42. También se debe ofrecer el primer día de cada mes (Nm. 28:11)
“Al
comienzo de vuestros meses ofreceréis en holocausto a Jehová dos becerros de la
vacada, un carnero, y siete corderos de un año sin defecto”
La
parte central del culto a Dios en el Antiguo Testamento giraba en torno a los
holocaustos, sacrificios y ofrendas que se hacían en el Templo. De estos, había
algunos que estaban pre-ordenados para realizarse en tiempo y forma, como en
este caso la indicación de Números 28:11.
Todos
los sacrificios ordenados por Dios como parte del culto de Su pueblo en el
Antiguo Testamento señalaban en última instancia al sacrificio redentor de
Jesús, pero Él, pero ¿por qué al comienzo de los meses se tenía que hacer estos
sacrificios adicionales y especiales?
Todos
los holocaustos, ofrendas y sacrificios establecidos por Dios como parte de su
pacto con Israel, consideraban la condición de los oferentes. Sin ser
excluyentes puede decirse que en el caso del sacerdote era un becerro (Levítico
4:3), en el caso del rey, dado que él estaba en una mejor condición (Levítico
5:7) ofrecía carneros (1 Crónicas 29:21; 2 Crónicas 29:32-35), en el caso del
pueblo podían ser corderos (Levítico 1:2-4). En este sentido, lo estipulado en Números
28:11 tiene el simbolismo e presentar a Cristo como el primero en todo,
abriendo cada mes del año, y el primero de todo, sacerdotes, reyes y
ciudadanos.
La
Palabra muestra a Cristo como el primero, el primogénito de muchos hermanos, Aquel
que, como en la cita de Números 28:11 referida a abrir cada mes, que inicia y
consuma el plan de la salvación para los hijos de Dios: “Porque a los que de antemano conoció,
también los predestinó a ser hechos conforme a la imagen de su Hijo, para que
Él sea el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a éstos
también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó,
a éstos también glorificó” (Romanos 8:29-30), “porque el que santifica y los
que son santificados, de uno son todos; por lo cual no se avergüenza de
llamarlos hermanos” (Hebreos 2:11); “Fijemos
la mirada en Jesús, el autor y consumador de la fe, quien por el gozo que le
esperaba sufrió la cruz y menospreció el oprobio, y se sentó a la derecha del
trono de Dios” (Hebreos 12:2).
Esta primacía está muy claramente expresada en Colosenses
1:15-20: “Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque
en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay
en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean
principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él
es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; y él es la
cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de
entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia; por cuanto agradó al Padre que en él habitase
toda plenitud, y por medio de él
reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las
que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz”, siendo
así que como primero en todo, Él es quien abre cada mes, cada etapa de nuestra
vida, cada momento de los hijos de Dios, de igual forma, Él es quien consuma en
todos y para todos el plan de nuestro Padre Dios.
El
mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de que también se debe ofrecer el
primer día de cada mes, sigue vigente más sin embargo espiritualizado referido a
Jesús como el primero en todo, el primogénito de todos, que, a la imagen de
aquel sacrificio que iniciaba cada mes, Él inicia en cada uno de los elegidos,
y para cada uno de sus momentos, la obra salvífica de nuestro Padre Dios, obra
que de igual forma Él consuma en quienes han de llegar ser hijos de Dios.

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