30. Deben quitar las cenizas diariamente (Lv. 6:10,11)
“Y
el sacerdote se pondrá su vestidura de lino, y vestirá calzoncillos de lino
sobre su cuerpo; y cuando el fuego hubiere consumido el holocausto, apartará él
las cenizas de sobre el altar, y las pondrá junto al altar. Después se quitará
sus vestiduras y se pondrá otras ropas, y sacará las cenizas fuera del
campamento a un lugar limpio”
Los
sacerdotes que ministraban en el Tabernáculo y posteriormente en el Templo tenían
la comisión de quitar las cenizas relacionadas con el fuego que ante el altar
ardía continuamente. Esta instrucción dada a ellos es lógica pues el mismo
fuego del altar, así como lo que en él se consumía, exigía una limpieza
constante de los residuos que se generaban.
Como
ya se comentó, el significado espiritual para los cristianos de este fuego que
constantemente ardía delante del altar (Levítico 6:13) es referido a las pruebas a los que los elegidos son
sometidos para su propia corrección, para su propia edificación, que terminan
refinando sus oraciones imperfectas y manchadas para hacerlas aceptas al Padre,
perfectas y santas, por la intercesión de Jesús, nuestro Sumo Sacerdote.
Las
cenizas se utilizan en la Escritura como símbolo de lo efímero e inconsistente (Job 13:12), como
reconocimiento del propio pecado y señal de penitencia (Jonás 3:6; Mateo 11:21; Lucas 10:13), como manifestación
de dolor y de luto (2 Samuel 13:19; Ezequiel 27:30; Revelación 18:19), así que las cenizas,
espiritualmente hablando, que quedan del fuego que constantemente arde ante el
altar, son esos residuos que en nosotros permanecen de las pruebas a las que
somos sometidos, es decir, de nosotros debe retirarse aquello por lo que hallamos
pasado en las diversas tentaciones y tribulaciones, lo cual también aplica para
los tropiezos y caídas que experimentemos, para no vivir anclados en el pasado
y avanzar en el Camino.
Pablo
señala esto cuando dice de sí mismo “hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya
alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y
extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo
llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Filipenses 3:13-14), de igual forma Cristo
lo señalo diciendo “Nadie, que después de poner la mano en el arado mira atrás,
es apto para el reino de Dios” (Lucas 9:62), y de nuevo Pablo considerando esto
dice “por tanto, dejando las enseñanzas elementales acerca de Cristo, avancemos
hacia la madurez, no echando otra vez el fundamento del arrepentimiento de
obras muertas y de la fe hacia Dios” (Hebreos 6:1).
Como
se comentó, esto también aplica para los tropiezos y caídas que experimentemos.
Pensemos el caso de Job, la evolución que el mismo experimentó de creerse justo
ante Dios a reconocer que le faltaba mucho para ello, reconocimiento que sólo
fue posible por el tropiezo, la caída que experimento, pero ¿cuál fue el
desenlace de ello? “Job recibió de Dios más bendiciones que en los primeros” (Job
42:12).
Pablo
de igual forma experimentaba, como nosotros, esta carnalidad que lo llevaba a
pruebas y tribulaciones, a tropiezos y caídas: “Porque no hago el bien que
quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo,
sino el pecado que mora en mí. Así que,
queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en
la ley de Dios; pero veo otra ley en mis
miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la
ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí!, ¿quién me librará de este
cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo
mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado”.
Dichas
pruebas y tribulaciones, dichos tropiezos y caídas, tenían la finalidad de trabajar
en Pablo, al igual que con Job, al hombre interior: “Y para que la grandeza de
las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi
carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca
sobremanera; respecto a lo cual tres
veces he rogado al Señor, que lo quite de mí. Y me ha dicho: Bástate mi gracia;
porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me
gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de
Cristo” (2 Corintios 12:7-9).
De
esta forma el cristiano no puede anclarse en las pruebas y tribulaciones experimentadas,
tampoco en los tropiezos y caídas, actuar de esta forma es detener el andar y
la Escritura nos impele a seguir avanzando, a sacar esas cenizas espirituales
que el fuego al que hayamos sido sometidos deja en nuestra vida para ir
creciendo en el conocimiento de Dios y Su Hijo.
El
mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de quitar diariamente las cenizas,
que como parte del fuego que constantemente arde frente al altar y lo que ahí
se consume dejen, sigue vigente más sin embargo espiritualizado referido a esos
residuos que en nosotros permanecen de las pruebas a las que somos sometidos,
es decir, de nosotros debe retirarse aquello por lo que hallamos pasado en las
diversas tentaciones y tribulaciones, lo cual también aplica para los tropiezos
y caídas que experimentemos, para no vivir anclados en el pasado y avanzar en
el Camino, como corresponde a todo hijo de Dios.

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