20. Construir un templo para Dios (Éx. 25:8)
“Y
harán un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos”
El
santuario que Dios mandó a Su pueblo que le edificase, y al que se refiere al
cita de Éxodo 25:8, era el Tabernáculo, y como se menciona en ese mismo capítulo,
en el versículo 9, dicho Tabernáculo debía ser hecho, en palabras de Dios, “conforme a todo lo que yo te muestre, el
diseño del tabernáculo, y el diseño de todos sus utensilios, así lo haréis”.
En
Éxodo 26 se dan las instrucciones que el pueblo de Israel debía de seguir para
levantar el Tabernáculo y en Éxodo 36.8-38 se presenta al pueblo haciendo tal
cual se le había indicado.
El
Tabernáculo, y posteriormente el Templo de Jerusalén, edificado este último
tomando como referencia al primero, era el centro del culto a Dios. Las
instrucciones para su edificación son sumamente detalladas y, aunque sería
extenso entrar a detalle en ello, implicaba diseño, medidas, ubicaciones y demás.
Estas características, estos detalles, no solamente eran de diseño o arquitectónicos,
como podría suponerse, sino que cada uno contiene un sinfín de simbolismos, más
sin embargo de manera general puede decirse que el Tabernáculo apuntaba a la
manera en que Dios, a lo largo de la historia, estaría conformando Su familia.
Lo
interesante de Éxodo 25:8-9 es que el Tabernáculo, en palabras de Dios mismo,
era “para que yo habite entre ellos”. Se dice que es interesante por que en
Juan 1:14 tenemos una cita muy conocida, referida a Jesús, que señala como es
que “el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria
como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”. La palabra
traducida como “habitó” es eskēnōsen, ἐσκήνωσεν que significa morada, vivienda,
tabernáculo, exactamente igual que mishkán, מִשְׁכָּן.
Si
tradujéramos Juan 1:14 bajo esta premisa sería correcto indicar que “el Verbo
se hizo carne, y [levantó su tienda, levantó su tabernáculo] entre nosotros, y
vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de
verdad”.
Así
que tenemos dos referentes para la palabra Tabernáculo, uno relacionado con el
lugar donde mora [vivienda] Dios y Su Hijo, el otro referido con los lugares
donde mora [vivienda] su pueblo. De esta forma
la fiesta de los Tabernáculos tiene su referente en la sombra
representativa a cumplimentarse en un futuro cuando Jesús y el Padre habiten
entre nosotros, pero de igual forma se refiere a nosotros cuando lleguemos a
ser tabernáculos.
1
Corintios 3:16 nos pregunta “¿no sabéis que sois templo de Dios, y que el
Espíritu de Dios mora en vosotros?”, así que nosotros somos el templo de Dios y
Su Espíritu mora en nosotros.
Si
bien somos templo de Dios estamos siendo en este momento edificados, sobre esto
Efesios 2:19-20 nos dice “Así pues, ya no sois extraños ni extranjeros, sino
que sois conciudadanos de los santos y sois de la familia de Dios, edificados
sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Cristo Jesús mismo la
piedra angular”, de igual forma Colosenses 2:6-7 dice “Por tanto, de la manera
que recibisteis a Cristo Jesús el Señor, así andad en El; firmemente arraigados
y edificados en El y confirmados en vuestra fe, tal como fuisteis instruidos,
rebosando de gratitud”.
Pero
este proceso que ahorita se está llevando en nosotros, y que posteriormente
estará disponible para toda la humanidad, tiene un fin, Efesios 4:13 nos lo
señala al decirnos que durará “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y
del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la
estatura de la plenitud de Cristo”, de
igual forma Romanos 8:29 dice “porque a
los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes
a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos”,
y si somos conformados a la imagen del Hijo, somos conformados a la imagen del
Padre, pues como dice Colosenses 1:15 “Él [Jesús] es la imagen del Dios
invisible, el primogénito de toda creación”, y esto porque así lo estableció el
Padre desde un principio como dice 1 Juan 3:1-2 “Mirad cuál amor nos ha dado el
Padre, que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce,
porque no le conoció a Él [Jesús]. Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha
manifestado lo que habremos de ser. Pero sabemos que cuando Él [Jesús] se
manifieste, seremos semejantes a Él porque le veremos como Él es”. El
cumplimiento de este plan sin duda alguna deviene en gozo y alabanza a Dios
quien lo hace posible: “En gran manera me gozaré en Jehová, mi alma se
regocijará en mi Dios; porque Él me ha vestido de ropas de salvación, me ha
envuelto en manto de justicia como el novio se engalana con una corona, como la
novia se adorna con sus joyas” (Isaías 61:10)
Juan
14:23 resume de manera muy clara y concreta esto al señalar que “Respondió
Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y
vendremos a él, y haremos morada con él”. Siendo el resultado de esto, lo que
señala Revelación 21:3 cuando dice “Y oí una gran voz del cielo, que decía: «El
tabernáculo de Dios está ahora con los hombres. Él morará con ellos, ellos
serán su pueblo y Dios mismo estará con ellos como su Dios»”.
El
mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de construir un templo para Dios vigente
más sin embargo espiritualizado referido, en una primera instancia, a la sombra
representativa a cumplimentarse en un futuro cuando Jesús y el Padre habiten
entre nosotros, pero de igual forma tiene un segundo referente a de la sombra
representativa a cumplimentarse en un nosotros al llegar a ser tabernáculos
como hijos de Dios.

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