expiación, se cumplimentará a Su
regreso.
Con
este entendimiento uno puede comprender, tomando como sombra el Día de la
Expiación y trayéndolo a la vida actual de la iglesia de Dios, que el
sacrificio de Cristo, el macho cabrío
sacrificado, fue hecho de una vez y para siempre, pero que la
intercesión de Cristo, el macho cabrío soltado en el desierto, es constantemente
efectuada por Él, de esta forma, si bien al acepar el sacrificio redentor de
Jesús todos nuestros pecados nos son perdonados, su intercesión permite
alcanzar perdón por aquellos pecados que dada nuestra carnalidad se siguen
cometiendo, con todo y todo, para que esto sea funcional, como lo era el Día de
la Expiación, uno debe ceñirse a los requerimientos que establece la Palabra en
cuanto a lo que de nosotros se espera, esto es, esforzarnos en el Camino,
obedeciendo la Ley de Dios, cumpliendo Su voluntad, proclamando el Evangelio y
siendo mediante nuestro testimonio ante las naciones sal de la tierra y luz del
mundo.
Pero
volviendo a Levítico 14, ¿cómo puede estarse seguro de esa similitud entre los
dos ritos, a saber: el del leproso curado y el del Día de la Expiación? Porque
claramente Levítico 16:16, referido al rito Día del Expiación, establece que el
mismo “purificar[ía] el santuario, a causa de las impurezas de los hijos de
Israel, de sus rebeliones y de todos sus pecados; de la misma manera hará
también al tabernáculo de reunión, el cual reside entre ellos en medio de sus
impurezas”, es decir, dicho rito tenía como objetivo principal purificar el
Templo, y ¿qué somos nosotros, aquellos que hemos respondido al llamamiento del
Padre para venir a salvación en el presente siglo? “¿O ignoráis que vuestro
cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis
de Dios, y que no sois vuestros?” (1 Corintios 6:19). De esta forma, el Día de
la Expiación, que purifica el Templo de Dios, se relaciona con el rito del
leproso sanado, que indica el templo que cada uno es que ha sido limpiado, por
lo que los dos machos cabríos del primero tienen su referente en las dos
avecillas que el segundo presenta para aquello con el mismo significado referido
a Cristo en sus dos funciones, profeta y sacerdote.
Con
todo y todo, la restauración plena de aquel que hubiese padecido lepra no se
concluía sino hasta el octavo día en que éste presentaba “dos corderos sin
defecto, y una cordera de un año sin tacha, y tres décimas de efa de flor de
harina para ofrenda amasada con aceite, y un log de aceite” (Levítico 14:10).
En
el caso dos corderos sin defecto, y una cordera de un año sin tacha, y tres
décimas de efa de flor de harina para ofrenda amasada con aceite, y un log de
aceite que se toman al octavo día, como todos los sacrificios del Antiguo
Testamento, estos apuntan a Cristo, al Mesías resucitado.
1 Pedro 3:18
Porque también Cristo padeció una sola vez por
los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la
verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu
1 Juan 2:2
Y él es la propiciación por nuestros pecados; y
no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo.
Colosenses
1:22
sin
embargo, ahora Él os ha reconciliado en su cuerpo de carne, mediante su muerte,
a fin de presentaros santos, sin mancha e irreprensibles delante de Él,
Pablo
disertando sobre esto señala en su carta a los hebreos
Hebreos
10
1 Porque la
ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las
cosas, nunca puede, por los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente
cada año, hacer perfectos a los que se acercan.
2 De otra
manera cesarían de ofrecerse, pues los que tributan este culto, limpios una
vez, no tendrían ya más conciencia de pecado.
3 Pero en
estos sacrificios cada año se hace memoria de los pecados;
4 porque la
sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados.
5 Por lo cual,
entrando en el mundo dice:
Sacrificio
y ofrenda no quisiste;
Mas me
preparaste cuerpo.
6 Holocaustos
y expiaciones por el pecado no te agradaron.
7 Entonces
dije: He aquí que vengo, oh Dios, para
hacer tu voluntad,
Como en el rollo del libro está escrito de mí.
8 Diciendo
primero: Sacrificio y ofrenda y holocaustos y expiaciones por el pecado no
quisiste, ni te agradaron (las cuales cosas se ofrecen según la ley),
9 y
diciendo luego: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad; quita lo primero,
para establecer esto último.
10 En esa
voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha
una vez para siempre.
11 Y
ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas
veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados;
12 pero
Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los
pecados, se ha sentado a la diestra de Dios,
13 de ahí en
adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies;
14 porque
con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.
15 Y nos
atestigua lo mismo el Espíritu Santo; porque después de haber dicho:
16 Este es
el pacto que haré con ellos
Después de aquellos días, dice el Señor:
Pondré mis leyes en sus corazones,
Y en sus mentes las escribiré,
17 añade:
Y nunca
más me acordaré de sus pecados y transgresiones.
18 Pues
donde hay remisión de éstos, no hay más ofrenda por el pecado.
19 Así que,
hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de
Jesucristo,
20 por el
camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne,
21 y
teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios,
22 acerquémonos
con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los
corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura.
23 Mantengamos
firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que
prometió.
24 Y
considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras;
25 no
dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos;
y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca.
La
sangre que el sacerdote toma del cordero de la culpa poniéndolo sobre “el
lóbulo de la oreja derecha del que se purifica, sobre el pulgar de su mano
derecha y sobre el pulgar de su pie derecho” (Levítico 14:25) simboliza
precisamente la sangre de Cristo que nos limpia para escuchar correctamente las
verdades divinas, para obrar correctamente conforme a ellas, y para andar correctamente
en concordancia con ello. De igual forma el aceite que el sacerdote toma poniéndolo
en el mismo lugar donde anteriormente se puso la sangre del cordero de la culpa,
—lóbulo de la oreja derecha del que se purifica, sobre el pulgar de su mano
derecha y sobre el pulgar de su pie derecho, en el lugar de la sangre de la
culpa— y sobre la cabeza, apunta al Espíritu Santo que aquel recibe para oír,
obrar y andar correctamente, conforme a las verdades divinas.
Respecto
de esto hay que entender que si bien la redención de Cristo para cada uno de
nosotros ha sido hecha de una vez y para siempre, si uno cae en el Camino puede
venir a pedir perdón al Padre por medio de Cristo, “hijitos míos, os escribo
estas cosas para que no pequéis. Y si alguno peca, Abogado tenemos para con el
Padre, a Jesucristo el justo” (1 Juan 2:1), es decir, apunta tanto al momento
en que aceptando uno a Cristo viene a salvación así como a las limpiezas
posteriores a ello que uno necesite por la caídas que se experimenten en el
andar.
El
mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de que el leproso debe llevar un
sacrificio después de haber sido purificado, sigue vigente, más sin embargo
espiritualizado referido a que lo presentado como parte de este rito apunta a
la limpieza del templo que es uno efectuada Cristo como profeta y por Cristo como
sacerdote, de igual forma apuntando lo presentado al octavo día al sacrificio
presentado, a Cristo, por cuya sangre hemos sido redimidos, ambas cosas tanto
al venir a salvación como después al pedir perdón por las caídas que se
experimenten, posibilitándonos de esta forma el oír las verdades divinas, el
obrar conforme a ellas y el andar el camino conforme a la voluntad del Padre,
tal cual corresponde a todo hijo de Dios.

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