101. No matar a un animal ni a su cría el mismo día (Lv. 22:28)
“Y sea vaca u oveja, no degollaréis en un mismo día a ella y a su hijo”
Como
parte del pacto que en su momento Dios hizo con su pueblo estableció una serie
de holocaustos, ofrendas y sacrificios que debían presentarse por diversas
razones y bajo ciertas condiciones y formalidades debidas, en el caso de que éstos
implicasen animales, Dios estableció la regla de no matar a un animal ni a su
cría el mismo día.
De
manera natural hay un entendimiento excesivamente básico –si se permite la expresión-
referido, por quienes quieren entender esto, a una cuestión de misericordia natural
pues la figura de un animal degollado al mismo tiempo que su cría puede ser chocante.
Pero ¿eso sería todo?, claro que no, como todas las normas del antiguo testamento
ésta también es una sombra que apunta a una realización posterior espiritual incluso
plena. Veamos.
Primeramente,
en cuanto a holocaustos, ofrendas y sacrificios, podemos ver que de manera natural
éstos están contemplados sobre todo en Levítico y pueden agruparse de manera
general como:
(1) holocaustos
(Levítico 1), aquellos sacrificios que enteramente eran dados a Dios y se
consumían sobre el fuego (de hecho la palabra holocausto viene del griego ὁλόκαυστον
holókauston, de ὁλον 'completamente' y καυστον 'quemado'). Se hacían de ganado
mayor (becerros, vacas), ganado menor (ovejas, corderos, cabritos).
(2) Ofrendas
de gracias (Levítico 2), también llamadas oblaciones, que eran de origen vegetal,
como panes o flor de harina. En este caso una parte era para entregarse a Dios
(Levítico 2:9) y ser consumida sobre el fuego y otra parte era para ser
consumida únicamente por los sacerdotes (Levítico 2:3, 10).
(3) Ofrendas
de paz (Levítico 3), se hacían de ganado
menor (cordero, cabra). Al igual que las ofrendas de acción de gracias una
parte era para entregarse a Dios (Levítico 3:2-5, 9-11) y ser consumida sobre
el fuego y otra parte era para ser consumida únicamente por los sacerdotes
(Levítico 6:17-19; 7:1-10, 28-37).
(4) Sacrificios
por el pecado los cuales dependían de quien hubiese cometido una infracción:
novillos si los infractores eran sacerdotes (Levítico 4:1-11) o la asamblea
(pueblo) como comunidad (Levítico 4:13-21); cabritos si el infractor era un
jefe de la comunidad (Levítico 4:22-26); cabra o cordero si el infractor era un
hombre común (Levítico 4:27-35); aunque había ciertos pecados específicos para
los cuales se requería sacrificar ovejas o cabras (Levítico 5:1-6); y de igual
forma estaba la consideración para quienes fueran pobres quienes podían ofrecer
por reparación de su falta dos tórtolas o dos pichones (Levítico 5:7-13); un
apartado especial era para aquellos cuya infracción fuese sobre las cosas
sagradas y para los cuales el sacrificio se denominaba de reparación siendo
éste en todos los casos un carnero (Levítico 5:14 ss.). En el caso del
sacrificio por el pecado la sangre era derramada en el altar del incienso y
todo el sacrificio era consumido por el fuego, solo que una parte (grosura que
cubre los intestinos y la que está sobre las entrañas, los dos riñones y la
grosura que está sobre ellos, y la que está sobre los ijares, además de la
grosura de sobre el hígado) se quemaba en el altar de holocausto (Levítico
5:8-10) y otra parte (lo sobrante: piel, carne, cabeza, piernas, intestinos,
estiércol) era quemada fuera del campamento (Levítico 5:11-12).
