66. Es un mandamiento el realizar el ritual de la ofrenda de paz (Lv. 3:1, 5)
“Si
su ofrenda fuere sacrificio de paz, si hubiere de ofrecerla de ganado vacuno,
sea macho o hembra, sin defecto la ofrecerá delante de Jehová… Y los hijos de
Aarón harán arder esto en el altar, sobre el holocausto que estará sobre la leña
que habrá encima del fuego; es ofrenda de olor grato para Jehová”
Levítico
3 contiene las prescripciones establecidas por Dios como parte de Su pacto con
Su pueblo respecto de las ofrendas de paz, las cuales, como señala el versículo
5, eran “ofrenda[s] de olor grato para Jehová”.
Las
ofrendas de paz, a diferencia de las ofrendas por el pecado o por la culpa, no
buscaban resarcir alguna transgresión hecha contra Dios o contra el prójimo,
sino que evidenciaba un acto voluntario de cercanía, de agradecimiento, con
Dios.
Respecto
del procedimiento, el oferente llevaba el animal para la ofrenda ——el cual podía ser macho o
hembra de ganado vacuno, de cordero, o de cabra— y ponía sus manos sobre éste,
luego el mismo era degollado y el sacerdote derramaba la sangre de éste alrededor
del altar de bronce que estaba en el atrio; de la ofrenda se tomaba la grasa que cubría
los intestinos, los dos riñones y la grasa que estaba sobre ellos, la grasa que
estaba sobre el hígado haciendo arder todo esto sobre el altar de bronce.
De
manera general, si bien Levítico es material de un estudio por sí mismo, es
importante destacar algo respecto de los holocaustos, ofrendas y sacrificios.
Al ir leyendo Levítico, aparte de los diferentes holocaustos, ofrendas y
sacrificios que se encontrarán dependiendo de la intención y del oferente,
puede uno ir viendo que hay un tratamiento especial para ciertas partes de lo
que se ofrece como holocausto, ofrenda o sacrificio.
De
manera especial y reiterativa se menciona, respecto de los holocaustos,
ofrendas y sacrificios, las maneras en que debían de disponerse en estos de la
sangre (Levítico 1:5, 11), la cabeza y el sebo (1:8, 12), las entrañas y las
patas (1:9, 13), y los riñones y el sebo (3:3-4, 9-10, 14-15). Todas estas
sombras tiene su realización plena, en cuanto a significado, en la frase “Y
amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus
fuerzas” (Deuteronomio 6:5; Mateo 22:37). La sangre representa toda la vida en
sí (Levítico 17:11), la cabeza representa los pensamientos, es decir, lo que
creemos (Deuteronomio 6:8), el sebo, las entrañas y los riñones nuestro
interior, sobre todo la fuerza (Job 30:27), las patas nuestro andar, es decir lo que hacemos
(Jeremías 6:16; Oseas 14:9), en cuanto al estiércol éste representa aquello que
debe ser desechado de la vida propia (Deuteronomio 23:13) para vivir solo para
Dios. De esta forma las sombras del trato especial a estas partes de los
holocaustos, ofrendas y sacrificios eran un referente de la manera en que uno
debe entregarse a Dios: con toda nuestra mente, nuestro corazón, nuestra
voluntad, nuestras fuerzas, nuestro ser; lo que pensamos, hacemos, decimos,
sentimos.
Ahora
bien, en el caso específico de las ofrendas de paz, éstas eran sombras de lo
venidero, en este caso, apuntaban al sacrificio redentor de Jesús.
1 Pedro 3:18
Porque también Cristo padeció una sola vez por
los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la
verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu
1 Juan 2:2
Y él es la propiciación por nuestros pecados; y
no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo.
Colosenses
1:22
sin
embargo, ahora Él os ha reconciliado en su cuerpo de carne, mediante su muerte,
a fin de presentaros santos, sin mancha e irreprensibles delante de Él,
Pablo
disertando sobre esto señala en su carta a los hebreos
Hebreos
10
1 Porque la
ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las
cosas, nunca puede, por los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente cada
año, hacer perfectos a los que se acercan.
2 De otra
manera cesarían de ofrecerse, pues los que tributan este culto, limpios una
vez, no tendrían ya más conciencia de pecado.
