4. Temer a Dios (Dt. 6:13; 10:20)



“A Jehová tu Dios temerás, y a él solo servirás, y por su nombre jurarás… A Jehová tu Dios temerás, a él solo servirás, a él seguirás, y por su nombre jurarás”

Una vez que se ha reconocido la existencia de Dios, que se la identificado como uno, y que se entiende la necesidad de  amarle por sobre todas las cosas, la siguiente ordenanza tiene que ver con temerle.

En español la palabra temer está relacionada con recelar, sospechar o dudar de algo, de igual forma con asustarse, intimidarse o espantarse por alguna cosa, en la escritura, el temor a Dios está relacionado con la palabra תִּירָ֖א,  tî·rā como en Deuteronomio 6:13, o יִֽרְאַ֣ת, yir·’aṯ como en Proverbios 8:13, la primera tiene la connotación de susto, intimidación o espanto, la segunda de miedo, reverencia e incluso asombro, ¿cómo debemos considerarla? De todas esas formas.

El temor a Dios implica ese miedo, ese espanto por faltarle, a fallarle, pero de igual forma hay que reverenciarle, asombrarnos ante su majestuosidad. Con todo y todo la expresión temor de Dios es definida por la misma Escritura: “El temor de Jehová es aborrecer el mal” (Proverbios 8:13).

Esta definición se confirma cuando el salmo 130:4 señala “Empero hay perdón cerca de ti, para que seas temido”. Esta expresión no llena de miedo sino de esperanza pues la misma encierra la confianza de que Dios nos perdona, pero lo que si permite entender, relacionándola con Proverbios 8:13, es que ese perdón sólo deviene cuando hay arrepentimiento, lo cual implica aborrecer el mal. De hecho Proverbios 8:13  terina la cita señalando qué cosas son las que aborrece Dios: “El orgullo, la arrogancia, el mal camino y la boca perversa, yo aborrezco”.

Es así que el temor a Dios implica el miedo a faltarle, a pecar contra Él, más el temor de Dios es tener Su mismo pensar y sentir en nosotros que nos lleva, por Su Santo Espíritu que mora en cada uno, a aborrecer el pecado.

Pablo escribiendo a los Hebreos les declara que “Por la fe Noé, siendo advertido [por Dios] acerca de cosas que aún no se veían, con temor preparó un arca para la salvación de su casa, por la cual condenó al mundo, y llegó a ser heredero de la justicia que es según la fe” (Hebreos 11:7), así que ese temor a Dios y de Dios lo llevó a obedecerle en su encomienda. De igual forma Juan, en la Revelación que el Padre dio a través de Jesucristo como mensaje a la iglesia señala que ve un primer ángel “diciendo a gran voz: Temed a Dios y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado…” (Revelación 14:7), así que ese juicio, que viene primero sobre la iglesia (1 Pedro 4:17) y que inició desde los primeros días de la proclamación del Evangelio y ha seguido a lo largo de estos dos mil años, lleva al Cuerpo de Cristo a trabajar en la propia edificación, individual y comunitaria (Filipenses 2:12) con la intención de ser considerados dignos de estar en pie al regreso del Hijo del Hombre (Lucas 21:36).

El mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de a Jehová nuestro Dios temer, y a Él solo servir, y por su nombre jurar…y sólo  a Él seguir sigue vigente, pero entendiendo que el Señor está a la puerta (Revelación 3:20) para así aprovechar el tiempo (Efesios 5:16), haciendo que ese temor a Dios y ese temor de Dios, lleva a los llamados a salvación a no adaptarse a este mundo, sino a transformarse mediante la renovación de la mente para que que cada uno verifique cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, aceptable y perfecto (Romanos 12:2), tal cual como verdaderos hijos suyos.

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