58. No temer al enemigo (Dt. 7:21)
“No desmayes delante de ellos, porque Jehová tu Dios está en medio de ti, Dios grande y temible”
Una parte
inherente al pacto que en su momento Dios hizo con su pueblo implicaba el que
éste hiciera frente a sus enemigos, es por ello que Dios fue muy claro en el
sentido de exhortarles a que no les temieran pues Él estaría con ellos.
Esto tiene las
implicaciones naturales que de ello deviene y que podemos ver en los relatos
del Israel histórico, pero de igual forma tiene su aplicación espiritual en las
batallas que enfrenta el Israel de Dios, su iglesia en un sentido general y
cada uno de los elegidos en un sentido particular.
Hay
quienes creen, leyendo a Pablo en su carta a los de Éfeso “porque por gracia
sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de
Dios; no por obras, para que nadie se
gloríe” (Efesios 2:8-9), que dado que la salvación nos es dada por gracia y no por
obras, ya no hay nada que se tenga que hacer, ningún esfuerzo que se tenga que
aplicar en nuestro andar por el Camino.
Quienes
así piensan desoyen otras partes de la Escritura que nos exhortan a
esforzarnos, a trabajar con ahínco por alcanzar las promesas que se nos han
dado. Tal vez la cita más clara y vehemente al respecto sea la exhortación que
Dios hace a Josué previo a la entrada del pueblo de Israel en la tierra
prometida: “Esfuérzate y sé valiente, porque tú serás quien reparta a este
pueblo, como herencia, la tierra que juré a sus padres que les daría. Pero
tienes qué esforzarte y ser muy valiente. Pon mucho cuidado y actúa de acuerdo
con las leyes que te dio mi siervo Moisés. Nunca te apartes de ellas, ni a la
derecha ni a la izquierda, y así tendrás éxito en todo lo que emprendas.
Procura que nunca se aparte de tus labios este libro de la ley. Medita en él de
día y de noche, para que actúes de acuerdo con todo lo que está escrito en él.
Así harás que prospere tu camino, y todo te saldrá bien. Escucha lo que te
mando: Esfuérzate y sé valiente. No temas ni desmayes, que yo soy el Señor tu
Dios, y estaré contigo por dondequiera que vayas” (Josué 1:6-9).
Contrariamente
a lo señalado al inicio, la Escritura, antes que propugnar por una indolencia,
critica a quienes rechazan a trabajar en la obra del Señor, cinco citas de
Proverbios apuntan a eso: “Pobre es el que trabaja con mano negligente, más la
mano de los diligentes enriquece” (Proverbios 10:4), “No ames el sueño, no sea
que te empobrezcas; abre tus ojos [y] te saciarás de pan” (Proverbios 20:13), “Desde
el otoño, el perezoso no ara, pide en la cosecha, y no hay nada” (Proverbios 20:4);
“y llegará tu pobreza [como] ladrón, y tu necesidad como hombre armado” (Proverbios
24:34), y “La pereza hace caer en profundo sueño, y el alma ociosa sufrirá
hambre” (Proverbios 19:15).
De
hecho en la parábola de los talentos Jesús es muy claro al respecto en cuanto
al trabajo, al esfuerzo que se espera de los elegidos: “Porque el reino de los
cielos es como un hombre que yéndose lejos, llamó a sus siervos y les entregó
sus bienes. A uno dio cinco talentos, y a otro dos, y a otro uno, a cada uno
conforme a su capacidad; y luego se fue lejos. Y el que había recibido cinco
talentos fue y negoció con ellos, y ganó otros cinco talentos. Asimismo el que
había recibido dos, ganó también otros dos. Pero el que había recibido uno fue
y cavó en la tierra, y escondió el dinero de su señor. Después de mucho tiempo
vino el señor de aquellos siervos, y arregló cuentas con ellos. Y llegando el
que había recibido cinco talentos, trajo otros cinco talentos, diciendo: Señor,
cinco talentos me entregaste; aquí tienes, he ganado otros cinco talentos sobre
ellos. Y su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel,
sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor. Llegando también el que
había recibido dos talentos, dijo: Señor, dos talentos me entregaste; aquí
tienes, he ganado otros dos talentos sobre ellos. Su señor le dijo: Bien, buen
siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el
gozo de tu señor. Pero llegando también el que había recibido un talento, dijo:
Señor, te conocía que eres hombre duro, que siegas donde no sembraste y recoges
donde no esparciste; por lo cual tuve miedo, y fui y escondí tu talento en la
tierra; aquí tienes lo que es tuyo. Respondiendo su señor, le dijo: Siervo malo
y negligente, sabías que siego donde no sembré, y que recojo donde no esparcí.
Por tanto, debías haber dado mi dinero a los banqueros, y al venir yo, hubiera
recibido lo que es mío con los intereses. Quitadle, pues, el talento, y dadlo
al que tiene diez talentos. Porque al que tiene, le será dado, y tendrá más; y
al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado. Y al siervo inútil echadle
en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes” (Mateo 25:14-30).
El
problema de la falsa dicotomía, fe y obras, es que quienes invalidan una con
otra no entiende que ambas se requieren para la vida cristiana: La salvación,
por gracia, para responder al llamado del Padre, y las obras, por esfuerzo,
para avanzar en el Camino a las promesas que se nos han dado.
Más
sin embargo, hay que entender que aquel esfuerzo del que nos habla la
Escritura, tiene un efecto en nosotros que es replicar en cada uno el carácter
perfecto y santo de nuestro Padre Dios. Ese replicar su carácter perfecto y
santo nos lleva a ser más, de hecho a ser algo pues ahorita somos nada, siendo
que ese ser más, ese ser algo, equivale, como lo señala la Escritura, a que
nuestro corazón sea ensanchado.
