64. No tentar al Señor Dios (Dt. 6:16)
“No tentaréis a Jehová
vuestro Dios, como lo tentasteis en Masah”
El pasaje de Deuteronomio 6:16
hace referencia a un episodio narrado en Éxodo 17:1–7 y también recordado en
Números 20:2–13.
Éxodo 17
1 Toda la
congregación de los hijos de Israel partió del desierto de Sin por sus
jornadas, conforme al mandamiento de Jehová, y acamparon en Refidim; y no había
agua para que el pueblo bebiese. 2 Y altercó el
pueblo con Moisés, y dijeron: Danos agua para que bebamos. Y Moisés les dijo:
¿Por qué altercáis conmigo? ¿Por qué tentáis a Jehová? 3 Así que el pueblo tuvo allí sed, y murmuró
contra Moisés, y dijo: ¿Por qué nos hiciste subir de Egipto para matarnos de
sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados? 4 Entonces clamó Moisés a Jehová, diciendo:
¿Qué haré con este pueblo? De aquí a un poco me apedrearán. 5 Y Jehová dijo a Moisés: Pasa delante del
pueblo, y toma contigo de los ancianos de Israel; y toma también en tu mano tu
vara con que golpeaste el río, y ve. 6 He
aquí que yo estaré delante de ti allí sobre la peña en Horeb; y golpearás la
peña, y saldrán de ella aguas, y beberá el pueblo. Y Moisés lo hizo así en
presencia de los ancianos de Israel. 7 Y
llamó el nombre de aquel lugar Masah y Meriba, por la rencilla de los
hijos de Israel, y porque tentaron a Jehová, diciendo: ¿Está, pues, Jehová
entre nosotros, o no?
2 Y porque no
había agua para la congregación, se juntaron contra Moisés y Aarón. 3 Y
habló el pueblo contra Moisés, diciendo: ¡Ojalá hubiéramos muerto cuando
perecieron nuestros hermanos delante de Jehová! 4 ¿Por
qué hiciste venir la congregación de Jehová a este desierto, para que muramos
aquí nosotros y nuestras bestias? 5 ¿Y
por qué nos has hecho subir de Egipto, para traernos a este mal lugar? No es lugar
de sementera, de higueras, de viñas ni de granadas; ni aun de agua para beber. 6 Y se fueron Moisés y Aarón de delante de la
congregación a la puerta del tabernáculo de reunión, y se postraron sobre sus
rostros; y la gloria de Jehová apareció sobre ellos. 7 Y habló Jehová a Moisés, diciendo: 8 Toma la vara, y reúne la congregación, tú y
Aarón tu hermano, y hablad a la peña a vista de ellos; y ella dará su agua, y
les sacarás aguas de la peña, y darás de beber a la congregación y a sus
bestias. 9 Entonces Moisés
tomó la vara de delante de Jehová, como él le mandó.
10 Y reunieron
Moisés y Aarón a la congregación delante de la peña, y les dijo: ¡Oíd ahora,
rebeldes! ¿Os hemos de hacer salir aguas de esta peña? 11 Entonces
alzó Moisés su mano y golpeó la peña con su vara dos veces; y salieron muchas
aguas, y bebió la congregación, y sus bestias. 12 Y
Jehová dijo a Moisés y a Aarón: Por cuanto no creísteis en mí, para
santificarme delante de los hijos de Israel, por tanto, no meteréis esta
congregación en la tierra que les he dado. 13 Estas
son las aguas de la rencilla, por las cuales contendieron los hijos de
Israel con Jehová, y él se santificó en ellos.
Las dos citas anteriores tienen un entendimiento natural claro,
pero otro espiritual menos claro. Veamos.
Como podemos ver en Éxodo 17, el pueblo acampó en Refidim, donde
no había agua. Ante la escasez, los israelitas murmuraron contra Moisés y
expresaron dudas sobre la presencia de Dios, preguntando si realmente estaba
con ellos. Moisés clamó a Jehová, quien le ordenó golpear la peña de Horeb para
que brotara agua y el pueblo bebiera. Aquel lugar fue llamado Masah (prueba) y
Meriba (rencilla), porque allí los israelitas pusieron a prueba a Dios con su
incredulidad.
Más adelante, en Números 20, se relata una situación semejante. El
pueblo nuevamente reclamó por la falta de agua en el desierto. Dios instruyó a
Moisés que hablara a la peña para que de ella saliera agua. Sin embargo,
Moisés, en un acto de enojo y desobediencia, golpeó la roca dos veces con la vara.
Aunque el agua brotó, Dios le reprochó por no haber confiado plenamente en Él
y, como consecuencia, le negó la entrada a la tierra prometida.
Estos relatos muestran que tentar a Dios significa poner en duda
Su poder, Su presencia y Su fidelidad, exigiendo pruebas o señales para creer
en Él. El mandamiento de Deuteronomio busca recordar a Israel que su relación
con Dios debía estar fundada en la confianza, la obediencia y la fe, y no en la
queja, la desobediencia o la exigencia de milagros.
