36. Las familias sacerdotales deben oficiar en rotación (Dt. 18:6-8)



“Y cuando saliere un levita de alguna de tus ciudades de entre todo Israel, donde hubiere vivido, y viniere con todo el deseo de su alma al lugar que Jehová escogiere,  ministrará en el nombre de Jehová su Dios como todos sus hermanos los levitas que estuvieren allí delante de Jehová.  Igual ración a la de los otros comerá, además de sus patrimonios”

Lo que se conoció en el Antiguo Testamento como el sacerdocio de Aharón (Hebreos 7:11) implicaba la participación de los Levitas en las cuestión relativa a los servicios del Templo. Moisés y Aharón era de la tribu de Levi (Éxodo 6:16-20), el sacerdocio fue otorgado a Aharón y sus descendientes (Éxodo 30:30), más sin embargo en el resto de actividades relativas al culto los Levitas participaban (Números 18), es por ello que la cita de Deuteronomio 18:6-8 considera esta situación a efecto de que la movilidad de los Levitas en el reino no afectara el llamamiento que se les hizo.

Los elegidos que respondiendo al llamamiento han venido a salvación en el presente siglo son receptores de la misma consideración pues los mismos han dejado de ser parte del mundo para llegar a conformarse como parte del Cuerpo de Cristo, por lo que entre ellos no debe haber distinción alguna: “No hay Judío, ni Griego; no hay siervo, ni libre; no hay varón, ni hembra: porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28).

Un rasgo muy común de nuestra naturaleza es a menospreciar aquello que se conoce por la familiaridad misma de la relación (Lucas 4:24; Marcos 6:4) o menospreciar lo que se desconoce por la incertidumbre referida a ello (Éxodo 2:14), pero entre los hijos de Dios no debe haber acepción de personas: “Hermanos míos, que vuestra fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo sea sin acepción de personas. Porque si en vuestra congregación entra un hombre con anillo de oro y con ropa espléndida, y también entra un pobre con vestido andrajoso, y miráis con agrado al que trae la ropa espléndida y le decís: Siéntate tú aquí en buen lugar; y decís al pobre: Estate tú allí en pie, o siéntate aquí bajo mi estrado;  ¿no hacéis distinciones entre vosotros mismos, y venís a ser jueces con malos pensamientos?” (Santiago 2:1-4).

La congregación de los elegidos debe actuar con imparcialidad, sea que un converso sea ya conocido o sea alguien desconocido, la parcialidad no debe tener cabida en la manera en que los elegidos actúan entre sí.

Es cierto que cada uno de los integrantes del Cuerpo de Cristo tiene diferentes dones dados por el Espíritu para la edificación de sus miembros, “ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo.  Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo.  Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho.  Porque a éste es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu;  a otro, fe por el mismo Espíritu; y a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu.  A otro, el hacer milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversos géneros de lenguas; y a otro, interpretación de lenguas” (1 Corintios 12:4-10), pero esa diversidad de dones no es en ningún momento motivo para la acepción de personas, “pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere.  Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo.  Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu.  Además, el cuerpo no es un solo miembro, sino muchos.  Si dijere el pie: Porque no soy mano, no soy del cuerpo, ¿por eso no será del cuerpo?  Y si dijere la oreja: Porque no soy ojo, no soy del cuerpo, ¿por eso no será del cuerpo?  Si todo el cuerpo fuese ojo, ¿dónde estaría el oído? Si todo fuese oído, ¿dónde estaría el olfato?  Mas ahora Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como él quiso.  Porque si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo?  Pero ahora son muchos los miembros, pero el cuerpo es uno solo.  Ni el ojo puede decir a la mano: No te necesito, ni tampoco la cabeza a los pies: No tengo necesidad de vosotros.  Antes bien los miembros del cuerpo que parecen más débiles, son los más necesarios;  y a aquellos del cuerpo que nos parecen menos dignos, a éstos vestimos más dignamente; y los que en nosotros son menos decorosos, se tratan con más decoro.  Porque los que en nosotros son más decorosos, no tienen necesidad; pero Dios ordenó el cuerpo, dando más abundante honor al que le faltaba,  para que no haya desavenencia en el cuerpo, sino que los miembros todos se preocupen los unos por los otros.  De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan.  Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular. Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego los que hacen milagros, después los que sanan, los que ayudan, los que administran, los que tienen don de lenguas.  ¿Son todos apóstoles?, ¿son todos profetas?, ¿todos maestros?, ¿hacen todos milagros?  ¿Tienen todos dones de sanidad?, ¿hablan todos lenguas?, ¿interpretan todos?  Procurad, pues, los dones mejores. Más yo os muestro un camino aún más excelente” (1 Corintios 12:11-31)

El mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de que las familias sacerdotales deben oficiar en rotación, sigue vigente más sin embargo espiritualizado referido a todos los miembros del Cuerpo de Cristo, aquellos que han respondido al llamamiento del Padre para venir a salvación, y que por ese sólo han hecho han pasado a formar una unidad con el resto de los elegidos siendo que entre ellos no debe haber acepción de personas sino estimularse unos a otros para poner sus dones al servicio de la edificación de la iglesia, como corresponde a todo hijo de Dios.

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