24. Antes de entrar en el templo o participar del culto, los sacerdotes deben lavarse las manos y los pies (Éx. 30:19)
“Y
de ella se lavarán Aarón y sus hijos las manos y los pies”
Las
normas relativas al servicio religioso dadas por Dios a Su pueblo en lo que se
conoce como el Antiguo Testamento, incluían varias disposiciones relacionadas
con la limpieza ritual requerida para ello, dentro de estas normas había
algunas que aplicaban específica y exclusivamente a los encargados del culto,
los sacerdotes y en estas estaba la disposición de lavarse las manos y los pies
antes de entrar al Templo.
Levítico
8 contiene las indicaciones relativas a la consagración de los sacerdotes,
dentro de estas indicaciones estaba que los mismos, previo a la colocación de
las vestiduras y al ungimiento, debían ser lavados (v. 6), este lavamiento era
total y completo, con todo y todo era efectuado una sola vez, más sin embargo,
la disposición de lavarse las manos y los pies era permanente y constante,
aplicable a cualquier momento en que el sacerdotes fuese a ingresar al Templo
como parte de los servicios establecidos.
En
la actualidad, los elegidos, quienes están llamados a ser con Cristo reyes y
sacerdotes, observan las mismas disposiciones con el sentido pleno por el cual
en su momento fueron dictadas. El lavamiento como parte de la consagración de
los sacerdotes (Levítico 8:6) tiene su referente en el bautismo mediante el
cual los cristianos obtienen plena remisión de sus pecados (Hechos 2:38), a
partir de esta consagración, los elegidos comienzan a compartir con Cristo Sus
funciones —profeta, sacerdote y rey—, aunque la plena realización de las mismas
se llevará a cabo a Su regreso, es así como el levarse las manos y los pies es
igualmente aplicable, aunque con el sentido espiritual que las normas materiales
simbolizaban, esto es, limpiar lo que se ha hecho y limpiarse de dónde se ha andado.
Jesús,
dando lustre a la Ley (Isaías 42:21), establece en Mateo 5:21-22: “Oísteis que
fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de
juicio. Pero yo os digo que cualquiera
que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga:
Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga:
Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego”, más sin embargo, reconociendo
nuestra fragilidad, aclara que quien tenga algún conflicto con su hermano, debe
primeramente lavarse las manos, reconciliar las obras que son contrarias a la
Palabra, antes de venir a ministrar como sacerdote ante Dios: “Por tanto, si
traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo
contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero
con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda” (Mateo 5:23-24).
De
igual forma, aunque lavados por el bautismo, los cristianos siguen en este
mundo y son contaminados por él, pero constantemente debe uno estarse lavando
de esa contaminación que nuestro caminar en esta tierra trae como consecuencia
de ello: “Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es
luz, y no hay ningunas tinieblas en él. Si
decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no
practicamos la verdad; pero si andamos
en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de
Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado. Si decimos que no tenemos pecado, nos
engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y
justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a
él mentiroso, y su palabra no está en nosotros” (1 Juan 1:5-10).
El
mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de que antes de entrar en el
templo o participar del culto, los sacerdotes deben lavarse las manos y los
pies sigue vigente más sin embargo espiritualizado referido a limpiar aquellas
obras que hechas sean contrarias al llamamiento que del Padre se ha recibido y
a limpiarse de la contaminación que nuestro caminar en esta tierra trae como
consecuencia de ello, tal cual corresponde a aquellos que respondiendo al
llamado buscan ejercer un sacerdocio santo como corresponde a todo hijo de
Dios.

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