207. También se debe amar al prosélito (Dt. 10:19)


 

“Amaréis, pues, al extranjero; porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto”

 

Como parte del pacto que en su momento Dios hizo con su pueblo, estableció, dentro de las mismas normativas dadas, ciertas disposiciones a efectos de cuidar que las mismas no alimentaran lo peor que como seres humanos tenemos: La soberbia.

 

Ante normativas tan perfectas y santas como las dadas por Dios a su pueblo, un riesgo inherente a la naturaleza humana es que, quienes las cumpliesen, se considerase mejores que aquellos que, aunque queriendo cumplirlas, no fuesen parte del pueblo elegido, ante esto Dios claramente les dice Amaréis, pues, al extranjero; porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto” (Deuteronomio 10:19)

 

Las normas del Antiguo Testamento en su mayoría tenían, como sombras de lo venidero, un carácter material, más sin embargo ésta disposición, apunta también a cuestiones espirituales pues habla de emociones y pensamientos en la figura de soberbia, aspecto que debían de cuidarse no albergar contra los demás incluso cuando al ser extranjeros no fuesen parte del pueblo de Dios.

 

El Nuevo Testamento recoge el espíritu anterior cuando Jesús los ejemplifica y representa con la parábola del publicano y el fariseo.

 

Lucas 18

A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros, dijo también esta parábola: 10 Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. 11 El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; 12 ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. 13 Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. 14 Os digo que este descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido.

 

Fijémonos como comienza Jesús su parábola: “A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros, dijo también esta parábola”, ahora comparemos eso con lo dicho por Dios como parte del pacto con su pueblo: “amaréis, pues, al extranjero; porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto”. Mucho cuidado debemos tener los elegidos en no caer en esa vanagloria que los lleve a despreciar a los demás incluso aunque no sean parte del pueblo de Dios.

 

Sobre esto mismo, nuestro Señor Jesucristo en su momento señaló “Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mateo 5:43-44), sabemos que Jesús no vino a abrogar la Ley sino a cumplirla (Mateo 5:17), entonces ¿Por qué aquí está diciendo algo contrario a lo dicho antes?, lo que pasa es que eso dicho antes no está en la Escritura sino que era una interpretación que los rabinos daban, ¿con qué base?, en Levítico 19:18 dice “No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo Jehová” (Levítico 19:18). Jesús señala, tomando la segunda parte de esta cita, lo que dice la Escritura sobre amar al prójimo,  pero los rabinos tomaban la primera donde dice que no se debe odiar ni guardar rencor a los de tu pueblo, luego por ende, razonaban, sí se puede odiar y guardar rencor a los que no son de tu pueblo, pero el entendimiento era incorrecto ya que el pueblo no solo es Israel sino que, viendo que todos tenemos un origen común, en realidad el pueblo es la humanidad, así que Jesús aclara el punto señalando que nuestro prójimo son todos, no solo los de la fe, ni los de la nación, sino cualquier ser humano.

 

Ahora bien, ante esto surge una pregunta: Yo no puedo controlar mis sentimientos, ¿cómo puedo amar a mi prójimo, pero aún, a alguien que no sea parte del pueblo de Dios, si no me nace?, ¿no es acaso ser hipócrita pretender amarlo cuando no es así?

 

El problema con esto es que el mundo da una definición diametralmente opuesta a la que da la Escritura cuando de amar se trata. Para el mundo el amar es una cuestión de sentimientos, emocional, pero la Palabra define de una manera muy distinta el amor: “En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios, cuando amamos a Dios, y guardamos sus mandamientos. Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos” (1 Juan 5:2-3).

 

Fijémonos como la segunda parte de la cita anterior habla de amar a Dios, lo cual pasa por cumplir sus mandamientos, tal como están expresados en Éxodo 20, sobre todo los primeros cuatro; en cuanto a la primera parte, esta nos habla de cómo podemos amar al prójimo lo cual pasa, de igual forma, por cumplir con los mandamientos de Éxodo 20, sobre todo los seis últimos. Veamos con mayor detalle esto.

