11. Ha de estudiarse la Ley y enseñarla a otros (Dt. 6:7)



“y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levante”

La comprensión de la Ley solo deviene de la instrucción recibida, esa instrucción debe primeramente iniciar con uno mismo. Sobre esto, Pablo escribiendo a Timoteo le recuerda “que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salud por la fe que es en Cristo Jesús” (2 Timoteo 3:15), esta sabiduría que es consecuencia del estudio de las Escrituras la señala de igual forma David cuando en uno de sus salmos señala “Tus mandamientos me hacen más sabio que mis enemigos, porque son míos para siempre” (Salmos 119:98).

Un buen termómetro de la vida espiritual personal es precisamente el tiempo que uno le dedica al estudio de las Escrituras, pero más que ello, la actitud con la que uno lo hace. No es lo mismo estudiar, sí, pero viendo eso como una carga, como algo tedioso, a estudiar con gozo, con alegría.

Con todo y todo, el llamamiento implica sí, primero uno comprender la Palabra, pero también el llevarla a los demás, “oh Dios, tú me has enseñado desde mi juventud, y hasta ahora he anunciado tus maravillas” (Salmos 71:17), esto es claro cuando la Escritura señala que enviando Jesús a Sus discípulos “les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.  El que creyere y fuere bautizado, será salvo; más el que no creyere, será condenado” (Marcos 16:15-16).

En consonancia con esto, Pablo escribiendo a los Romanos les hace ver que “¿cómo, pues, invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?” (Romanos 10:14), de ahí la importancia de llevar el Evangelio a toda criatura y ser así sal de la tierra y luz del mundo.

Volviendo sobre la primera cita, la de Pablo escribiendo a Timoteo, es palpable el beneficio que a la vida espiritual trae la predicación de otros cuando le señala “Porque tengo presente la fe sincera que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida y en tu madre Eunice, y estoy seguro que en ti también” (2 Timoteo 1:5).

Los hijos de Deuteronomio 6:7 son de inicia los propios, los carnales, pero de la predica surgen otros hijos, espirituales, a los que uno acerca la luz de la Palabra, “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Salmos 119:105).

El pasaje de Hechos donde Felipe instruye al Etíope, el cual leyendo un pasaje de Isaías reconoce “¿Cómo podré [entenderlo], a menos que alguien me guíe?” (Hechos 8:31), “entonces Felipe, abriendo su boca, y comenzando desde esta escritura, le anunció el evangelio de Jesús” (Hechos 8:31), siendo que de esa predica, si es voluntad del Padre, la misma servirá para salvación de quien acepte el mensaje, “[entonces el eunuco] mandó parar el carro; y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó” (Hechos 8:38).

El mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de estudiar la Ley y enseñarla a otros sigue vigente, esto incluye el mensaje del Evangelio el cual espiritualiza el contenido de la Ley y, por medio del Espíritu de Dios, permite alcanzar su cumplimiento así como las promesas empeñadas por el Padre para quienes, haciendo así, sean reconocidos como Sus hijos.

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