5. Servir a Dios con todo el corazón y con toda el alma (Dt. 11:13; Éx. 23:25)
“Si
obedeciereis cuidadosamente a mis mandamientos que yo os prescribo hoy, amando
a Jehová vuestro Dios, y sirviéndole con todo vuestro corazón, y con toda
vuestra alma… Adora al Señor tu Dios, y él bendecirá tu pan y tu agua. Yo
apartaré de ustedes toda enfermedad”
Una
vez que se ha reconocido la existencia de Dios, que se la identificado como
uno, que se entiende la necesidad de
amarle por sobre todas las cosas, y que por ende se le teme, la
siguiente ordenanza tiene que ver con servirle.
La
cuestión de servir a Dios, si bien es conocida y aceptada en la vida cristiana
se enfrenta a dos preguntas, ambas relacionadas con la realidad de que Dios
como tal no necesita de nada, la primera es ¿servirle cómo? y la segunda,
servirle ¿para qué?
Veamos
primero la última pregunta: servir a Dios, ¿para qué? El libro de Job presenta
los cuestionamientos que todos nos hacemos en alguna ocasión ante las
injusticias de la vida, en dicho relato Job arguye a favor de su justicia, en
referencia a lo inmerecido de sus padecimientos, sobre las dos preguntas
anteriores, en un momento Eliú, uno de sus amigos, responde y en la figura de
Job nos responde sobre lo cuestionado anteriormente: “Si fueres justo, ¿qué le
darás a [Dios]? ¿O qué recibirá de tu mano?
Al hombre como tú dañará tu impiedad, y al hijo de hombre aprovechará tu
justicia” (Job 35:7-8).
Dios
mismo en Su Palabra ha revelado el propósito de habernos creado: “todos los
llamados de mi nombre; para gloria mía los he creado, los formé y los hice” (Isaías
43:7), pero para alcanzar ese propósito se requiere que en nosotros se
desarrolle el carácter perfecto y santo que Él mismo tiene, esto es dicho en la
Escritura como el alcanzar la estatura perfecta de Cristo (Efesios 4:13). Pablo
se refiere a este proceso como aquel relacionado con la formación de Cristo en
cada uno de nosotros (Gálatas 4:19), “Porque a los que de antemano conoció
[Dios], también los predestinó a ser hechos conforme a la imagen de su Hijo” (Romanos
8:29), así “Cuando Cristo, nuestra vida, se manifieste, entonces vosotros
también seréis manifestados con Él en gloria” (Colosenses 3:4), de esta forma
el servir a Dios no le da algo a Él sino que sirve a Su propósito llevándonos a
nosotros a lo que desde la eternidad Él pensó para quienes son llamados a ser
Sus hijos (Juan 1:12).
Ahora
bien, respecto de la primera pregunta, servirle ¿cómo? Entendiendo que este
servir a Dios no quiere decir el proveerle de algo, pues él no necesita nada,
sino que se refiere a plegarnos a su plan para que Su propósito se cumpla en
nosotros, la respuesta a esto la misma Escritura nos la da pues lo santos,
aquellos que han triunfado y han alcanzado ese propósito divino, son definidos
como aquellos que “que guardan los mandamientos de Dios y el testimonio [o la
fe] de Jesús” (Revelación 12:17; 14:12).
Para
comprender la forma en que podemos servir a Dios, es decir, ser útil para el
propósito para el cual Él nos creó, es necesario, como se mencionó
anteriormente, que su carácter perfecto y santo sea formado en nosotros, es por
ello que Pablo escribiendo a los Romanos les exhorta diciendo “no os conforméis
a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro
entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios,
agradable y perfecta”.
Servir
a Dios tiene que ver con cumplir Su voluntad, esa voluntad está expresada en Su
Palabra escrita, las Escrituras, y en Su Palabra hecha carne, Cristo Jesús,
conforme se avance en la comprensión de ambas y esta comprensión transforme
nuestras vidas, uno podrá ir comprendiendo material, cognitiva, emocional y
espiritualmente la manera de vivir en conformidad con la voluntad del Padre
hasta llegar a servirle de manera perfecta y santa.
El
mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de servir a Dios con todo el
corazón y con toda el alma sigue vigente, pero entendiendo que “los verdaderos
adoradores [adoran] al Padre en espíritu y en verdad” (Juan 4:23), ese servicio
ha excedido las cuestiones ritualísticas, materiales de la ley para buscar la plenitud de la vida en santidad como “sacrificio
vivo, santo, agradable a Dios, que es [nuestro] culto racional” (Romanos 12:1),
plenamente como hijos de Dios.

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