 

Uno puede no sentir eso que el mundo llama amor hacia al prójimo, es más, incluso sentir un sentimiento adverso hacia el prójimo, sobre todo si el prójimo nos ha hecho daño, y aun así amarle al cumplir la Ley de Dios con él, ¿cómo?, no robándole, no mintiéndole, no matándole, es decir, cumplir lo que la Ley de Dios nos manda respecto del prójimo, aunque, tomando como referencia lo que el mundo dice sobre el amor, no nos nazca emocionalmente. Para entender a cabalidad esto de nuevo léase la cita de 1 Juan 5:2-3 y véase como amar a los demás no pasa por sentir algo bonito hacia ellos sino por cumplir, aunque no nos nazca, la Ley de Dios para con ellos.

 

Pero hay más, la Ley de Dios no quedó nomás en su acepción material –no mentir, no robar, no matar, etc.-, sino que fue llevada por Jesús a niveles de perfección espiritual imposibles de alcanzar naturalmente para cualquier persona salvo con la ayuda del Espíritu de Dios.

 

Cristo no vino a invalidar sino más bien perfeccionar esa Ley, como señala proféticamente Isaías 42:21 “Jehová se complació por amor de su justicia en magnificar la ley y engrandecerla”, ¿cómo se haría esto?, cuando en su primer venida Cristo enseñaría la manera no solo material sino incluso espiritual requerida para cumplir con la Ley de Dios.

 

Jesús, después de haber entregado aquello que se conoce como las bienaventuranzas (Mateo 5:1-12), y después de dejar muy claro que no había venido para abrogar la Ley sino para cumplirla (Mateo 5:17-20), comenzó otro discurso donde, haciendo referencia a la Ley de Dios la llevó a niveles espirituales de perfección y santidad:

 

Mateo 5

21 Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio. 22 Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego. 23 Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, 24 deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda. 25 Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel. 26 De cierto te digo que no saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante.

27 Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. 28 Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón. 29 Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno. 30 Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala, y échala de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno.

 

E inmediatamente se sigue señalando cuestiones relativas a la vida cristiana que si bien no formaban parte de la Ley de Dios, estaban incipientemente contenidas en las leyes mosaicas debiendo, en su acepción espiritual ser cumplimentadas por sus seguidores:

 

Mateo 5

31 También fue dicho: Cualquiera que repudie a su mujer, dele carta de divorcio. 32 Pero yo os digo que el que repudia a su mujer, a no ser por causa de fornicación, hace que ella adultere; y el que se casa con la repudiada, comete adulterio.

33 Además habéis oído que fue dicho a los antiguos: No perjurarás, sino cumplirás al Señor tus juramentos. 34 Pero yo os digo: No juréis en ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; 35 ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey. 36 Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer blanco o negro un solo cabello. 37 Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede.

38 Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. 39 Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; 40 y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; 41 y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos. 42 Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses.

43 Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. 44 Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; 45 para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. 46 Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? 47 Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles? 48 Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.

 

La parte final de la cita anterior es la que permite ver esa perfección que puede alcanzarse, no por la Ley, sino por incorporar a la misma en aquel proceso establecido para replicar en cada uno el carácter perfecto y santo de nuestro Padre Dios, ¿y cómo se hace esto?, dejando que el Espíritu de Dios obre en nosotros hasta que, en la segunda venida de nuestro Señor, siendo transformados, podamos alcanzar esa perfección y santidad en el cumplimiento de la Ley que ahora nos son imposibles por nuestra carnalidad.

 

El mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de que también se debe amar al prosélito sigue vigente, más sin embargo espiritualizado, referido, no solo a la letra de la Ley sino también a su Espíritu, llevando el cumplimiento de la Ley de Dios para con los demás, incluso aunque no sean parte del pueblo de Dios, a los niveles de perfección y santidad que nos son requeridos como hijos de Dios.


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