6. Seguir a Dios (Dt. 10:20)



“A Jehová tu Dios temerás, a él solo servirás, a él seguirás, y por su nombre jurarás”

Una vez que se ha reconocido la existencia de Dios, que se la identificado como uno, que se entiende la necesidad de  amarle por sobre todas las cosas, y que por ende se le teme, que en función de esto queda clara la noción de servirle, lo que sigue para ello es seguirle.

El principal problema de la humanidad en cuanto a su relación con Dios, problema cuyos orígenes se remontan, aunque no son exclusivos, a nuestros padres primigenios, se crea cuando se decide andar conforme a  los propios pensamientos y no a los de Dios.

“Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte” (Proverbios 14:12), señala la Escritura, más sin embargo una y otra vez, a lo largo de la historia humana, la decisión del hombre ha sido precisamente esa: seguir los dictados de nuestros propios pensamientos y de nuestras propias emociones.

Ante los cuestionamientos que Job hacía sobre las adversidades que le acontecían, Dios le responde, no contestando su pregunta, sino haciéndole ver la futilidad de querer entender de todo a Dios y no sólo eso sino decirle cómo debe hacer las cosas (Job 38).

Desde un principio Dios ha tratado de que la humanidad no cometa los grandes, grandísimos errores que devienen de vivir de manera independiente, y no sólo independiente sino que incluso en la mayoría de la veces rebelde, a Sus dictados, “sigan por el camino que el Señor su Dios les ha trazado, para que vivan, prosperen y disfruten de larga vida en la tierra que van a poseer” (Deuteronomio 5:33).

Para lo anterior la mejor manera de alcanzar ese cometido es siguiendo a Dios, “Guía mis pasos conforme a tu promesa; no dejes que me domine la iniquidad” (Salmos 119:133). ¿Y cómo puede seguirse a Dios? “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Salmos 119:105). Dios nunca ha dejado sola a la humanidad Su palabra la ha estado guiando desde el principio, claro: siempre que esa humanidad lo ha permitido.

El seguir o no a Dios deviene en bendiciones o maldiciones, según sea el caso (Deuteronomio 28), con todo y todo, a pesar de Su palabra, se requería un ejemplo viviente que nos permitiera entender lo en ella expresada, y ¿qué ejemplo podría ser ese cuando de todos los hombres no se encuentra uno justo (Romanos 3:11) ya que todos han pecado quedando destituidos de la gloria de Dios (Romanos 3:23)? “Vosotros me llamáis Maestro y Señor [-Cristo dijo-]; y tenéis razón, porque lo soy... Porque os he dado ejemplo, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis” (Juan 13:13-16).

Cristo es nuestro ejemplo de la manera de vivir, de seguir a Dios, por eso Juan en su primera carta señala que “el que dice que permanece en El, debe andar como El anduvo” (1 Juan 2:6), siendo que nuestra meta es llegar a Su estatura perfecta (Efesios 4:13), hasta que se forme Cristo en nosotros (Gálatas 4:19) y llegar a ser imagen suya (Romanos 8:29) como Él es imagen de Dios (Colosenses 1:15).

El mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de seguir a Dios sigue vigente, más sin embargo en la presente era tenemos la bendición del Padre de contar con el ejemplo que nos ha dejado Cristo para que nuestra vida refleje Su persona, Su carácter, y para que siguiendo Sus pasos podamos de manera perfecta y santa cumplir con lo que se espera de un seguidor de Dios.

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