29. Deben mantener el fuego ardiendo en el altar continuamente (Lv. 6:13)
“El fuego arderá continuamente en el altar;
no se apagará”
Otra de las obligaciones que tenían los
sacerdotes como parte del servicio en el templo era mantener ardiendo el fuego
en al altar. Para cumplir con esto había todo un orden para que siempre se
alimentara el fuego y que los sacerdotes estuvieran al tanto de que no se
apagar. Ese era el fuego donde se quemaba el incienso el cual, como ya se vio,
son las oraciones de los santos (Revelación 8:4).
El fuego en la Escritura siempre tiene el
significado de purificar (Malaquías 3:2), en ocasiones esto aplica para los
impíos (Salmos 11:6; 2 Pedro 3:7), pero también a veces aplica para los
elegidos como una forma de corrección o de edificación (1 Pedro 1:7; Eclesiástico
2:5).
Sobre esto último, la Escritura es muy clara
que los que se acercan a Dios son corregidos por Él, “porque al que ama castiga,
como el padre al hijo a quien quiere” (Proverbios 3:12), y todavía con mayor
énfasis y claridad señala “porque el Señor al que ama castiga, y azota a
cualquiera que recibe por hijo” (Hebreos 12:6).
Sobre esto último Pablo es aún más explícito
cuando presenta el contexto de dicha corrección, la cual no es para destrucción
como en el caso de los impíos sino para corrección: “Pero si se os deja sin
disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y
no hijos. Por otra parte, tuvimos a
nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué
no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? Y aquéllos, ciertamente por pocos días nos
disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es
provechoso, para que participemos de su santidad. Es verdad que ninguna disciplina al presente
parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de
justicia a los que en ella han sido ejercitados” (Hebreos 12:8-11).
Los elegidos que han respondido al
llamamiento del Padre para venir a salvación en el presente siglo, quienes en
el reino venidero serán con Cristo reyes y sacerdotes, participan de ya en
dicho sacerdocio, pero de igual forma, como señala la Escritura, la edificación
requerida para alcanzar la estatura perfecta de Cristo (Efesios 4:13), pasa por
esa corrección, pero si uno apaga el fuego, es decir, si deja que las pruebas y
tribulaciones terminen por derrumbarlo, se cerrará la puerta para la corrección
y edificación requerida para ese perfeccionamiento y santificación que el Espíritu
de Dios está obrando en cada uno.
Los santos en el presente siglo caminan hacia
la ciudad por Dios prometida, en este ínterin elevan sus oraciones, oraciones
imperfectas y manchadas por la propia carnalidad que aún se padece, pero el
fuego al que por las pruebas son sometidos purifica dicha oración llegando ésta
a ser acepta al Padre por medio de Jesus, Sumo Sacerdote (Hebreos 5).
El
mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de mantener el fuego ardiendo en
el altar continuamente sigue vigente más sin embargo espiritualizado referido a
las pruebas a los que los elegidos son sometidos para su propia corrección,
para su propia edificación, que terminan refinando dichas oraciones imperfectas
y manchadas para hacerlas aceptas al Padre, perfectas y santas, por la intercesión
de Jesús, nuestro Sumo Sacerdote, como parte de la familia de Dios.

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