22. Debe ser vigilado a toda hora (Nm. 18:4)
“Se
juntarán, pues, contigo, y tendrán el cargo del tabernáculo de reunión en todo
el servicio del tabernáculo; ningún extraño se ha de acercar a vosotros”
Sin
duda alguna que la adoración divina en el Antiguo Testamento tenía como centro
al mismo Templo que Dios mismo había encargado construir. Dado que la manifestación
de Dios ahí estaba presente (Éxodo 25:22),
el lugar debía ser tratado con sumo respeto y cuidado, siendo uno de estos
aspectos las consideraciones para que nadie extraño, ajeno al Templo ingresase
indebidamente al lugar.
Para
el común de israelitas las cuestiones relativas a los holocaustos, ofrendas y
sacrificios estaban vedadas siendo esta sólo posible ser realizadas por los
sacerdotes y los levitas, e incluso entre estos había restricciones para
ciertas actividades, por ejemplo, el ingreso al Lugar Santísimo en el Día de la
Expiación, lo cual sólo podía hacer el Sumo Sacerdote (Levítico 16).
Todos
conocemos el pasaje de la Escritura donde ciertos judíos acusaron a Pablo precisamente
de profanar el Templo metiendo gentiles, esto porque el celo hacia ese espacio,
basado en las indicaciones que sobre el mismo había dado Dios, los llevaba a
estos extremos.
El
Templo de Jerusalén ya no existe más, fue destruido en el año 70 d.C. por las
hordas romanas, más sin embargo en cada uno de quienes han aceptado el
llamamiento del Padre, a partir del advenimiento de Cristo, existe un templo
que debe ser cuidado, resguardado con el mismo celo que el Templo del Antiguo
Testamento: ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita
en vosotros?” (1 Corintios 3:16).
En
este entendido, dado que ahora cada uno de nosotros somos templo de Dios, ¿vamos
a meter extraños a este? “¿qué compañerismo tiene la justicia con la
injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas?” (2 Corintios 6:14).
Pero
alguien pudiera preguntar ¿cómo es que podemos meter extraños a este templo que
somos nosotros?, ¡con lo que permitimos que ingrese en él! “No erréis; las
malas conversaciones corrompen las buenas costumbres” (1 Corintios 15:33), después de todo “un poco
de levadura leuda toda la masa” (Gálatas 5:9).
Entonces,
¿cómo podemos cuidar la santidad de este templo que somos? “El que anda con
sabios, sabio será” (Proverbios 13:20), “compañero soy yo de todos los que te temen
y guardan tus mandamientos” (Salmo 119:63), “no te entremetas con el iracundo,
ni te acompañes con el hombre de enojos, no sea que aprendas sus maneras, y tomes lazo
para tu alma” (Proverbios 22:24-25),”ni tengas envidia de los que hacen
iniquidad. 2 Porque como hierba serán pronto cortados, y como la hierba verde
se secarán” (Salmo 37:1-2), “no participéis en las obras infructuosas de las
tinieblas, sino más bien reprendedlas” (Efesios 5:11), “os ruego, hermanos, que os fijéis en los que
causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis
aprendido, y que os apartéis de ellos” (Romanos 16:17), “nadie os engañe con
palabras vanas, porque por estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de
desobediencia” (Efesios 5:6-8), “oí otra voz del Cielo, que decía: Salid de
ella [de Babilonia], pueblo Mío, para que no seáis partícipes de sus pecados,
ni recibáis parte de sus plagas” (Revelación 18:4).
El
mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de vigilar el templo de Dios a
toda hora sigue vigente más sin embargo espiritualizado referido al templo que
cada uno es, siendo que se debe cuidar que nada extraño, ajeno a la santidad a
la que hemos sido llamados ingrese en nosotros contaminándonos y pidiendo, como
David, la ayuda de Dios para ello, “no dejes que se incline mi corazón a cosa
mala, a hacer obras impías con los que hacen iniquidad; y no coma yo de sus
deleites” (Salmo 141:4), como corresponde a cada hijo de Dios.

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