3. Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas (Dt. 6:5)



“Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas”

Una vez que se ha reconocido la existencia de Dios y que se la identificado como uno, la siguiente ordenanza tiene que ver con amarle por sobre todas las cosas. Cuando a Jesús se le pregunta por el mayor mandamiento, claramente inicia incluyendo las dos premisas anteriores, la existencia de Dios y su unicidad, para terminar la idea retomando el dicho de Deuteronomio 6:5 que señala que hay que amarle con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas.

La mente hace referencia a nuestra parte cognitiva, a la comprensión, por eso Pablo escribiendo a los Corintios dice “oraré con el espíritu, pero oraré también con el entendimiento; cantaré con el espíritu, pero cantaré también con el entendimiento” (1 Corintios 14:15). Crecer en conocimiento es un exhorto constante en la Escritura (2 Pedro 3:18, Efesios 3:17-19, 1 Pedro 2:2, Colosenses 3:16, 1 Timoteo 4:15, Efesios 4:15, Colosenses 3:9-10, Hebreos 6:1-2, 2 Corintios 3:18), para esto se requiere ir madurando en nuestro discernimiento, a través del estudio, la reflexión, la meditación y la oración.

El corazón hace referencia a nuestra parte emocional, a los sentimientos, y ese amor a Dios debe verse reflejado en nuestro amor al prójimo, “si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?” (1 Juan 4:20), por eso Cristo señaló antes de partir “un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; que como yo os he amado, así también os améis los unos a los otros” (Juan 13:34), esta instrucción, nos la dijo como un mandamiento, pero ¿nuevo?, es decir, ¿hay entonces once mandamientos?, ¿Que amar al prójimo como a nosotros mismos ya estaba estipulado en la Ley? La clave está en que es nuevo por el nivel al que Cristo lo llevado cuando señala en esa cita "ámense unos a otros como yo os he amado". Cristo vino a magnificar y dar lustre a la Ley (Isaías 42:21), con lo que los mandamientos llegan al nivel de perfección y santidad que espiritualmente tienen. Juan aclara esto cuando disertando sobre al amor (1 Juan 2:1-17) señala que respecto a esto (v. 4-5) mismo mandamiento de antiguo es hecho nuevo (v. 7-11), esto por el nuevo nivel exigido por Cristo: como Él  mismo lo ha hecho.

El alma y las fuerzas hacen referencia a tanto a nuestra vida misma como a la fortaleza y los bríos que tenemos. Muchos sacrificios levíticos señalaban el trato diferenciado que debía darse a la grasa de los animales (Levítico 3:3, 9-10; 14-15), esto porque el vigor en reserva en el cuerpo está dado precisamente por la grasa ya que de ahí toma el organismo de los animales, y también el nuestro, la energía requerida para vivir, siendo que este amar a Dios con toda el alma y las fuerzas conlleva, como escribe Pablo a los Efesios, para “que [Dios] os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios” (Efesios 3:16-19).

El mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas sigue vigente, pero el hecho de amar Dios con todo el entendimiento, corazón y fuerzas supera incluso todos los holocaustos y sacrificios (Marcos 12:33) convirtiéndonos en verdaderos hijos suyos.

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