3 Pero en
estos sacrificios cada año se hace memoria de los pecados;
4 porque la
sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados.
5 Por lo
cual, entrando en el mundo dice:
Sacrificio
y ofrenda no quisiste;
Mas me
preparaste cuerpo.
6 Holocaustos
y expiaciones por el pecado no te agradaron.
7 Entonces
dije: He aquí que vengo, oh Dios, para
hacer tu voluntad,
Como en el rollo del libro está escrito de mí.
8 Diciendo
primero: Sacrificio y ofrenda y holocaustos y expiaciones por el pecado no
quisiste, ni te agradaron (las cuales cosas se ofrecen según la ley),
9 y
diciendo luego: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad; quita lo
primero, para establecer esto último.
10 En esa
voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha
una vez para siempre.
11 Y
ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas
veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados;
12 pero
Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los
pecados, se ha sentado a la diestra de Dios,
13 de ahí en
adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies;
14 porque
con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.
15 Y nos
atestigua lo mismo el Espíritu Santo; porque después de haber dicho:
16 Este es
el pacto que haré con ellos
Después de aquellos días, dice el Señor:
Pondré mis leyes en sus corazones,
Y en sus mentes las escribiré,
17 añade:
Y nunca
más me acordaré de sus pecados y transgresiones.
18 Pues
donde hay remisión de éstos, no hay más ofrenda por el pecado.
19 Así que,
hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de
Jesucristo,
20 por el
camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne,
21 y
teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios,
22 acerquémonos
con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los
corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura.
23 Mantengamos
firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que
prometió.
24 Y
considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras;
25 no
dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos;
y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca.
Y específicamente a la cuestión relativa
a las ofrendas de paz, Pablo escribiendo a los Efesios establece la relación de
ésta última con el sacrificio redentor de Jesús.
Efesios 2
14 Porque él
es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia
de separación,
15 aboliendo
en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en
ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre,
haciendo la paz,
16 y
mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando
en ella las enemistades.
17 Y vino y
anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que
estaban cerca;
De esta forma todo lo referido a la
ofrenda de paz se cumple en Cristo: la
vida en sí misma —sangre— y la fuerza de ésta —grasa— se ofrece en holocausto a
Dios; los pensamientos —cabeza—, lo externo —piel—, la manera de caminar
—piernas—, lo que se es —carne—, incluso aquello que debe desecharse de la vida
—estiércol—, es quemado fuera del campamento, consumido como parte de vivir en
el mundo, sí, pero si ser parte del mundo, viviendo para Dios. Ambas cosas
están relacionadas, lo último permite lograr lo primero. De nueva cuenta, como
escribe Pablo en Hebreos 10:5-7 “por lo cual, entrando en el mundo dice: Sacrificio
y ofrenda no quisiste; más me preparaste cuerpo. Holocaustos y expiaciones por
el pecado no te agradaron. Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer
tu voluntad, como en el rollo del libro está escrito de mí”.
De igual forma, si uno es seguidor de
Cristo, una vez aceptado su sacrificio redentor, debe vivir santamente para
Dios, “el que dice que permanece en él [Jesús], debe andar como él anduvo” (1
Juan 2:6), “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Corintios 11:1), lo
cual implica ofrecer de igual forma nuestra vida al Padre, no en expiación por
nuestras culpas, lo cual ya fue cumplimentado por Jesús, sino como parte de esa
vida a la que hemos sido traídos al aceptar el llamamiento del Padre para venir
a salvación en el presente siglo: “Así que, hermanos, os ruego por las
misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo,
santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino
transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que
comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Romanos
12:1-2).
El
mandamiento contemplado en las leyes mosaicas de realizar el ritual de
la ofrenda de paz sigue vigente, más sin embargo espiritualizado referido al
cumplimiento completo, pleno y total del sacrificio redentor de Jesús quien se
ofreció a sí mismo enteramente al Padre como expiación por nosotros, siendo de ésta
forma nuestra paz, dejándonos a nosotros el ejemplo de vivir de la misma forma
en el mundo pero sin ser parte del mundo, tal cual corresponde a todo hijo de
Dios.

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