13. También ha de atarse a la mano (Dt. 6:8)



“Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos”

La instrucción divina respecto de las mismas instrucciones dadas en la Ley indicaba que dichas instrucciones debían estar atadas como señal en la mana, la aplicación literal de esta indicación ha sido cumplida por el pueblo judío con lo que se conoce como tefilín, el tefilín consiste de una pequeñas caja de cuero unidas a correas de cuero la cual contiene cuatro secciones de la Torá escritas en pergamino. Esos pasajes son: (1) El Shemá (Deuteronomio 6:4-9) —que proclama la Unicidad del Único Dios, (2)  Vehaia (Deuteronomio 11:13-21) —que expresa la promesa de Dios de que nos recompensará si seguimos observando los preceptos de Su Ley, y nos advierte de la retribución por desobedecerlos, (3)  Kadesh (Éxodo 13:1-10) —el deber del pueblo judío de recordar siempre la redención de la servidumbre egipcia, y (4)  Vehaia (Éxodo 13:11-16) —la obligación de todo judío de informar de esto a sus hijos.

Con todo y todo la cita de Deuteronomio 6:8 no dice que solo sean esas cuatro citas las que sean atadas en la mano con los tefilín, la indicación habla de toda la Ley, ¿entonces?

La imagen natural de atar frontales en la mano tiene el significado de poner por obra lo que de la Ley se obtiene a través de la instrucción “porque no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los hacedores de la ley serán justificados” (Romanos 2:13). Oír y hacer la Ley van de la mano, uno sin el otro no cumplimenta lo que el Padre espera de nosotros: “Acontecerá que si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, para guardar y poner por obra todos sus mandamientos que yo te prescribo hoy, también Jehová tu Dios te exaltará sobre todas las naciones de la tierra” (Deuteronomio 28:1).

Sobre esto mismo, Jacobo, el hermano de Jesús en su carta señala “Mas sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno oye la palabra, y no la pone por obra, este tal es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural.  Porque él se consideró a sí mismo, y se fue, y luego se olvidó qué tal era.  Más el que hubiere mirado atentamente en la perfecta ley, que es la de la libertad, y perseverado en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, este tal será bienaventurado en su hecho. Si alguno piensa ser religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino engañando su corazón, la religión del tal es vana.  La religión pura y sin mácula delante de Dios y Padre es esta: Visitar los huérfanos y las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha de este mundo” (Santiago 1:22-27).

Las bendiciones que devienen de las promesas que del Padre se han recibido tiene su cumplimiento no sólo cuando se es atento a la instrucción que aunado a esto debe venir la aplicación de lo aprendido, de lo comprendido, de otra forma, como aclara de manera contundente Jacobo en su carta, la fe es una fe muerta: “Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?  Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día,  y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha?  Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma” (Santiago 2:14-17).

El mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de atarse una señal en la mano conteniendo la Ley sigue vigente más sin embargo espiritualizado como esa aplicación práctica y concreta que materialmente sobre la verdad del Padre debemos hacer como Sus hijos.

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