38. El sumo sacerdote puede casarse sólo con una virgen (Lv. 21:13 y 14)
“Tomará
por esposa a una mujer virgen. No tomará viuda, ni repudiada, ni infame ni
ramera, sino tomará de su pueblo una virgen por mujer”
Las
responsabilidades establecidas con relación a las funciones sacerdotales
implicaban que los mismos debían regularse por disposiciones aún de mayor
exigencia que las dadas para el pueblo y con relación a estas disposiciones, las
del sumo sacerdote aún eran de mayor trascendencia, como esta que señalaba que el
sumo sacerdote solo podía casarse sólo con una virgen.
Las
disposiciones que el Antiguo Testamento contienen relativas al sumo sacerdote apuntan
en última instancia a la función de Jesús, nuestro Señor, como Sumo Sacerdote (Salmos
110:4, Hebreos 5:6; 6:20), pero de igual forma los elegidos que hemos
respondido al llamamiento del Padre para venir a salvación en el presente
siglo, al tener la promesa de ser reyes y sacerdotes con Cristo en el reino
venidero (Revelación 1:6; 5:10) y al estar requeridos a imitarle (1 Corintios
11:1; 1 Juan 2:6), debemos considerarlas.
La
iglesia es presentada en la Escritura como una esposa que se está preparando
para recibir a su marido, Jesús: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como
Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el
lavamiento del agua por la palabra, a
fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni
arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha” (Efesios 5:25-27).
La
iglesia todavía está en ese proceso que le permitirá, en el reino venidero,
presentarse a Su Señor sin mancha ni arruga sino perfecta y santa, tal como es
presentada en Revelación 21 en la figura de la Nueva Jerusalén. De esto se
deduce que los miembros del Cuerpo de Cristo, en este siglo, deben ayudarse unos
a otros para edificarse con ese sentido (Romanos 14:19; 1 Tesalonicenses 5:11; Efesios
4:29), lo cual con mayor razón aplica para los esposos quienes deben, de igual
forma, tratar de que sus cónyuges puedan llegar a esa perfección y santidad que
es requerida para quienes llamados están a formar parte de la familia de Dios.
En
cuanto a los esposos: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a
la iglesia y se dio a sí mismo por ella… Así también los maridos deben amar a
sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama”
(Efesios 5:25, 28), “[y] vosotros, maridos, igualmente, convivid de manera
comprensiva [con vuestras mujeres,] como con un vaso más frágil, puesto que es
mujer, dándole honor como a coheredera de la gracia de la vida, para que
vuestras oraciones no sean estorbadas” (1 Pedro 3:7), “maridos, amad a vuestras
mujeres y no seáis ásperos con ellas” (Colosenses 3:19).
En
cuanto a las esposas: “Las mujeres [estén sometidas] a sus propios maridos como
al Señor “(Efesios 5:22), “Mujeres, estad sujetas a vuestros maridos, como
conviene en el Señor” (Colosenses 3:18), “asimismo vosotras, mujeres, estad
sujetas a vuestros maridos, de modo que si algunos [de ellos] son desobedientes
a la palabra, puedan ser ganados sin palabra alguna por la conducta de sus
mujeres al observar vuestra conducta casta y respetuosa. Y que vuestro adorno
no sea externo: peinados ostentosos, joyas de oro o vestidos lujosos, sino [que
sea] el yo interno, con el adorno incorruptible de un espíritu tierno y sereno,
lo cual es precioso delante de Dios. Porque así también se adornaban en otro
tiempo las santas mujeres que esperaban en Dios, estando sujetas a sus maridos.
Así obedeció Sara a Abraham, llamándolo señor, y vosotras habéis llegado a ser
hijas de ella, si hacéis el bien y no estáis amedrentadas por ningún temor” (1
Pedro 3:1-6).
Esto
independientemente de las responsabilidades de la propia edificación inherentes
al llamado que se ha respondido, pero enfocado aquí, con relación a la cita de Lv.
21:13 y 14, a la manera en que los miembros del Cuerpo de Cristo, con énfasis
en los esposos, pueden —o más bien deben— coadyuvar a para llegar como iglesia
a presentarse sin mancha ni arruga, perfecta y santa, a Su Señor a su regreso.
El
mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de que el sumo sacerdote puede
casarse sólo con una virgen, sigue vigente más sin embargo espiritualizado referido
en última instancia al culmen de la historia de la salvación donde nuestro
Señor se desposa con una iglesia sin mancha ni arruga, perfecta y santa, y en
ese contexto referida a la manera en que todos los elegidos que han respondido
al llamamiento del Padre para venir a salvación, con énfasis en los esposos,
pueden —más bien deben— coadyuvar para alcanzar ese objetivo tal cual
corresponde a todo hijo de Dios.

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