Realmente
es curioso el término de ensanchar el corazón, pero el mismo implica que hemos
llegado a ser más, y que en ese más hay más espacio para nosotros, para los
demás y para Dios.
El
resultado de ello es que, habiendo replicado el carácter perfecto y santo de
nuestro Padre Dios, nos comportamos de manera perfecta y santa, como exhorta la
Palabra: “Sé sabio, hijo mío, y alegra mi corazón, para que yo responda al que
me afrenta” (Proverbios 27:11).
Obvio
que ese esfuerzo implica alcanzar algo que no tenemos, obvio que ese ensanchar
lleva implícito el llegar a ser algo que no somos, de esta forma, y la única
manera de llegar a ello, es que precisamente nos enfrentemos a situaciones que
requieran de nuestro brío, arrojo y voluntad.
Por otro lado, un error que pueden cometer
los elegidos es que, leyendo en la Palabra “…estense quietos y verán cómo el
Señor los librará” (2 Crónicas 20:17), deducen que uno no debe hacer nada,
prácticamente esperar a que Dios haga todo por nosotros, pero, ¿será así?
Si vemos desde el inicio del mundo, podremos
ver que la encomienda al ser humano del mismo implica trabajo, esfuerzo: “Tomó,
pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo
labrara y lo guardase” (Génesis 2:15); de esta forma, no hay una actitud de
indolencia dada al hombre sino un trabajo con un propósito al cual necesita
aplicarse.
Pero tenemos más ya que en reiteradas
ocasiones Dios ha dicho a los suyos “Escucha lo que te mando: Esfuérzate y sé
valiente. No temas ni desmayes, que yo soy el Señor tu Dios, y estaré contigo
por dondequiera que vayas” (Josué 1:9). Esto na da pauta de ninguna manera a
considerar que uno no debe hacer nada, si así fuera, no se nos requiriera
esfuerzo alguno.
Por último, para cerrar toda discusión, la
Palabra critica la actitud indolente: “Pobre es el que trabaja con mano
negligente, más la mano de los diligentes enriquece” (Proverbios 10:4), o “la
mano de los diligentes gobernará, pero la indolencia será sujeta a trabajos forzados”
(Proverbios 12:24); o “el alma del perezoso desea, pero nada [consigue] más el
alma de los diligentes queda satisfecha” (Proverbios 13:4), y eso solo por
mencionar algunas, pero entonces, ¿qué significa aquel “…estense quietos y
verán cómo el Señor los librará”?
Ese “…estense quietos y verán cómo el Señor
los librará” implica el no desesperarnos como si todo de nosotros dependiera,
sino que, haciendo nuestro esfuerzo, dejar en manos de Dios el resto, de esta
forma nos quedamos quietos cuando, hecho lo que podemos, entramos al ámbito de
lo que no podemos y, solo por eso, no hacemos más dejando en manos de Dios el
resto.
Con esto debe quedar muy claro que a todo
elegido se le exige un esfuerzo en su andar por el Camino, no una indolencia
que le impida alcanzar las promesas sino un trabajar para que sus talentos
produzcan y al regreso del Señor entregarle lo dado más lo producido.
Pero, obvio, Dios no obliga a nadie a ello,
da a cada quien según sus capacidades esperando produzcamos unos a treinta,
otros a sesenta, y otros a ciento, pero es de uno la decisión si lo hace o no,
de igual forma el resultado de ello al regreso de nuestro Señor.
Si bien la salvación nos es dada por gracia, no por
nuestros méritos o esfuerzos, de igual forma se nos insta, una vez siendo
salvos, a esforzarnos por alcanzar las promesas que se nos han dado.
Esto es importante considerarlo pues si uno confunde una
cosa con la otra puede creer que la salvación la obtenemos por nuestras obras,
lo cual no es así, o que una vez salvos ya no tenemos que esforzarnos para nada
lo cual tampoco es cierto.
El “esfuérzate y sé valiente” es un exhorto escritural
que se nos es dado a todos los que hemos venido a salvación y forma parte del
carácter que el Padre desea desarrollar en cada uno por su Santo Espíritu que
en nosotros mora.
En su segunda carta a los de Corinto, Pablo escribiendo
sobre esto les exhorta diciendo “como tenemos estas promesas, queridos
hermanos, purifiquémonos de todo lo que contamina el cuerpo y el espíritu, para
completar en el temor de Dios la obra de nuestra santificación” (2 Corintios
7:1) y tan así está relacionado ese esfuerzo con el alcanzar las promesas que
Revelación señala “el que salga vencedor se vestirá de blanco. Jamás borraré su
nombre del libro de la vida, sino que reconoceré su nombre delante de mi Padre
y delante de sus ángeles” (Revelación 3:5).
En contraparte, considerando lo anterior, quien no se
mantenga firme a hasta el final es más que evidente que no alcanzará las
promesas dadas, es por ello que a los santos que han triunfado la Escritura se
refiere como llamados, elegidos y fieles. Ahorita tú, yo y todos los que a
salvación hemos venido somos llamados y
elegidos, es decir, se nos llamó y hemos respondido, pero lo de ser fieles solo
se verá hasta el final, cuando al regreso de nuestro Señor quede de manifiesto
quienes alcanzaron esas promesas.
¿Te imaginas aquellos que por desidia, confusión o error,
creyendo que la salvación los exentaba de esforzarse en alcanzar las promesas,
no alcancen lo esperado? Sobre estos la Palabra indica que lo único que les
queda es el “lloro y el
crujir de dientes” (Mateo 13:50).
El
mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de no temer al enemigo, sigue
vigente, más sin embargo espiritualizado referido a las batallas que enfrenta
el Israel de Dios, su iglesia en un sentido general y cada uno de los elegidos
en un sentido particular.

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