19. Se ha de alabar a Dios después de comer (Dt. 8:10)
“Y
comerás y te saciarás, y bendecirás a Jehová tu Dios por la buena tierra que te
habrá dado”
Si
bien Dios nos ha diseñado con ciertas
necesidades, también es un hecho que el mismo se encarga de proveer lo que ocupemos,
con todo y todo la Ley no dejaba de incorporar en sus normas la obligatoriedad
de alabar a Dios por esa proveeduría.
“Nada
hay mejor para el hombre que comer y beber y decirse que su trabajo es bueno.
Esto también yo he visto que es de la mano de Dios” (Eclesiastés 2:24). Si es
de la mano de Dios esto debe reconocerse, agradecerse, es por ello que la satisfacción
de necesidades físicas, al reconocer como la fuente de ello a nuestro Creador,
debe generar en uno la respuesta positiva, alegre, gozosa de ello reconociéndole
por Su infinita misericordia y eterno amor.
Tal
vez alguien pudiera considerar innecesaria esta norma, pero conociendo como
nuestra naturaleza es de memoria corta y en ocasiones incluso malagradecida, se
hace necesario que quede establecido como una obligación, “Vanidad y palabra
mentirosa aparta de mí; no me des pobreza ni riquezas; mantenme del pan
necesario; No sea que me sacie, y te
niegue, y diga: ¿Quién es Jehová? O que siendo pobre, hurte, y blasfeme el
nombre de mi Dios” (Proverbios 30:8-9).
Ahora
bien, el hecho de que sea una norma, algo obligatorio, no impide que se haga
con gozo, con alegría, ¿cómo podrá alguien que puede satisfacer su necesidad más
básica de alimentarse no estar gozoso, alegre?, pues es ese mismo gozo, esa
misma alegría, la que debe mover al corazón a agradecer a Dios por sus dones,
bienes y ternuras que para con nosotros tiene.
Ahora
bien, si bien esta alimentación en primera instancia se refiere en efecto a la
cuestión física, material, también tiene una connotación espiritual, después de
todo “No sólo de pan vivirá el hombre, sino también de toda palabra que salga
de los labios de Dios” (Deuteronomio 8:4; Mateo 4:4).
Así
tenemos que la manera de alimentarse del cristiano es aquella en la cual se
hace de la Palabra de Dios su principal alimento. Uno es lo que come, dice un
dicho popular, y en efecto esto es así, tanto en el plano materia, emocional,
mental y espiritual, de igual forma la Escritura incorpora este principio.
Nadie pretendería que comer la carne de Cristo o beber Su sangre (Juan 6:51-57) implique efectivamente el consumirlo de
manera material, sino el de volverse uno con Él, por Él y para Él, “porque la
palabra de Dios es viva y eficaz” (Hebreos 4:12), siendo que “el ocuparse de la
carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz” (Romanos 8:6). Si
podemos hacer esto uno debe reconocer al autor de ello, Dios, y alabarle.
A
lo largo de la Escritura la instrucción al que forma parte del Pueblo de Dios
es a leer, estudiar, meditar constantemente sobre la palabra de Dios con el fin
de ser ser enseñados, redargüidos, corregidos
e instruidos (2 Timoteo 3:17), este no se da de un momento a otro sino
que es un proceso que dura toda una vida ya que
el Padre está formando a Cristo en nosotros (Gálatas 4:19), siendo que
Él la llevará a término como la pensó (Filipenses 1:6), hasta alcanzar la
estatura perfecta de Cristo (Efesios 4:13), mientras tanto Él nos dice
"bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad (2
Corintios 12:9).
El
mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de ha de alabar a Dios después de
comer sigue vigente más sin embargo espiritualizado tanto para el comer físico
como para el comer espiritual reconociendo a Dios como el proveedor de aquello
que necesitamos para vivir de manera temporal y más: para vivir de manera
permanente como hijos suyos.

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