Así, “no tentar al Señor Dios” es un llamado a vivir con confianza
en la fidelidad divina, recordando que dudar y exigirle pruebas a Dios no solo
refleja incredulidad, sino que puede traer consecuencias graves en la vida
espiritual y en el cumplimiento de Su voluntad.
Más sin embargo también hay una lectura espiritual.
Los episodios de Éxodo 17 y Números 20
no solo narran la dificultad del pueblo de Israel en el desierto, sino que
encierran un profundo simbolismo que la tradición cristiana ha interpretado a
la luz de Cristo. El apóstol Pablo afirma en 1 Corintios 10:4 que “la roca era Cristo”,
mostrando que aquella piedra de la que brotó agua no fue un hecho aislado, sino
una figura profética.
En Éxodo 17,
Dios instruyó a Moisés que golpeara la roca. Al hacerlo, brotó agua abundante
para saciar al pueblo. Este hecho se interpreta como una referencia a la muerte de Cristo en la cruz: Él, la Roca de salvación,
fue herido una sola vez por nuestros pecados (Isaías 53:5). De ese sacrificio
único brota el agua viva de la salvación, la cual da vida eterna a los que
creen en Él (Juan 4:14; Juan 7:37-38).
En cambio, en Números 20, la instrucción de Dios fue diferente: Moisés
debía hablar a la roca, y de ella saldría agua. Aquí aparece otro nivel de
simbolismo: después de que Cristo fue sacrificado una sola vez, ya no es
necesario “herirle” de nuevo. Ahora, los creyentes acceden a las bendiciones de
la salvación por medio de la fe y la oración,
reconociendo que la obra de Cristo fue completa y suficiente (Hebreos 9:28;
10:10-14). La relación con Él ya no se basa en un sacrificio repetido, sino en
la comunión constante con el Señor resucitado.
El error de Moisés consistió en golpear la roca dos veces en lugar de hablarle, como Dios
le había mandado. Con ello, rompió el simbolismo que Dios quería mostrar: que
Cristo debía ser herido una sola vez y no repetidamente. Al actuar con enojo y
desobediencia, Moisés desfiguró la enseñanza espiritual, y por esa falta
recibió una consecuencia severa: no entrar a la tierra prometida.
Así, estos relatos no son simples
historias de provisión en el desierto. Son una enseñanza profética que apunta a
Cristo. La primera roca herida simboliza su sacrificio único, mientras que la
segunda, a la que se debía hablar, representa la vida de fe y oración que los
creyentes tienen hoy en Él. De esta manera, Dios revelaba ya en el Antiguo
Testamento que la salvación provendría de un solo sacrificio perfecto, y que a
partir de entonces el acceso a las aguas de vida sería por la confianza y la
comunión con Cristo, la Roca eterna.
Pero hay un simbolismo todavía
más profundo y claro para la vida de los elegidos.
Los relatos de Éxodo 17 y Números 20
muestran a Dios sacando agua de la roca para saciar al pueblo. En la tradición
cristiana, Pablo identifica directamente a esa roca con Cristo: “y la roca era Cristo” (1
Co. 10:4). Sin embargo, el simbolismo va aún más profundo, pues también se
relaciona con la condición interior del hombre y la obra transformadora del
Espíritu Santo.
Dios prometió por medio del profeta
Ezequiel: “Os daré corazón
nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne
el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne” (Ez. 36:26).
Aquí la roca representa el corazón endurecido, incapaz por sí mismo de
responder a Dios. Así como el pueblo dudó en Masah y Meriba de que el Señor
pudiera sacar agua de la peña, también nosotros podemos caer en la tentación de
dudar si Dios es capaz de hacer brotar vida de un corazón duro.
El agua, en la enseñanza bíblica, es
símbolo del Espíritu Santo. Jesús lo explicó en el evangelio de Juan: “El que cree en mí, como dice la
Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva” (Jn. 7:38), y
el evangelista aclara: “Esto
dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en Él”
(Jn. 7:39). De este modo, el agua que brotó de la roca en el desierto se
convierte en figura de la obra del Espíritu que fluye del interior del
creyente.
La lección es clara: si Dios fue capaz
de sacar agua de la roca material en el desierto, también es capaz de sacar
aguas de vida eterna incluso del corazón de piedra del ser humano. Lo que para
el hombre es imposible, para Dios es posible. La promesa de un corazón nuevo y
de un Espíritu que habite en nosotros asegura que de lo que antes era dureza,
ahora brotará vida abundante.
De esta forma, el simbolismo de la roca
se extiende a la experiencia espiritual de los elegidos. Cristo es la Roca
herida de la cual fluye la salvación, y el corazón humano, endurecido como
piedra, es transformado por la obra de Dios para ser fuente de aguas vivas.
Dudar de que Él pueda hacerlo sería repetir la incredulidad de Israel en el
desierto. Pero confiar en su promesa es experimentar que el Espíritu Santo
convierte lo imposible en un manantial de vida eterna.
El
mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de no tentar al Señor Dios, sigue
vigente más sin embargo espiritualizado referido tanto a la Roca herida de la
cual fluye la salvación, como al corazón humano, endurecido como piedra, que Dios
convierte para ser fuente de aguas vivas.

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