De
manera especial y reiterativa se menciona, respecto de los holocaustos,
ofrendas y sacrificios, las maneras en que debían de disponerse en estos de la
sangre (Levítico 1:5, 11), la cabeza y el sebo (1:8, 12), las entrañas y las
patas (1:9, 13), y los riñones y el sebo (3:3-4, 9-10, 14-15). Todas estas
sombras tiene su realización plena, en cuanto a significado, en la frase “Y
amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus
fuerzas” (Deuteronomio 6:5; Mateo 22:37). La sangre representa toda la vida en
sí (Levítico 17:11), la cabeza representa los pensamientos, es decir, lo que
creemos (Deuteronomio 6:8), el sebo, las entrañas y los riñones nuestro
interior, sobre todo la fuerza (Job 30:27), y las patas nuestro andar, es decir
lo que hacemos (Jeremías 6:16; Oseas 14:9). De esta forma las sombras del trato
especial a estas partes de los holocaustos, ofrendas y sacrificios eran un
referente de la manera en que uno debe entregarse a Dios: con toda nuestra
mente, nuestro corazón, nuestra voluntad, nuestras fuerzas, nuestro ser; lo que
pensamos, hacemos, decimos, sentimos.
De
igual forma, en ciertos holocaustos, ofrendas y sacrificios se hace un
tratamiento especial al pecho (Levítico 7:30) y a la pierna derecha (Levítico
7:32). El pecho representa el corazón y tiene que ver con la fe: “Felipe dijo:
Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo: Creo que
Jesucristo es el Hijo de Dios” (Hechos 8:37), “Entonces una mujer llamada
Lidia, vendedora de púrpura, de la ciudad de Tiatira, que adoraba a Dios,
estaba oyendo; y el Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a
lo que Pablo decía” (Hechos 16:14). La pierna representa nuestro andar y tiene
que ver con las obras que hacemos: “Así dijo Jehová: Paraos en los caminos, y
mirad, y preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad
por él, y hallaréis descanso para vuestra alma. Mas dijeron: No andaremos”
(Jeremías 6:16); “¿Quién es sabio para que entienda esto, y prudente para que
lo sepa? Porque los caminos de Jehová son rectos, y los justos andarán por
ellos; más los rebeldes caerán en ellos” (Oseas 14:9). De esta forma el pecho y
la pierna hacen referencia tanto a la fe como a las obras que ambas deben
conducirnos a ser perfectos (Mateo 5:48) y santos (1 Pedro 1:16).
Si
bien con lo anterior se entiende que aquellos holocausto, ofrendas y sacrificios
hablan de una realización espiritual, plena, para todos los elegidos, también es
relevante el hecho de que todo ello es posible mediante el sacrificio redentor de
nuestro Señor quien por medio de éste nos reconcilió con el Padre.
Los
alcances de este sacrificio, si bien estaban contenidos en sombra en la
celebración de la pascua judía, serían claramente expuestos en los primeros
años de la iglesia de Dios. Pedro hablando al respecto señalo sobre Jesús en 1
Pedro 2:24 que “llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero,
para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por
cuya herida fuisteis sanados”. Pablo escribiendo a los Hebreos señaló en cuanto
a Jesús que “en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre
por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado” (Hebreos
9:26); escribiendo a los Romanos señaló
que “Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos”
(Romanos 5:6), escribiendo a los Corintios les dijo que “nuestra pascua, que es
Cristo, ya fue sacrificada por nosotros” (1 Corintios 5:7).
Con
esto en mente puede entenderse aquello señalado por Levítico 22:28 de no matar
a un animal ni a su cría el mismo día, pues, en el sentido espiritual, el sacrificio
primigenio, la madre, representa al sacrificio redentor de Jesús, el que inicial
todo el plan de salvación, mientras que el sacrificio de las crías, los elegidos,
debe por ende hacerse posteriormente a aquel, no el mismo día.
Esto
podemos verlo incluso históricamente donde (1) Jesús muere primero redimiendo con
ello a toda la humanidad (2 Corintios 5:18-19; Romanos 5:1; Colosenses 1:20), y
(2) sus elegidos mueren posteriormente dando su vida sabiendo que perdiéndola la
encontraran (Mateo 16:25; Marcos 8:35; Juan 12:24-25).
El
mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de no matar a un animal ni a su
cría el mismo día, sigue vigente más sin embargo espiritualizado al sacrificio primigenio,
el de nuestro Señor, con el cual nos reconcilia con el Padre iniciando así el plan
de salvación para con la humanidad, y el sacrificio posterior, de sus elegidos,
quienes entregando su vida por Jesús y el Evangelio saben que la hallarán, conforme
a la voluntad del Padre y para Su mayor gloria en Cristo Jesús.

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