15. Ha de fijarse una mezuzá en la puerta (Dt. 6:9)
“y
las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas”
La
idea escritural de tener constantemente presenta la instrucción que de Dios se
había recibido abarcaba varios aspectos de la vida, uno de estos implicaba el
colocar dicha instrucción en los postes de la casa y en sus puertas, el
cumplimiento de esto se hace con lo que se conoce como mezuzá.
Mezuzá
(del hebreo מְזוּזָה, «jamba de la puerta»; plural mezuzot) es un pergamino que
tiene escrito dos versículos de la Torá, Deuteronomio 6:4-9 y Deuteronomio
11:13-21; se encuentra albergado en una caja o receptáculo que está adherido a
la jamba derecha de los pórticos de las casas y ciudades judías. Es una de las
características más singulares de las moradas de los judíos.
Con
todo y todo la cita de Deuteronomio 6:9 no dice que solo sean esas dos citas
las que sean colocadas en los postes y en la spuertas de las casas, la
indicación habla de toda la Ley, ¿entonces?
La
imagen natural de poner toda la instrucción en los postes y en las puertas de
las casas tiene el significado de hacer que la Palabra misma sea la que
sostenga la edificación donde vivimos: “Cualquiera, pues, que me oye estas
palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa
sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y
golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca.
Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un
hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena; y descendió lluvia, y
vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y
cayó, y fue grande su ruina” (Mateo 7:24-27).
La
imagen de la casa no se circunscribe solamente al espacio físico donde se vive
sino que apunta en un sentido más amplio a la vida misma que tenemos, después
de todo este cuerpo donde moramos es referido en la Escritura como la tienda
que habitamos: “porque sabemos, que si la casa terrestre de nuestra habitación
se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna
en los cielos” (2 Corintios 5:1).
“El
primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, es
del cielo. Cual el terrenal, tales
también los terrenales; y cual el celestial, tales también los celestiales. Y así como hemos traído la imagen del
terrenal, traeremos también la imagen del celestial” (1 Corintios 15:47-49), pero
para que esto se lleve a cabo nuestra vida debe reflejar la perfección y
santidad del Padre, perfección y santidad que sólo es posible mostrar en
nuestra vida, en estas casas que ahorita habitamos, si Su Ley, escrita en nuestra
mente y en nuestro corazón, nos sirve de fundamento.
El
mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de que ha de fijarse una mezuzá
en la puerta sigue vigente más sin embargo espiritualizado como ese fundamento,
la Palabra escrita y la Palabra hecha carne, sobre el cual debemos edificar nuestra
vida para reflejar en la misma, ahora de manera parcial pero de manera completa
en el reino venidero, el carácter perfecto y santo del Padre, tal cual corresponde
a quienes se dicen Sus hijos.

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